En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Cada tanto vuelve y es siempre una delicia. Federico Juan Sebastián Britos Ruiz (Montevideo, 1939), radicado hace años en Miami, formado hace un sexenio en el sótano de la calle Guayabo donde funcionaba el Hot Club de Montevideo, es un caso singular. Primero porque incursionó con éxito y reconocimiento internacionales en un género como el jazz, que no es para cualquiera, menos aún si no se es nativo del Norte. Segundo porque lo hizo desde un instrumento —el violín— donde solo un puñado escaso de elegidos lograron sobresalir: Joe Venuti, Stéphane Grappelli, Ray Nance, Erskine Tate, Jean-Luc Ponty. Un reducido cenáculo que nuestro compatriota Britos integra y que hace muchos años, cuando lo escuchó improvisar, hizo decir nada menos que a Jascha Heifetz: “Yo no soy capaz de hacer eso”.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Britos se hizo presente en la Sala Nelly Goitiño con un cuarteto de invitados: Julio Frade al piano, Jorge Trasante en percusión, Domingo Roverano en batería y Roberto De Bellis en contrabajo. Como el concierto era organizado y auspiciado por la Filarmónica de Montevideo, un reducido grupo de cuerdas de la orquesta, dirigidos por Álvaro Hagopián, se agregó al quinteto. Como era de esperar, pese a que Hagopián y sus dirigidos actuaron con total corrección, el agregado de las cuerdas más que sumar restó al ambiente puramente jazzístico, que se vio así enturbiado en la mezcla sonora por un ingrediente que le es ajeno.
No obstante hubo dos momentos muy buenos de la orquesta: Años de soledad, de Piazzolla, en arreglo de Hagopián, y la apertura del concierto con esa maravilla que es el tango Los inútiles, del talentoso y malogrado Manolo Guardia, donde brillaron juntos Julián Bello en el piano y la orquesta con Hagopián. Una verdadera joya rescatada del olvido. Los añosos y memoriosos recordarán cómo sonaba este tango hace medio siglo en la esquina de Echevarriarza y Buxareo, en el local de Camerata de Tango. Perdón por la digresión pero era inevitable.
El disfrute jazzístico estuvo en el ilustre Britos y el notable combo que lo acompañó y que arrancó con Las Vegas Station, con un fuerte climax de Frade en el piano y el anticlímax de las cuerdas que nada tenían que hacer aquí. Con Perdido, de Duke Ellington, el combo quedó solo y fue otro el ambiente, que con alguna interrupción orquestal se volvió a instalar en Lady be Good (Gershwin), con grandes intervenciones de Frade en piano, De Bellis en contrabajo y una sucesión vertiginosa de breaks, y también en unas excelentes variaciones sobre “After you’ve gone” (Layton), que no figuraban en el programa. El concierto finalizó con una versión estilo bolero de “I’m Confessin” (Dougherty) y con “Bésame mucho” a toda orquesta, a la que se agregaron un bienvenido trombón y una bienvenida trompeta que levantaron en vilo a la sala cuando se pasó del ritmo de bolero al de la salsa y el son.
Es un gozo ininterrumpido ver el contraste del cuerpo tieso de Britos, que con un mínimo de movimientos arranca un swing de su instrumento que hace mover a los espectadores de la platea en sus asientos. Jamás se pierde en una improvisación, siempre está cuidando la línea melódica en medio de increíbles vericuetos de engañosa sencillez y hasta es capaz de bromear intercalando fugaces compases de la marcha nupcial de Wagner.