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Cerca ya de sus 90 años, el crítico musical Egon Friedler tuvo la feliz iniciativa de editar un libro, La ópera en las pantallas del siglo XXI (348 págs.), con la recopilación de sus críticas a las óperas transmitidas en directo desde el Metropolitan de Nueva York en el Teatro Solís y desde el Covent Garden de Londres en los cines Moviecenter y Alfabeta.
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El autor posee un sólida formación estética y amplio dominio de lo que habla, pues ejerció el oficio crítico durante 40 años en el diario El País, junto al prestigioso colega Washington Roldán, a quien dedica este libro.
Por allí desfilan los compositores, desde Händel hasta la contemporánea finlandesa Kaija Saariaho, autora de L’amour de loin(Amor desde lejos), y por supuesto Mozart, Verdi, Puccini, Donizetti, Leoncavallo, Bizet, Massenet, Berg, Glass, Strauss, Wagner y varios más.
En la mayoría de los casos la parte musical del espectáculo —orquesta y solistas— recibe elogios de Friedler. Pero no todo es color de rosa y sabe apuntar las flaquezas de una voz, de un desempeño escénico (Carmen), de una expresión corporal o de una puesta en escena contradictoria con el texto (La tempestad) o directamente absurda (Los pescadores de perlas). También sabe destacar la enorme capacidad de James Levine en casi todo lo que hace, de Fabio Luisi y la solvente y refinada dirección pucciniana de Antonio Pappano (El tríptico, Madame Butterfly).
El autor presta mucha atención a las actuaciones y a las puestas en escena y no solo al canto, lo que contribuye a dar su real dimensión a la ópera como espectáculo teatral (ejemplo: la Turandot de Franco Zeffirelli en 2016 en el Met). También a la utilización de las artes plásticas como en Lulu, donde “el regisseur recrea mágicamente el mundo de la experimentación artística de los años veinte en Alemania”.
Y es en materia de puestas donde más se indigna con el latiguillo de los regisseurs de alterar la real época en que transcurre la acción. “La trasposición de épocas la mayoría de las veces no funciona y termina traicionando la trama”, afirma Friedler. Son numerosos los ejemplos de este yerro: Las bodas de Figaro, Nabucco, Il Trovatore, Baile de máscaras, El holandés errante. Y con humor subraya el punto: “Uno no se imagina soldados de la época zarista siendo derrotados por una tribu asiática (El príncipe Igor) o el disparate de ubicar un melodrama del siglo XVIII en la Francia ocupada por los nazis (Manon Lescaut) o un Rigoletto en 1960 en Las Vegas”.
En suma, textos amenos y eruditos que enseñan a ver y a escuchar la ópera.