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Una mujer común y corriente, europea, de treinta y pico, decodificada en sus roles de madre, hija, esposa, empleada; una trilogía clásica del teatro griego en la no menos tradicional mirada de Levón; y una típica historia del teatro uruguayo costumbrista y político, que narra la decadencia de una sociedad con sentido irónico y nada decadente. Con Harper, La Orestíada y El tobogán, la Comedia Nacional puso sobre el escenario a sus nueve flamantes incorporaciones, que justifican su ingreso al elenco municipal.
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Si hay algún área del teatro uruguayo que refleja el buen estado de las cuentas públicas, sin dudas es la Comedia Nacional. Como es habitual, el despliegue escénico que ostentan sus producciones en estos tiempos es notoriamente superior al del resto de la cartelera montevideana. La escenografía de La Orestíada y la reconstrucción impecable de un típico hogar montevideano de la década del 60 de El tobogán son más que elocuentes.
Andrés Papaleo y Stefanie Neukirch son los dos debutantes que integran el reparto de Harper, pieza del inglés Simon Stephens dirigida por su compatriota Anthony Fletcher en la Verdi. El primero salva con buena nota el debut, pero Neukirch sorprende con una actuación sumamente fresca y natural, alejada del modelo clásico tendiente a la sobreactuación que ha caracterizado históricamente al teatro uruguayo y especialmente a la Comedia, al influjo de la poderosa influencia de Margarita Xirgú, cuyo estilo de conducción, y más específicamente de actuación, aún perdura en la escena nacional. Por eso, ella luce naturalísima en ese papel de joven universitaria de clase media, seguramente acorde con su vida en la realidad, con múltiples posibilidades de identificación.
Del mismo modo, Alejandra Wolff compone con justeza a la protagonista de esta historia —bautizada así por Harper Lee, autora de la novela “Matar a un ruiseñor”—, un buen retrato de la mujer occidental contemporánea que goza de las conquistas sociales generadoras en el primer mundo de altos niveles de equidad de género y que lleva como puede sus conflictos irresueltos, los mismos que puede tener una mujer en estas latitudes.
Fletcher confirma con esta elección la tendencia reflejada en “Pelea de osos” y “Traición”, sus dos primeros trabajos en la escena uruguaya: a contrapelo de la tendencia posdramática que ha permeado desde lugares como Alemania y Francia hacia el sur, es un artista interesado en textos profundos, de corte existencial, caracterizados por extensas escenas, con largos desarrollos parlamentales y climas que se construyen capa sobre capa.
Así como puntúa alto la banda sonora de Martín Buscaglia y Mateo Moreno, que instala una atmósfera globalizada, carente de los folclorismos que abundan en sus obras solistas, la escenografía despojada y abstracta empobrece el relato y ayuda a consolidar un molesto estado de monotonía en una obra que dura 155 minutos y que carece de intervalo.
El imponente marco de un muro con siluetas humanas incrustadas no alcanza a compensar el invariable tono subrayado, solemne y afectado de la primera parte de La Orestíada, acorde con la tradición seguida por la mayor parte de los directores uruguayos al encarar la vasta dramaturgia griega, cuya universalidad y vigencia quedan, de todos modos, una vez más en evidencia. Claramente se trata de una opción de la dirección, porque la mayor parte del elenco masculino de esta primera parte se ha destacado por afinar con oficio cuerdas actorales menos tensadas.
¿Es imposible contar la historia del regreso de Agamenón y su muerte a manos de su mujer sin caer en los gestos adustos y gritos exagerados de siempre?
Tampoco vale el extremo de que este tipo de representación deba desaparecer, pero es indudable que su abuso ha ayudado a crear el prejuicio popular, instaladísimo en la sociedad uruguaya, de que el teatro es un ámbito lúgubre, aburrido y para algunos perimido como expresión artística.
Sería bueno ver más seguido visiones más arriesgadas, como la del alemán Volker Lösch en “Antígona oriental” o la de Gabriel Calderón en “Kassandra”.
La segunda parte, que reúne Las coéforas y Las euménides, incorpora la diversidad de un elenco femenino que resuelve con mayor naturalidad el desafío planteado en el texto, especialmente por la tarea de Roxana Blanco, una artista que combina aplomo y personalidad para entregar una versión apropiada de cada personaje: desaparece la actriz y todo su cuerpo —no solo su rostro— es el personaje.
La versión textual de Levón refuerza el sentido político del texto de Esquilo, con referencias a “la impunidad” y al aborto en un libre ejercicio interpretativo del texto original que fuerza al público a reflexionar y tomar posiciones sobre dos asuntos de derechos humanos omnipresentes en la agenda pública.
Junto a “El agujero en la pared” y “La gotera”, El tobogán integra la “trilogía social” de Jacobo Langsner, quien en esta obra remite en forma y fondo al teatro desbarrancado de Florencio Sánchez. Medio siglo después, algunas circunstancias han cambiado en este inteligente retrato de la sociedad uruguaya condensado en una familia típica de clase media, aunque otras se mantienen: la incertidumbre ya no es de marco tan político o económico, pero sí lo es en valores como la educación, la salud y la seguridad.
Jorge Bolani demuestra una vez más que es un actor extraordinario. Su encarnación de este viejo insoportable que le hace la vida imposible a su hija es tan formidable como lo bien que plantea esta pieza el tema de la vejez y sus implicancias para el resto de los miembros de una familia, especialmente cuando existen diferencias de bolsillo entre los hermanos. Los sueños, la realización personal, los ideales, las utopías y el peligro de caer en la resignación vital son algunos de los temas que toca esta rica historia que funciona como un nítido espejo para el Uruguay de hoy.
Juan Worobiov debuta bien alto como director. Como en “Doña Ramona” el año pasado, el elenco de la Comedia —especialmente Andrea Davidovics, Leandro Núñez, Florencia Zabaleta y Pablo Varrailhon— se mueve como pez en el agua en la dramaturgia nacional, género en el que luce especialmente motivado.