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Unas 200.000 observaciones y casi un cuarto de siglo de encuestas han confirmado en Uruguay un fenómeno que se repite alrededor del mundo, y al que sin embargo aún no se le otorga gran trascendencia: las adolescentes mujeres presentan menores tasas de rezago y deserción, y mayores tasas de culminación de ciclo básico y bachillerato que los hombres.
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No importa la clase social, la ciudad de procedencia, la ascendencia étnica, la estructura familiar o si asisten a un centro público o privado: desde 1990 a 2013 los datos muestran una constante brecha en los comportamientos educativos entre los varones y las mujeres de todo el país.
Ese es el principal hallazgo del estudio realizado por Marianne Bernatzky y Alejandro Cid, del Centro de Investigaciones en Economía Aplicada de la Universidad de Montevideo. Denominado “Brecha de género en la educación secundaria”, compara el rendimiento por género de los 13 a los 18 años, tomando en cuenta el atraso escolar, el abandono del sistema formal y la culminación de niveles educativos.
“Existe consenso en la existencia de una brecha en los logros escolares de pobres y ricos. Pero no está presente en el debate educativo la presencia de otra brecha, la que se genera si no se logra atender las singularidades de género. Esta brecha está presente en todas las capas de la sociedad y en todo el período estudiado, a pesar —llamativamente— de los profundos cambios experimentados en la política educativa de esas décadas”, indica parte del informe, al que accedió Búsqueda.
Justamente el estudio considera “imprescindible” que las políticas educativas incorporen los hallazgos enfocados en diferencias según género, ya que se trata de un “área olvidada” y un “tema prácticamente inexplorado” por los diseñadores, educadores e investigadores de América Latina, que se basan especialmente en diferencias de contexto socioeconómico.
Incluso, la respuesta de 21 docentes de Montevideo entrevistados para la investigación “no es unánime” respecto a si ellos mismos perciben que existen en sus clases diferencias de rendimiento según el género de sus alumnos. “En la medida en que los docentes no perciban la brecha educativa, no se podrá actuar para eliminarla o disminuirla”, mencionan los autores del estudio.
Persistente.
Apoyándose en datos de la Encuesta Continua de Hogares desde 1990 a 2013 y de la Encuesta Nacional a la Juventud y Adolescencia de 2008, los investigadores analizan comportamientos referidos a atraso, abandono y culminación.
El primer caso se mide por años de educación acumulados. Allí la diferencia entre sexos es apenas perceptible a los 11 años de edad, pero a los 14 la mujer ya va 0,4 años de educación por delante del hombre, y a los 18, momento en que se concluye secundaria y se ingresa a la educación terciaria, ya está casi un año adelantada.
En el informe se señala que esa diferencia “es persistente en los 24 años de encuestas analizadas” y “no es exclusiva” de las personas más pobres sino que también está presente para el quintil de mayores ingresos. Asimismo, “la brecha persiste en la educación tanto para Montevideo como para el interior, como para personas de ascendencia afro o para aquellos de ascendencia blanca”.
En cuanto al abandono, en 2013 un 12% de las mujeres desertaron del ciclo básico, mientras que los hombres fueron el 20%.
“Hay una brecha entre hombres y mujeres que se mantiene constante desde 1990. Los hombres desertan más que las mujeres. El fenómeno de la brecha de género en materia de deserción del ciclo básico no es algo exclusivo de los más pobres. Y los hombres desertan más que las mujeres tanto en el sistema público como privado”, se explica.
Además, los autores descartan como posible causa el acceso temprano al mercado laboral, ya que al analizar las razones de deserción a los 14 y 16 años —“rango de edad en el que comienza a aparecer la brecha de género”— menos del 10% lo justifica por trabajo y más del 60% alude a falta de interés.
Por último, el porcentaje de mujeres entre 16 y 18 años que finaliza el ciclo básico es “considerablemente mayor” al de los hombres y también “ha sido persistente en el tiempo”. Por ejemplo en 2013 un 70% de las mujeres culminó ese nivel educativo ante un 56% del otro sexo.
Sucede algo similar en la culminación total de secundaria, donde el año pasado la diferencia según género en el sistema público fue de 35% a 22% y en el privado de 80% a 66%.
Razones.
Al momento de buscar las causas que expliquen esa disparidad entre hombres y mujeres, los investigadores distinguen dos grandes líneas de pensamiento.
La primera, focalizada en razones biológicas, señala que muchas condiciones neurológicas y psiquiátricas difieren sustancialmente de acuerdo al sexo. Estudios científicos recientes afirman que los hombres sufren más autismo, déficit atencional, hiperactividad, desórdenes de conductas, esquizofrenia, dislexia y problemas de lenguaje.
Aunque las encuestas que utilizaron para su informe “no proveen de información acerca de variables de índole biológica”, Bernatzky y Cid admiten que sus hallazgos “parecerían avalar” esa primera línea de pensamiento.
La segunda corriente apunta a lo sociocultural, enfocándose en cómo los medios de comunicación, los docentes y las familias transmiten a los adolescentes estereotipos y sesgos sistemáticos que pueden afectar su enseñanza.
Respecto a esa postura, se menciona que sí se “logró recabar datos indicativos de comportamientos y factores socioculturales” que “constataron diferencias significativas” entre géneros: los varones uruguayos tienen una mayor participación en el consumo de drogas, riñas y detención. De acuerdo al informe, el 21% de los hombres de entre 13 y 17 años consume drogas, un 24% participó en riñas durante los últimos 12 meses y 13% fue detenido al menos una vez en su vida. En el caso de las mujeres del mismo rango de edad las cifras son de 14%, 9% y 2%, respectivamente.
También se mencionan como probables causas las observaciones de los 21 docentes entrevistados, todos ellos de Montevideo, pertenecientes tanto al ámbito público como privado. En su mayoría coinciden en que las alumnas mujeres son menos dispersas y más disciplinadas, responsables, organizadas y prolijas, con un “sentido de autosuperación muy presente” y dispuestas a buscar el apoyo de sus pares ante situaciones adversas.