Se sigue usando en libretas de apuntes, en cuadernos de rulo, en la lista de los mandados o en la dedicatoria de libros. Tal vez en la tarjetita que acompaña un ramo de flores. La letra cursiva o manuscrita aún sobrevive, pero cada vez más mezclada con la letra de imprenta, y a veces tan deformada que se vuelve ilegible, incluso para quien la escribió. En la escuela se continúa enseñando, aunque no se pone el énfasis de 30 o 40 años atrás ni se le dedican tantas horas en la clase. Todo esto ocurre mientras la caligrafía, el arte de la bella letra, y el lettering, el arte de dibujar letras, está teniendo su mejor momento entre diseñadores, artistas y aficionados.
Para Lorenzo, hay que respetar el proceso de aprender a leer y escribir, y enseñar la cursiva, que es más difícil que la imprenta, puede ser un obstáculo. “Yo no corto ese proceso. A los que van bien les hago hacer ejercicios para que vayan practicando con la cursiva. Ellos se entusiasman y quieren aprenderla”.
En segundo año los niños continúan aprendiendo a leer y escribir, y tanto la cursiva como la script son necesarias para adquirir la puntuación y saber usar la mayúscula. En los otros años, cada maestro usa la letra y modalidad que les parece más adecuada.
“Cómo se enseña a escribir está siempre en el tapete, siempre se discute”, agrega Lorenzo. En cuanto a la enseñanza de la caligrafía en Magisterio, recuerda que cuando ella cursó a fines de los 80, ya no se enseñaba.
Sebastián Pedrozo es maestro de 6° grado en una escuela pública de El Pinar y lleva 20 años dando clase. Es también escritor de literatura infantil-juvenil. “Hay una cuestión de uso pragmático y social en la enseñanza de la cursiva. La exigencia bajó, pero no estoy tan seguro de que responda a que el niño no pueda con la cursiva, sino a que hay que ocuparse de una cantidad de información abrumadora que los maestros tienen que organizar para transmitirle. Por eso todo el tiempo que se le dedicaba a la cursiva se fue dejando de lado, pero se continúa enseñando. Más que desuso diría que hay una menor intensidad en la exigencia del uso”.
Hoy con 43 años, Pedrozo recuerda que cuando él cursó primero de escuela, el método que se usaba era el de copiar, repetir palabras y hacer mucho trabajo motriz. “Eso hoy se hace, pero ocupa un lugar muchísimo más secundario. La caligrafía, la prolijidad y lo lindo de la letra no es un valor en sí. Cuando iba a la escuela se valoraba la rapidez y la prolijidad, porque se entendía que hacían referencia a un alumno concentrado, efectivo, que no perdía el tiempo. Estaba asociado a no tener faltas de ortografía y a corregir mejor. Ahora, por lo menos en mi mirada, se trata de que el niño trabaje con la lógica y sentido común de prolijidad y respeto por el otro al entregar un escrito, pero no se le puede pedir que se apure”.
De todas formas, Pedrozo considera que es bueno estudiar lo que antes funcionaba para adaptarlo al presente. Él mismo volvió a una de las viejas herramientas: el dictado. Valioso en la adquisición del vocabulario y de la conciencia ortográfica, el dictado fue desplazado durante dos décadas por asociarlo con la repetición y la enseñanza memorística.
“Los maestros pensamos la práctica, aunque de pronto no lo sabemos comunicar a la comunidad. En todos estos años, nunca vi a un maestro que haga las cosas por hacer, siempre hay una reflexión, y la hay sobre la lengua y sobre la cursiva en especial porque su producción es un hecho educativo en sí mismo. Tiene varios niveles: lo comunicativo, lo artístico y el lenguaje”.
Arte, diseño y decoración.
José Perdomo tiene 27 años y escribe casi siempre en imprenta mayúscula, sin embargo, su mundo se rodea de letras redondeadas e inclinadas. En su vida de freelance trabaja en caligrafía, lettering y logos con letras hechas a mano. Como diseñador gráfico, trabaja para una empresa de tecnología en el diseño de páginas web. “Nada que ver con el rubro ‘hecho a mano’”, dice.
Lo primero que le interesa a Perdomo es aclarar los términos que para él se suelen confundir. Empieza por la caligrafía: “Es el arte de escribir de forma correcta utilizando una herramienta gráfica. Puede ser una pluma, un pincel, un lápiz, un bolígrafo. Implica seguir un ductus, que es el paso a paso de cómo se forma cada letra, de cómo hacer los trazos”.
