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    Esa osadía del optimismo

    El escritor José Luís Peixoto estuvo en Montevideo

    Es oriundo de un pueblo pequeño de Portugal, que actualmente cuenta con unos 1.400 habitantes. Tiene 42 años, dos hijos y varios libros publicados. José Luís Peixoto tiene la sencillez de esos que conocieron patios con flores y tiempos morosos de siesta, jugando; los ojos grandes y acuosos del poeta y la reflexión mesurada de una persona bastante mayor. Además de escribir, ama la música, especialmente el heavy metal, aunque los años le abrieron el paladar a otros géneros.

    Escribe prosa como si fuera poesía. Narra las cosas más dolorosas —la muerte, la decadencia, el sufrimiento— con una mezcla de ternura y precisión de cirujano. Publicó con la editorial uruguaya Hum los relatos Historias de nuestra casa, y en estos días apareció en el mismo sello la novela Cementerio de pianos. En setiembre llegó para ofrecer charlas en Montevideo, en el Filba y en la Feria del Libro, y viajó también al Centro Regional de Profesores del Norte, en Rivera.

    En entrevista con Búsqueda, Peixoto comentó que está leyendo poesía, especialmente a la brasileña Adélia Prado y al cantautor canadiense Leonard Cohen: “Porque ese lenguaje me contamina: me es muy útil esa manera de ver el mundo, con todas las voces que la poesía permite”. Ahora está escribiendo una novela que habla de la historia de Portugal, vinculada con Galveias (editada recientemente por Random House y disponible en Montevideo), que se desarrolla en su pueblo de origen.

    Nació en setiembre de 1974, el año de la Revolución de los Claveles, que terminó con una dictadura de más de cuatro décadas. “Los escritores de mi generación somos los primeros que vivieron fuera de ese régimen”. Esta prehistoria personal fue importante para construir su identidad. “Toda mi vida escuché lo que decían los mayores sobre lo mucho que yo no había vivido”. Como si quisiera reparar no haber sido testigo histórico, muchos de sus libros se desarrollan en el Portugal de los años 40, 50, 60 y 70.

    Cementerio de pianos habla sobre sus raíces familiares: “De lo mucho que existe de nosotros antes de nuestra propia existencia, porque somos el resultado de las cosas que nos preexistieron”. Aquí se plantea nacimiento y muerte, principio y final como un devenir eterno. El primer capítulo abre con la voz de un personaje agonizante: qué veía él justo antes de morir, qué sentía su familia. “Es la descripción del último día de vida de mi padre, la misma fecha en que nació su nieta, que no fue un varón como en la novela. Para el sistema literario que quería construir hice un paralelo con el mismo género: un nieto y un abuelo con el mismo nombre, para que quedase claro cuánto uno continúa al otro, cuánto la muerte no es el fin sino un momento simultáneo con un nacimiento”.

    Acepta que no tiene personalmente “una respuesta definitiva” para la interrogante de la muerte, aunque considera importante tener alguna. “Porque esa respuesta tiene mucho de la relación de uno mismo con su vida y con el mundo. Todas las relaciones son algo en movimiento, no son estáticas. La manera en como yo veo la muerte siempre cambia. Ahora mismo creo que es un momento que hace parte del todo. La muerte ya está aquí, de algún modo. No es algo negro que está ahí, en el horizonte, sino que ya es algo que estamos viviendo”. Agrega que esto no tiene que ser triste o terrible. “Tenemos que mirarlo con cierta gratitud: estamos aquí, en este momento, en esta posición, con una cantidad grande de posibilidades. La idea de final que tenemos es parte de la naturaleza y del contrato que aceptamos cuando nacemos. No miramos con la misma pena lo que nos precedió. Alimentamos una idea un poco infantil de que el mundo empezó con nosotros. Hay múltiples dimensiones de existencia y todas son muy reales”, sostuvo. Peixoto considera que los muertos “siguen existiendo porque los tenemos con nosotros”.

    William Faulkner escribió: “El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado”. Para Peixoto “el pasado que tenemos ahí como algo fijo, cambia cuando sabemos algo nuevo sobre él. El pasado está todavía disponible para que sea distinto de lo que pensamos y creemos. Desde el lugar donde cada uno de nosotros está, todo puede cambiar: el pasado, el futuro. No es algo esotérico sino muy concreto, lo que pasa es que nos acostumbramos a medir las cosas según criterios que no son humanos, como los relojes, o parámetros culturales que aceptamos sin cuestionar y nos restan consciencia de las posibilidades que existen”.

    Sus dos hijos, uno de 19 años que estudia informática, y otro de 12 al que le gusta el dibujo, son buenos lectores, pero no quieren escribir. “Hay muchas maneras de construir lo que uno tiene que hacer. Mi padre no era escritor, mis abuelos tampoco, pero en lo que hacía mi padre había mucho de lo que yo hago. Mi padre me enseñó el gusto por construir, por hacer una obra. Era carpintero, así que sus obras eran muy físicas y reales. Incluso mi padre me enseñó esa osadía del optimismo, de creer en cosas en las que la gente tiene miedo de creer. A veces existe la idea, que creo totalmente errada, de que ver las cosas con optimismo te da mala suerte. Mi padre nunca fue así. Mucho de lo que hago depende de esas enseñanzas y espero que mis hijos, hagan lo que hagan, lleven también un poco de esto”.

    Para escribir es importante identificar bien lo que se quiere decir, es la relación del autor con lo que hace mientras está en sus manos: “No se puede engañar a los otros, porque lo que ves y lo que crees condiciona lo que está ahí. La convicción con la que escribes se queda plasmada y te será muy útil porque cuando se publique tendrás que responder por ello. No solo en entrevistas, sino porque eso se volverá una parte de ti. Los otros lo leerán y te devolverán lo que está ahí. Y tendrás que vivir con eso”.

    Se muestra bastante crítico con la superficialidad que facilita Internet. “No solo a nivel personal, sino en cómo la gente se plantea social y políticamente, cómo se discuten con rapidez cuestiones que a veces son enormes, duran dos días en Facebook y al final de la semana la gente ya quiere hablar de otra cosa”. Para Peixoto, la gran superficialidad alcanza a los consumos culturales: “Todo es consumido muy rápido. La gente cree que leer los títulos en Internet es leer un periódico, pero no lo es. La inversión de tiempo y esfuerzo siempre tiene un resultado y su ausencia también. Es importante proponer la lectura de una novela, algo que va en contra de esa superficialidad”.

    Si bien en la era de la comida rápida y la televisión basura “nada permanece”, reconoce que no se puede volver atrás. “Hoy no se puede volver atrás con Internet, ni sería deseable, porque es interesante utilizar esos medios de una manera más humana. Actualmente se piensa que las cosas que llegan a Internet se quedan ahí para siempre y es todo lo contrario: lo que llega se torna banal y su muerte es más profunda. Como la foto del artista de turno desnudo: después de dos semanas nadie la quiere ver nunca más. Internet te da esa muerte real y absoluta que es vaciar el significado de las cosas. Eso es muy peligroso. Son nuevas formas y estamos aprendiendo”.

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