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    Entre copas y caravanas

    El José Ignacio International Film Festival (JIIFF), al igual que el resto de la industria cinematográfica en el correr del último año, no tuvo otra alternativa que adaptarse. Debido a la condenada pandemia, la 11ª edición del festival, que comenzó el martes pasado y continuará hasta el sábado 23 de enero inclusive, decidió presentar su programación bajo la modalidad autocine, manteniendo sus típicas proyecciones al aire libre dentro del balneario esteño.

    Pese a la inclusión del distanciamiento automovilístico frente a la pantalla grande, el JIIFF no alteró, aunque sí redujo, una programación que de nuevo ofrece un primer vistazo a títulos esperados por su repercusión mundial. En su edición aniversario de 2020 contó con los estrenos de Parásitos, Retrato de una mujer en llamas, Bacurau y Jojo Rabbit. Este año no es la diferencia, con la proyección de la multipremiada Nomadland, de la directora Chloé Zhao, y Druk, de Thomas Vinterberg, la película elegida por Dinamarca para competir en los próximos, y demorados, Premios Oscar, a celebrarse en abril.

    Se trata de dos dramas potentes que serán estrenados en Uruguay una vez reabiertas las salas de cine en los próximos meses. Las películas ofrecen también, a su manera, un planteo simétrico, con un personaje principal abatido que, frente a las circunstancias, altera su vida para recuperar el tiempo perdido y sobrevivir un día más, incluso si esas medidas son radicales, como recorrer el país en una casa rodante o experimentar con el consumo cotidiano de alcohol.

    Nomadland, exhibida el martes en la Estancia Vik como la película apertura del JIIFF, es el tercer largometraje de la directora china pero de carrera estadounidense, Chloé Zhao. Su figura era, hasta hace poco, asociada a un cine independiente, con el visto bueno y sofisticado de Sundance que luego florece en festivales como Cannes. Así fue con el caso de su debut, Songs My Brothers Taught Me y su segunda película, The Rider, en la que mantuvo un interés por explorar la vida rural estadounidense inspirada por historias reales luego interpretadas, bajo el manto de la ficción, por actores no profesionales. La consagración —económica— de Zhao llegó en forma de una oferta para dirigir una película para Marvel (la sucursal superheroica y taquillera de Disney), como parte de la estrategia de la multinacional de cautivar directores en ascenso bajo su maquinaria de producción.

    En plena preproducción para el proyecto de Disney, Zhoe se embarcó, junto a la actriz Frances McDormand, en la filmación de Nomadland. La película se basa en un libro homónimo de la periodista Jessica Bruder, quien retrató a un grupo de trabajadores estadounidenses que, ahogados por la crisis económica de 2008, viven su vida en la carretera conformando una comunidad nómada que a su vez funciona como una mano de obra de bajo costo para empresas como Amazon.

    En plena renuncia al arraigo ordinario, Zhoe y McDorman presentan, casi que en media res, a Fern, la protagonista. Exprofesora y viuda de un pueblo de Nevada abandonado en plena recesión, Fern viaja hacia el Oeste para explorar y aprender de su nueva vida como nómada. Una premisa idílica para algunos, sin duda, la de la vida sobre cuatro ruedas, en la que cada recarga del tanque dejó atrás un sinfín de paisajes y personajes.

    Nomadland es profundamente melancólica antes de dar lugar a la esperanza. Una postragedia donde más que llorar lo perdido, solo queda reunir los pedazos y rearmar lo restante. No hay, en apariencia, otro camino ni para Fern ni para el espectador, quien se convierte en la mirada de la protagonista ante los paisajes, obstáculos cotidianos y los relatos de un grupo variopinto de nómades reales que aquí aparecen interpretando versiones de sí mismos.

    Zhoe libera a sus personajes (y no personajes) en un desierto amplio, retratado en tonos azulados por el director de fotografía Joshua James Richards. Nomadland parece suceder en un ocaso constante, en el momento en el que el sol se perdió por completo en el horizonte. En este paisaje todos necesitan de una mano: un plato de comida, una manta o una alineación de llantas. Fern no encuentra el peligro allá afuera y Zhoe en cambio decide profundizar en conceptos como la soledad y el retiro.

    Pese a sus intenciones contemplativas, Nomadland mantiene un ritmo vertiginoso, con un bombardeo de imágenes constante. Podría argumentarse que refleja una vida que se acerca a su final con cada pestañeo (o corte de escena). Encuentra, cuando toma el tiempo de detenerse, momentos singulares de belleza dentro del escapismo anticapitalista de esta comunidad nómada. McDormand, como se ha promocionado, está estupenda una vez más. Es el extremo opuesto a la furia de Tres anuncios por un crimen, el papel que le dio su segundo Oscar como actriz. Resulta difícil no alentar por el personaje y por la película, una firme candidata al Premio Oscar que podría, de reabrir los cines, estrenarse en Uruguay a partir del 15 de abril, de acuerdo a lo comunicado a Búsqueda por la distribuidora local RBS.

