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    Escuela sustentable aprobó “con sobresaliente” su primer año; ANEP evalúa replicar el modelo en otras zonas rurales del país

    “¿Cuántas escuelas más como esta podremos construir?”, escribió semanas atrás el actor y activista estadounidense Ashton Kutcher en su página de Facebook, donde posteó un video del portal A Plus en el que se explica cómo se construyó y funciona desde hace un año la primera escuela pública sostenible de América Latina —y quizás del mundo— ubicada en el límite entre Canelones y Maldonado.

    A la pregunta de Kutcher sobre la posibilidad de multiplicar escuelas como la rural N° 294 de Jaureguiberry —fabricada con latas de aluminio, cartones, botellas de plástico y neumáticos entre otros materiales reciclables, y autosuficiente en la generación de energía eléctrica, calefacción y agua—, Primaria responde con una expresión de deseo: el de replicar este modelo escolar en otras zonas de Uruguay, aunque sujeto a la evaluación de su “impacto ambiental” y “monitoreo de sostenibilidad temporal”.

    “La evaluación de Primaria sobre la escuela sustentable es muy positiva. La construcción superó con margen lo que el propio edificio prometía. No solo desde la sustentabilidad en el manejo de la infraestructura y el uso de la energía y el agua. También desde la organización cotidiana escolar y la construcción del tejido de la comunidad local para brindar un modelo a replicar al resto del país”, dijo a Búsqueda el integrante del Consejo de Educación Inicial y Primaria (CEIP) Pablo Caggiani.

    El consejero electo por los docentes aseguró que “Primaria está abierta a continuar este tipo de iniciativas de arquitectura autosuficiente”, aunque precisó que “primero corresponde evaluar cómo se sostienen estas infraestructuras en el tiempo”. ¿La razón? “Primaria hoy está manteniendo escuelas que no son del siglo XX, sino del siglo XIX, con estructuras demasiado antiguas, y la de

    Jaureguiberry es del siglo XXI”.

    Respecto a esa inquietud, Martín Espósito, coordinador de la ONG Tagma y promotor de la construcción de la escuela con métodos autosustentables, aseguró que ese “modelo” marca un antecedente en la multiplicación de “escuelas públicas sustentables” en Uruguay porque se trata de un emprendimiento viable en términos económicos y de plazos: la obra se construyó en 45 días.

    Según Espósito, se trata de un “edificio normal”, cuya “particularidad” es que cuenta con un “60% de material reciclable”, pero también incluye madera, tierra, pedregullo, arena, vidrio y cemento, “por lo que está pensado para durar como cualquier otro” (Búsqueda N° 1.850).

    Tagma sostiene que un edificio sustentable de esas características puede mantenerse en condiciones plenas “más de 30 o 40 años, sin problemas”.

    La construcción de la escuela de Canelones estuvo a cargo del arquitecto estadounidense Michael Reynolds, director de Eartship Biotectur y referente mundial en edificaciones autosuficientes.

    El proyecto de Jaureguiberry implicó una inversión de entre U$S 315.000 y U$S 400.000, mayormente por gasto de materiales, aparte del contrato de Earthship, que aportó la mano de obra gratuita de casi 200 voluntarios locales y extranjeros de más de 30 países.

    La empresa Unilever, a través de su marca Nevex, financió más del 90% del proyecto y ofreció apoyo en comunicación, monitoreo de la obra y capacitación, dijo Teresa Cometto, gerenta de Marketing de Cuidado Personal y del Hogar de Unilever.

    Sin cables ni caños.

    La primera escuela pública autosustentable del continente empezó a construirse el 1° de febrero de 2016, fue inaugurada el 16 de marzo y abrió sus puertas a los alumnos a principios de abril. El proyecto requirió un proceso mayor a cinco años para conseguir la autorización de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP), que finalmente destinó un predio cedido por la Intendencia de Canelones, a unos 750 metros del peaje de Solís grande, justo en el kilómetro 80 de la ruta Interbalnearia.

    A un año de la construcción del inusual edificio —sin cables de UTE ni caños de OSE— los resultados parecen ser “altamente satisfactorios”, según sus promotores y las autoridades de la enseñanza pública. Desde los cambios de “dinámica pedagógica” de una escuela rural adaptada a la “biotectura” —concepto inventado por el arquitecto Reynolds—, a la respuesta “física” del edificio que soportó duras inclemencias temporales, el centro escolar cumplió sus funciones “a la perfección”.

