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    Enternecerse sin perder jamás la dureza

    Segunda temporada de After Life, de Ricky Gervais

    Una de las cosas que se aprenden con el tiempo es que cuando a uno le deja de interesar o gustar un artista no se debe necesariamente a que ese artista perdió calidad o, como se dice con frecuencia en la juventud, “se vendió”. Es cierto que a veces los artistas pueden perder relevancia, ser incapaces de mantener el nivel que mostraron en cierto momento o que, interesados por pagar las cuentas, recurran a facilismos que los hacen más predecibles. Sin embargo, también puede ocurrir —y de hecho ocurre— que sea uno quien se puso a leer, escuchar o ver otras cosas y dejó de interesarse por la obra de ese artista en cuestión. Es decir que por esas cuestiones de la vida nos alejamos del sendero que nos hacía caminar junto a ese artista. Pero no quiere decir que sea este quien se aliena respecto a su búsqueda interior. Una búsqueda de la que, por lo general, solo sabemos aquello que nos muestra su obra.

    Algo de eso le pasa al actor y humorista británico Ricky Gervais, a quien sus fans de primera hora reprochan haberse ablandado o haber perdido el rumbo como artista y comediante. Acostumbrados (y encantados) con el Gervais de The Office, feroz, intransigente y perversamente gracioso, a los hinchas les cuesta reconocerse y reconocer al Gervais casi sesentón que decidió rascar en lo humano del humor para así poder seguir manteniendo su mirada implacable sobre la realidad. Será por la edad, será por su búsqueda, lo cierto es que en esta reciente versión de Ricky Gervais, el ironista tiene tiempo para reflexionar sobre la pérdida, los afectos, la muerte y las vidas sin un propósito mayor, sin perder su humor oscuro e irreverente. El británico, como muchísimos artistas, no tiene ganas de quedarse en el lugar que lo hizo famoso y, lejos de repetirse, sigue buscando desvíos como lo había hecho en la serie Derek (2012-2014, en Netflix), sobre un cándido subnormal que ama los animales y convive con ancianos en un geriátrico.

    En esta segunda temporada de After Life, que se estrenó en Netflix hace unas semanas, Gervais no parece demasiado preocupado por quien se ofende o deja de ofenderse con su obra y redobla la apuesta en lo que se refiere a dramatismo y humor seco y absurdo. Allí donde la primera temporada mostraba instantes de seriedad y humanidad que contrastaban con la rabia triste y rencorosa de Tony, su protagonista, en la segunda se multiplican los momentos emotivos por encima de los humorísticos. Entiendo que esto debe resultar más bien insufrible para quien tenga ganas de ver al Gervais de The Office, pero al mismo tiempo nadie puede decir que el humorista inglés no había enviado señales, con todos los recursos a su alcance, de por dónde quería rumbear.

    Con su especial de comedia de 2018, Humanity, también disponible en Netflix, el hombre dividió las aguas. Gervais recibió la habitual dosis de críticas por su incorrección política, pero también comentarios negativos de quienes vieron a su héroe de la acidez extrema atravesar momentos más reflexivos (calificado por sus más arteros críticos como “filósofo de bar”). Esa idea, la de que un artista debe mantenerse fiel a su mejor rutina, suele tener como contracara el reproche de siempre hacer lo mismo. En resumen, haga lo que haga Gervais, viniendo de una zona tan radical, siempre tendrá detractores.

    Más allá de comparaciones, en esta segunda temporada de After Life parece encontrar otro balance. Así como en la primera temporada la introspección actuaba como contrapunto minoritario frente a la oscuridad de las bromas sobre la pérdida y la soledad, en esta parece ser al revés: las bromas negras y la malísima onda permanente son subsidiarias de la búsqueda de aquello que nos hace humanos: los afectos. Así, en la trama surgen parejas a priori imposibles, aparecen gestos de amabilidad impensados y el protagonista, el siempre amargo Tony, parece ir encontrando un poco de luz en la negrura suicida que lo rodeaba en la temporada previa.

    Ojo, no hay que pensar que existe el menor atisbo de buena onda. Error. Esta serie también maneja un humor que no es apto para quien no esté dispuesto a reírse de la muerte, de los pensamientos suicidas, de los personajes estructuralmente desdichados y de los perdedores en general. Lo que sí hace esta segunda temporada de la serie es restituirle su aspecto humano a cada uno de esos personajes. El único que no se salva es el psicólogo, que había tratado a Tony en la primera temporada y ahora abusa verbalmente en cada sesión del cuñado de Tony, que se está separando de su esposa.

    Por supuesto, la serie desarrolla ciertos tics que pueden resultar molestos o tediosos para los amantes del humor ácido y sin concesiones: ver a Tony lloriqueando mientras mira los videos de su esposa fallecida seguro que no califica como humor, aunque proporciona contraste con lo que vendrá después. El mencionado psicólogo es otro de los posibles extremos incómodos del show, ya que resulta demasiado caricaturesco (aunque esto puede verse justificado por la dinámica que desarrolla con su paciente/víctima). También puede molestar que en esta temporada Tony sea en ocasiones capaz de no ceder a su instinto descalificador y logre decir algo amable a algunas de las personas que lo rodean. Pero en realidad es justo de eso de lo que trata la serie, de cómo un amargo y potencial suicida es capaz de encontrar algo de luz en la densa noche emocional en la que se encuentra.

    Sería un error juzgar After Life como una comedia a secas y pedirle la clase de cosas que se le pide a un programa humorístico sin más. En esta segunda temporada el drama domina sobre el humor. Y lo notable es que lo hace sin caer nunca en la cursilería o en el mal gusto, dos terrenos en los que es fácil resbalar cuando se intenta hacer humor y drama al mismo tiempo, usando como campo de juego la muerte de los seres más queridos y el mundo que se nos viene tras esa inmensa pérdida.

    En esta serie Ricky Gervais confirma lo que insinuó en el remate de su recomendable especial Humanity: que se ablandó sin perder la dureza y que lo hizo más que nada cambiando las proporciones de la pócima. ¿Esto es legítimo desde el punto de vista artístico o es solo un gesto “comercial”, sea eso lo que sea? Bueno, eso ya es cosa de cada consumidor, aunque en lo personal considero una idiotez completa la propia idea de “comercial” en un mundo en que cualquier cosa debe pasar por el mercado para ser conocida más allá del círculo familiar del creador. Ricky Gervais nos muestra que el absurdo, el miedo, la muerte y la tristeza son precisamente aquellas cosas que nos hacen más humanos. Y que se puede escarbar en ellas sin perder jamás el filo en el humor. Son seis capítulos breves que valen la pena.