    Otra vuelta

    En comparación con Nomadland, que tuvo a la directora y actriz viviendo con la comunidad nómada en armonía, la filmación de Druk está marcada por la tragedia. Previo a su ejecución, el proyecto significaba una nueva colaboración entre el cineasta Thomas Vintenberg y el actor Mads Mikkelsen tras la imperdible La cacería. La película tendría, además, a la hija del director, Ida Vintenberg, en un papel coprotagónico como la hija del personaje de Mikkelsen. Cuatro días comenzada la filmación, Ida, de 19 años, murió en un accidente de tráfico. Druk está dedicada a ella.

    Tras la detención del rodaje, Vintenberg, Mikkelsen y el resto del equipo de filmación retomaron la película. Cuando el director, en pleno duelo, no podía encargarse de sus tareas, cedía sus responsabilidades a su amigo y coguionista del proyecto, Tobias Lindholm. No es que la tragedia sea un elemento a considerar para evaluar el resultado o no de la película, pero sí reformula por completo su subtexto, que parte de una premisa relativamente graciosa.

    En Druk, que se verá el sábado en Pueblo Garzón y que aún no tiene fecha de estreno en el resto del país, cuatro profesores y amigos ponen a prueba el experimento de un filósofo que estipula que un nivel constante de alcohol en la sangre es el camino a la felicidad en la cotidianeidad. La excusa, en ellos, es ganarle a la rutina, recuperar la chispa, encontrar la pasión perdida y otros motivos que harían un gran manual de autoayuda. Si bien se trata de una película coral, con el relato oscilando entre la vida de los cuatro amigos, la atención prioritaria de Vintenberg está en Martin, el profesor de historia interpretado por Mads.

    El alcohol se convierte en el combustible principal detrás de la idea, algo ingenua, algo envidiable y rectora de la película: hacer de cada día una aventura jubilosa. Al ambientarse principalmente en un liceo y establecer desde el comienzo el actual consumo problemático de alcohol en Dinamarca, los personajes de Druk desean volver a ser lo que fueron: felices, amantes pasionales y profesionales comprometidos. Jóvenes, pero con la experiencia y el poder económico de una adultez en la clase media alta danesa.

    Vintenberg no titubea al virar de la comedia hacia el drama, cuando las borracheras de Martin y compañía comienzan a salirse de control. Pese a no abusar de la comedia física que un montón de actores borrachos podría brindar, Druk es innegablemente entretenida de comienzo a fin. Su secuencia inicial muestra una carrera tradicional de jóvenes daneses que buscan embriagarse a como dé lugar, en un circuito con postas donde deben cargar e ir bebiendo un casillero entero de cervezas. El trazo de esos ebrios imberbes es el que sigue el resto de la película, encontrando en los tropezones, caídas, risas e intoxicaciones las principales metáforas sobre la vida de los protagonistas.

    Si en Nomadland McDormand entregó su rostro a innumerables primeros planos, Mikkelsen y Vintenberg dan un paso más. El actor danés, que Hollywood ha contratado habitualmente como villano, se entrega de forma completa al director. No solo la impavidez inicial de Martin se va descascarando con cada trago, sino que el propio objetivo del personaje (salvar su matrimonio y volver a amar su trabajo y a sí mismo) lo impulsa a una transformación determinante que desencadena en una clímax a puro baile, que fácilmente será recordado como uno de los finales más memorables del año.

    Una cámara tan inquieta como los pies de Mikkelsen en ese desenlace acompaña a cada uno de estos participantes durante el experimento social. El encuadre repara siempre primero en sus personajes, luego muestra su entorno en paneos suaves que convierten a la película en una danza, inquieta, nada pomposa, y orgánica en su narración. Una comedia dramática de problemas interiores, tanto en sus protagonistas como en el reflejo de la sociedad danesa, festiva por fuera pero con demonios por dentro. Druk, que tiene una tragedia enorme adjunta a su creación, es una celebración de la vida a la que uno es invitado a los golpes, pero que lo deja sin preocupaciones y con tiempo para una más. De la cuenta se habla después.

    Nomadland y Druk son dos grandes películas que ayudan a despedir un año amargo y que inauguran, esperemos, otro año de buen cine. O al menos mejor que el pasado.

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