    “Capeó con éxito la autosuficiencia energética y los materiales soportaron un año atípico y agresivo a nivel de condiciones meteorológicas”, destacó a Búsqueda Joaquín de la Sovera, cofundador de Tagma. “A estos muros con neumáticos uno arriba del otro no los mueve nadie, van a estar aquí en 200 años”, auguró el representante de la ONG el miércoles 1, tras una recorrida por las instalaciones con un grupo de niños.

    La escuela, cuya fachada ensamblada de madera, vidrio y chapa se orienta a una de las carreteras más transitadas del país, destaca por su originalidad y colorido, enclavada en una zona agreste próxima al Río de la Plata.

    Toda la edificación —proyectada en primer lugar para Playa Verde y que luego se trasladó a Jaureguiberry— abarca 270 metros cuadrados divididos en tres aulas de 45 metros cuadrados cada una, con capacidad para hasta 100 niños —el doble de la matrícula proyectada para este año—. Tiene dos baños y un pasillo invernadero donde los escolares cultivan alimentos orgánicos, y también hay plantas tropicales y un fotobioreactor que genera algas que se usan como fertilizante.

    A partir de su acondicionamiento térmico, la escuela mantuvo durante todo el año una temperatura promedio de entre 18 y 25 grados, sin calefacción ni ventilación habitual. El 100% de la energía es proporcionada por paneles solares y un banco de acopio de energía. Además, el edificio almacena agua de lluvia en tanques con capacidad para una reserva de 30.000 litros que luego se filtra y potabiliza.

    Cero repetición.

    La primera escuela pública sustentable del continente cerró su primer año con 43 alumnos de Nivel Inicial, de cuatro a once años, contó con tres docentes, una cocinera y una auxiliar de limpieza y mantenimiento. En su primer curso lectivo el centro educativo adaptó el programa de la ANEP con contenidos de “sustentabilidad humana” y “cambio climático” para “sensibilizar” a los alumnos y a los 500 habitantes estables de la zona. La escuela no registró repetidores y tuvo 96% de asistencia. La proyección de la matrícula para 2017 supera los 50 alumnos.

    Actividades como la producción de alimentos en las áreas botánicas interiores o la forestación del jardín se aprovechan también como recursos para el programa educativo de la escuela, explicó a Búsqueda Rita Montans, una de las tres maestras que acompañó esta experiencia durante todo el año. “Hemos soportado todas las alertas rojas, hubo muchas tormentas, pero la escuela no sufrió. Estas estructuras tan poco convencionales están intactas”, dijo la maestra.

    Hubo resistencias iniciales al proyecto entre vecinos y hasta reparos entre los educadores. “Como docentes de la escuela pública tradicional teníamos nuestras dudas sobre si esto iba a funcionar. El fruto es digno de aplaudir y de emular en el país. Aprobamos este primer año con sote”, celebró la maestra.

    “Una guiñada”.

    Caggiani coincidió con el diagnóstico pedagógico, aunque matizó: “La escuela funciona fabulosamente. Pero hay que ponderar la inversión que el Estado hace en infraestructuras educativas para que los edificios públicos ofrezcan cierta sostenibilidad en el tiempo, atendiendo no solo a las condiciones ambientales y estéticas, también a su financiamiento y a los costos de mantenimiento, y sin generar un problema en el mediano plazo”.

    Y ejemplificó: “Hace 20 años tuvimos una donación de escuelas de madera en el interior del país, algunas ubicadas en el Pinar y San José, que no resultó una buena experiencia: ahora hay que tirar esos edificios debido al desgaste y a las plagas acumuladas”.

    El consejero observó que la escuela de Jaureguiberry presenta otras particularidades: “Físicamente es más chica que un jardín de infantes y apenas cuenta con capacidad para albergar un centenar de alumnos, cuando una escuela tipo comprende a un mínimo de 400 estudiantes. Tampoco ha sido una obra barata si se piensa en el costo del metro cuadrado de un edificio escolar urbano. Aparte contó con un inusual trabajo voluntario y una guiñada de los organismos encargados de fiscalizar las obras debido a sus características”.

    “Ha sido una experiencia excepcional. Es reproducible en Uruguay y Primaria está abierta a estas propuestas. Ya hemos recibido planteos similares. Lo novedoso acá es el tipo de edificación, no la modalidad; ya que el 60% o 70% de las escuelas rurales han sido obra de las comunidades locales”, comentó Caggiani. Y concluyó: “La pregunta es qué tipo de infraestructura educativa necesita Uruguay. Ahora habrá que monitorear justamente la sostenibilidad de las escuelas sustentables”.

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