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Les llaman microrrelato, minificción, minicuento o twicción, entre otros nombres que aluden a su brevedad. Es raro que aparezcan en antologías literarias, porque críticos y académicos usualmente consideran que es una forma menor de la literatura o, simplemente, que no es literatura. Sin embargo, estas historias mínimas han crecido en popularidad en lengua española y cada vez son más quienes cultivan el género. Una prueba es el concurso “TCQ” (T cuento Q), organizado por el programa “La máquina de pensar” (y antes por “Sopa de letras”), de Radio Uruguay (Sodre), y auspiciado por Antel y por la Biblioteca Nacional. Desde su primera convocatoria en 2007 hasta la última en 2011, el concurso recibió más de 144.000 relatos enviados por SMS que no podían superar los 160 caracteres. En cada convocatoria, los jurados seleccionaron 100 de estos textos. Y todos ellos se acaban de recopilar en El libro de oro del TCQ.
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Tal vez varios lectores enfrentados a estas historias de pocos trazos dirán: “¡Pero esto no es un cuento!”. La cuestión es quién puede definir hoy, en época de mixturas literarias y artísticas, hasta dónde llegan los límites de un género. De todas formas, es oportuna la advertencia que en el prólogo formula Lauro Zavala, mexicano que se ha dedicado al estudio y la teoría de la minificción: “No todo texto breve tiene méritos para ser antologado. Pero cuando sí los tiene, comparte con los demás géneros literarios algunos rasgos distintivos, tales como: imaginación, intertextualidad y una filosofía implícita acerca de la vida y, sobre todo, acerca de la escritura”.
“Veni, vidi, vici” (“Llegué, vi, vencí”), son las palabras que se le atribuyen a Julio César cuando narró frente al Senado romano su rápida victoria tras la batalla de Zela. Es posible que la audiencia de César necesitara más explicaciones, pero esos tres verbos condensan todo el poderío, la masacre, la sangre y los gritos del dolor y del triunfo. En definitiva, todo lo que no se contó. Sin saberlo, el César llevó lo no dicho a su máxima expresión: elaboró un minicuento.
Justamente es esa la clave de un relato hiperbreve: manejar con eficacia los datos ocultos para que el lector complete la historia que falta. “Una vez más surge el matiz entre simpleza y sencillez. Los minicuentos elegidos son sencillos en su factura porque la brevedad así lo exige. Pero de ningún modo esto implica simpleza. Por el contrario, una de las virtudes apreciadas por este jurado fue la complejidad escondida tras la elegancia depurada de esa sencillez”, escribieron en su prólogo los integrantes del jurado del concurso 2011, integrado por Claudia Amengual, Henry Trujillo y Javier Ricca.
Como suele ocurrir en las antologías, El libro de oro del TCQ es variado en calidad, elaboración literaria y temáticas. Por su propia naturaleza ofrece otra forma de lectura, que no necesariamente es lineal, y los relatos pasan de lo cotidiano a lo histórico, de lo serio al humor y de lo político a su parodia.
“El semáforo inerte seguía funcionando como si nada hubiera pasado”, escribió Matías Francolino (primer premio de 2011), para narrar una posible tragedia. Hacia el humor apuntan otros textos, como el de Fernando Mieres, activo participante de todas las convocatorias: “Prendí el ventilador en mi dormitorio y se volaron todos los papeles de Traverso en Subrayado. ¡Rarísimo!”. Más reflexivo es el texto de José Caputo, otro autor entusiasta: “Cuando estuvo libre de pecados no encontró ninguna piedra” (premio del público en 2009), o el de Beatriz Cardozo: “Su signo era de agua. Navegó en la ignorancia, se sumergió en la bebida y murió ahogado en llanto”.
En cambio, hacia el contenido político se dirige Horacio Bernardo (primer premio en 2008): “La abuela nos distraía con cuentos mientras se llevaban a papá. Pero un día se la llevaron a ella. Entonces comenzamos a contarnos cuentos para inventarlos”; mientras que el de Gabriel Vázquez obliga a leerlo dos veces: “Mi título se volvió mi cuento”.
La escritora Clarice Lispector aconsejaba a los escritores “usar la palabra como carnada para pescar lo que no es palabra”. Quienes participaron del concurso TCQ habrán dedicado un tiempo considerable a encontrar la palabra justa para contar solo lo imprescindible.
Y, seguramente, también el hondureño Augusto Monterroso, a quien se considera en el ámbito literario el primer creador de un minicuento, desechó muchas versiones antes de llegar a la sutil sencillez de “El dinosaurio”: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Tiene 44 caracteres, y narra toda una historia.
El libro de oro del TCQ, de autores varios. “La máquina de pensar”, 2011, $ 250, 204 páginas.