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    jueves 18 de julio de 2024

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    Ese sueño que la gente llama vida

    La División, serie web de Daniel Hendler

    Este es Alfredo. Complexión que podría definirse como rioplatense, canas, anteojos discretos, bigote anacrónico, una mueca serena y autosuficiente que es casi una sonrisa amable como lo son su mirada y su forma de caminar. Alfredo trabaja en la misma empresa desde hace varios años. Estuvo en la división de aerosoles. Acaba de ser trasladado al área de recursos humanos de la división de untables. Los números no cierran. Y él lo sabe. Mientras se lo ve ingresar a las instalaciones de la división de untables, una estructura amplia y de aspecto ruinoso, derrotada por el óxido y la humedad, la voz en off de una mujer informa que este hombre que viste una ruinosa campera de cuero sintético ha acumulado “tanta información inútil” que le cuesta “sentarse a hacer cálculos o desarrollar sus ideas”. Y la verdad es que Alfredo tiene la cabeza llena de ideas. Parece inteligente, flexible, atento, curioso, una de esas personas que hacen foco sobre la solución y no sobre el problema. Dato: Alfredo es interpretado por Daniel Hendler, que también escribió y dirigió La División, la serie web alojada en UN3 (un3.tv), la plataforma de la Universidad Nacional 3 de Febrero, de Buenos Aires. De UN3 han surgido un centenar de producciones, cápsulas audiovisuales de menos o poco más de 10 minutos, entre las que se encuentran maravillas argentinísimas como Eléctrica, La niña elefante, Famoso y Psicosomática. La División, que también puede verse en el canal de YouTube de UN3, pertenece a esa clase de ficciones arriesgadas e innovadoras que se presentan sin hacer alarde de su carácter arriesgado e innovador.

    Con ocho episodios que se extienden por un espacio de tiempo de poco más de ocho minutos cada uno, la serie empieza casi como una comedia costumbrista sobre las dinámicas y los actos mecánicos de una fábrica decadente y sus excéntricos empleados. Y esto es solo el primer movimiento. En esta historia hay una especie de delicado anacronismo, casi no ven computadoras aunque se habla de e-commerce, y la comedia se filtra de diferentes maneras, tanto verbales como visuales. En la fábrica alguien se está robando las viandas (hace poco desapareció una torta de manzana), y como parece que es obra de roedores, se contrata a un “desratizador”, que advierte: “Son muy astutos estos animales. Saben mucho más de nosotros que lo que nosotros sabemos de ellos”.

    El protagonista es recibido por Jonathan (Martín Garabal), brand manager de la empresa, y Brian (Diego de Paula), coordinador subregional, entre lockers hechos pelota, montañas de biblioratos, teléfonos que no paran de sonar y un elenco de empleados que parecen salidos de un sueño de Robert Walser. Con la intención de optimizar el tiempo, Alfredo digitaliza los patrones de comportamiento que prefiguran la forma cómo, por ejemplo, se hace el pedido de empanadas. “Tenemos que penetrar en la nueva era”, dice. “Que es la era digital”.

    Todo transcurre dentro de la fábrica, un edificio que es un mundo. La producción encontró el escenario adecuado —francamente impresionante— en una vieja curtiembre ubicada en el barrio Pompeya. “Aún hay algo de actividad allí, pero mínima”, explica Hendler a Búsqueda. “¿Dimensiones? No sé, gigantes... una manzana entera”. El uso de la música, a cargo de Matías Singer (que también actúa), carga el aire de alucinación, tensión y misterio. “Esto también está unido a la búsqueda de que la banda sonora llevara a un plano por momentos un poco hipnótico que ayuda a recorrer la serie”.

    Combinando escenas de patetismo, humor incómodo, kafkiano, y un suspenso inquietante, La División se transforma en un relato fantástico, paranormal, donde también se percibe una voluntad crítica ante las desigualdades. Es, para decirlo de un modo sintético, un viaje. “Alfredo está ante las puertas de un cambio”, apunta la voz en off, que posteriormente se revelará que es la de Macarena (Ana Katz), una escurridiza mujer que deambula y se oculta entre oficinas descascaradas, patios grises y máquinas espectrales. Alfredo, que en el trayecto comienza a experimentar dolores de cabeza y a escuchar frecuencias extrañas, molestas, no parece ser el único que está en pleno viaje: Hendler, como actor y director, exhibe una nueva faceta, sutilmente distinta, a la que los espectadores están habituados. “La actuación es como el cuerpo de uno”, comenta el intérprete uruguayo radicado en Argentina. “Es algo que está en constante transformación”. Para La División, el protagonista de 25 Watts, El fondo del mar, Mi primera boda y El otro hermano, se eligió asimismo como actor por una cuestión de tiempo. “Me parecía que para filmar toda la serie en nueve días era más fácil ponerme a mí antes que trabajar con otro actor. Y mientras actuaba, en realidad estaba dirigiendo. No estaba pensando en la actuación, me movía a mí mismo como un muñequito”, explica. “Hace poco vi algo, un experimento que habíamos hecho con (el artista visual) Alejandro Cesarco, que me mandó porque vamos a filmar eso mismo diez años después. No podía creer haberme aprendido toda esa letra, haber dicho todo eso con precisión. Entonces me doy cuenta de que en algunas cosas mejoré. Por ahí me despojé de algún vicio actoral”.

    ¿Qué te llevó a desarrollar una serie para la web?