Por otro lado, aclara que el lettering es el dibujo de una letra, que se puede hacer solo con un lápiz. “A diferencia de la caligrafía, en la que importa cada trazo, en el lettering importa la forma, cómo se dibuja, y no la letra en sí misma”, por eso se usa en logos, en cartelería, en afiches y revistas. “Al ser el dibujo de una letra se le pueden incluir elementos. Por ejemplo, se dibuja una “e” de forma que se asocie con algo que no sea la letra en sí. El lettering está mucho más vinculado al mensaje que se quiere transmitir. La caligrafía, a la forma correcta de escribir”.
Desde hace unos años, el lettering se ha puesto de moda y hay varios talleres locales que ofrecen su enseñanza. “Hay un auge, en especial asociado a la decoración. Pero el lettering va mucho más allá de la letra redondita y linda de papelería”, aclara Perdomo, quien piensa que muchas veces en los talleres que se ofrecen se enseña caligrafía.
“Hoy hay cursos de caligrafía con pincel para hacer letras lindas, fáciles, y son un buen inicio como hobby para seguir explorando. Pero si bien ahora está de moda, la caligrafía en Uruguay tiene un desarrollo de años y hubo varios representantes importantes. Por ejemplo, Edward Johnston (1872-1944) que nació en Arazatí (San José) y es sumamente reconocido a nivel mundial, aunque acá pocos lo conocen”.
Para Perdomo la caligrafía es el área del diseño más fácil de aprender, aunque requiere mucha práctica. Recuerda que en uno de sus cursos había alumnos de más de 60 años a quienes les costaba agarrar correctamente la pluma para hacer la forma de las letras, pero una vez que tomaron contacto con el papel recordaron lo que habían aprendido. “Se preguntaban cómo lo habían olvidado en todo este tiempo”.
De puño y letra.
“Me parece que la escritura manuscrita tiene el valor de ser única. Podemos identificar a alguien por su letra. Puedo conocer la letra de mi madre, de mi padre, de mi hijo. La calidez está ahí, en la impronta personal”, dice Silvia Soler, escritora y editora.
Junto con el fotógrafo Pablo La Rosa, Soler publicó libros en los que la letra manuscrita tiene su protagonismo. El más reciente, Retrato de inmigrante (Banda Oriental, 2019), incluye postales con fotos en blanco y negro de las entrevistadas, mujeres inmigrantes radicadas en Uruguay. Los autores les pidieron a las entrevistadas que escribieran detrás de las postales, como si se la fueran a enviar a su familia.
“Todas reaccionaron, porque no se lo esperaban, pero en algunas fue muy potente. Por ejemplo, una italiana no recordaba el acto de escribir, le costaba la manualidad. También se preocupaba porque no le salía el renglón recto, que no hubiera una linealidad. Le parecía casi imposible ponerse a escribir, y lo que escribió es casi ilegible”.
En 2012 habían publicado juntos Mientras tanto te escribo, con la correspondencia amorosa de los presos políticos uruguayos durante la dictadura. “Ahí la escritura estaba increíblemente potenciada por el espacio. Eso era muy impresionante en estas cartas, estaba todo escrito, sin margen, de punta a punta. Era difícil de leer porque el espacio entre renglones era el mínimo. En la escritura a mano no se puede dar marcha atrás, entonces aparecen las tachaduras, los borrones. Eso se ha perdido con los textos en Word, que no dejan rastros del texto anterior”. Por su parte, a La Rosa le interesan las texturas, el sello que se impone arriba de la letra, lo perecedero del sobre, del papel.
Soler dice que su interés por la letra manuscrita viene de su padre, que era maestro, con el que practicaba las curvas y los detalles de la letra “S” mayúscula de su nombre y apellido. “Cada vez que voy a una entrevista, me preguntan cómo escribo, y creo que esperan que les diga que escribo a mano, pero yo uso muy poco la manuscrita. Sigue existiendo esa idea muy romántica de que la gente que hace alguna actividad creativa prefiere escribir a mano y no en computadora. A lo mejor es cierto para alguna gente, pero no para todo el mundo”.
Una de las personas entrevistadas acercó a Búsqueda un cuaderno de su hijo, hoy en el liceo, de cuando cursó quinto y sexto año de primaria en un colegio privado. Su escritura es muy legible, a pesar de que mezcla cursiva, script e imprenta mayúscula. Las maestras de esos años optaron por hacer sus comentarios también en imprenta. Todo indica que de esa mezcla se nutre la manuscrita de hoy, que esa es su forma de sobrevivencia.