    —Me había conectado con la gente de UN3 para presentarles Guía 19172, la serie que hicimos sobre la regulación de la marihuana en Uruguay. Les gustó y me pidieron que hiciera una adaptación para web, o sea, que acortáramos los capítulos, que eran de 25 minutos, a una duración de 15. Acababan de terminar la convocatoria para nuevas series que iban a lanzar, les había quedado un saldo, y me dijeron si quería presentar alguna idea para hacer con bajo presupuesto. Yo tenía una idea dando vueltas, la presenté y les gustó. La serie se transformó y cobró un vuelo que, si lo hubiera sospechado, no sé si lo pensaba para la web, porque al final fue un poco diferente a lo que me había propuesto al principio. Probablemente, el desconocimiento del formato, de estas estructuras más cortas, me dio ánimos para lanzarme a la aventura de explorar esa extrañeza desde un lugar más corpóreo, más allá de lo que puede rondar alrededor o latente bajo la superficie. Había lugar para el disparate, incluso para el ridículo, aunque finalmente siento que no fue para ese lado.

    Estado de migración prematura

    Su carrera como actor se extiende a lo largo de dos décadas. Ha hecho de todo. Cine, teatro, televisión. Su última participación cinematográfica fue en El otro hermano, la opresiva y truculenta película de Adrián Caetano. Allí se lo ve con unos kilos de más especialmente ganados para el papel, el del enigmático y ambiguo Cetarti, que llega a un pueblo abandonado del mapa para reconocer los cadáveres de su hermano y de su madre, asesinados por un ex militar, y se involucra con Duarte (Leonardo Sbaraglia), un personaje siniestro que tiene una propuesta para él. También estará en la serie que prepara para Netflix el cineasta argentino Daniel Burman, director con el que trabajó en El abrazo partido, Derecho de familia y Esperando al mesías. En breve estará actuando en la obra El inestimable hermano, de Heidi Steinhard.

    Como realizador, Hendler debutó con el corto Perro perdido (2002). Luego vinieron los largometrajes Norberto apenas tarde (2010) y El candidato (2016). En ambas, y en distintas medidas, dialoga con la comedia y el drama. Y en ambas hay una cierta extrañeza que se va metiendo en el tejido de la realidad: el protagonista desfasado de su propia vida en Norberto apenas tarde, la construcción del político y el misterioso y siniestro mayordomo de El candidato. Ahora, en esta pequeña serie, esa extrañeza está potenciada y expandida por componentes propios de la ciencia ficción. En el mundo de La División hay seres que pueden experimentar lo que se llama un “estado de migración prematura” o pasar por un “proceso de invisibilización”. Para un personaje, “el amor también es información”. Para otro, es preferible usar una especie de comunicación telepática antes que andar gastando saliva. “Estaba persiguiendo algo que era una imagen medio parecida a un sueño (aunque si fuera un sueño sería algo pesadillezco, distópico). Y cuando trataba de ponerlo en palabras tampoco me resultaba fácil ponerlo en el guion, en el tratamiento. Cuando uno se encuentra con las imágenes, con las escenas, después de haber pasado en ese tiempo y en ese mundo con esos personajes, empiezan a cristalizarse algunas ideas. El proceso de invisibilización o las fases de la migración las encontré en los días previos al rodaje. No hay una búsqueda de poesía, sino al revés: ponerle una traducción concreta a una imagen onírica”. A Hendler le han preguntado sobre el cuento La trama celeste, de Adolfo Bioy Casares, y la novela El glamour, de Christoper Priest, títulos con los que La División comparte ciertos abordajes (decir más es lanzar un spoiler), la relación del cineasta con la fantasía y la ciencia ficción no es muy estrecha, y reconoce que se restringe prácticamente a Blade Runner y las icónicas aventuras espaciales de Flash Gordon.

    —¿Cuáles fueron las diferencias entre lo que te habías propuesto al comienzo y lo que se hizo después? ¿Los elementos fantásticos ya estaban en la idea original?

    —Había un espacio para explorar los elementos fantásticos. Pero no tenía claro cuáles podían llegar a ser o de qué manera podían tomar forma. La historia era de una pareja que todos los días repetía una serie de rutinas mientras del otro lado del living se escondía otro universo. Al buscar locaciones también fui encontrando lo que podría ser ese otro universo. Desde el principio, cuando escribí el guion, pensé en largos pasillos, en las largas caminatas y traslados. Y cuando encontramos esa vieja fábrica, con esos espacios, las condicionantes de producción terminaron de definir la orientación de los elementos fantásticos.

    —¿Cómo fue el trabajo con la música?

    Con Matías vimos pautas, referencias musicales. Tenía claro que una pieza de Can, una banda alemana de krautrock de fines de 1960, le iba muy bien al inicio. También había otras referencias: las guitarras de Neil Young en Dead Man, de Jim Jarmusch, y los sonidos de The Monks, otra banda alemana de los 60. A partir de ahí, Matías empezó a experimentar y buscar el tono. Y fue muy generoso. Digo generoso porque en el mundo de hoy es muy difícil experimentar sin esperar que solo surja algo productivo de esa experimentación.

    La División puede verse en cualquier dispositivo. Uno puede ver un par de capítulos en el celular mientras va en el ómnibus. ¿En qué medida estas condiciones fueron afectando el proceso creativo, la estructura narrativa?

    Hasta que llegamos a la posproducción no tuve tan presente el tema de los dispositivos. Cuando hicimos la corrección de color hubo una tentación de llevarlo a una zona más oscura. Y al mismo tiempo, hubo una conciencia de que era mejor que las cosas estuvieran contrastadas y que resistieran ser vistas no solamente en dispositivos de pantalla más pequeña y de menor definición, sino también en situaciones de visualización con más elementos de distracción, como puede sucederle a alguien que ve la serie con auriculares en un ómnibus.

    Vida Cultural
    2017-06-08T00:00:00