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    Esos gordos que están en las rocas

    Se estrena “Manual del Macho Alfa”, de Guillermo Kloetzer

    Nacen, se desarrollan, se reproducen y mueren. Y en semejante viaje conviven, se pelean, toman sol, ocasionan tragedias domésticas y causan gracia y también pena. Es el teatro de la vida, acartonado, brutal, esencialmente biológico. Pero no estamos hablando de seres humanos: se trata de lobos marinos, tan diferentes y tan parecidos al bípedo sin plumas que cree gobernar sobre la Tierra. Estos mamíferos bigotudos, de gran porte, elegantes gordos que tienen diez hembras por cabeza (con suerte) o ninguna (destino esquivo), son los protagonistas del documental Manual del Macho Alfa, escrito y dirigido por Guillermo Kloetzer, que se estrena hoy jueves 29. En realidad no es estrictamente un documental: es mucho mejor, porque sigue los pasos —atinados, desatinados— de Adonis, un pequeño lobo que se abre camino en esta dura vida hasta que conoce el rostro de Dios. Y los caminos, como todos sabemos o deberíamos saber, están infestados de problemas. Adonis primero detecta su entorno bajo la tutela de su madre, poco a poco investiga el mundo rocoso y húmedo y finalmente adquiere la mayoría de edad.

    Kloetzer también se abrió camino en la vida, desde el vientre de su madre (1976) hasta la Facultad de Ciencias y la Escuela de Cine. Egresó de ambos lugares en 2003, y a partir de ahí, como biólogo y cineasta, ha realizado trabajos sobre fauna y cortometrajes con mucho humor que obtuvieron varios premios, como “Redrat” y “Machos marinos”. En el primer caso, además, hacía de científico malo y envidioso de una rata que en una escena antológica debía comprar aceitunas (“¿Con carozo o sin carozo?”); en el segundo, vestido de heladero, un poco se ponía en la piel de Adonis.

    Manual del Macho Alfa, que insumió dos veranos de rodaje básicamente en la Isla de Lobos de Punta del Este, es producida por Lavorágine Films. La fotografía es de Marcelo Casacuberta, el montaje de Guillermo Casanova, el sonido de Daniel Yafalián y la música de Maximiliano Silvera y Gastón Urioste. Y tiene la voz en off de César Troncoso, que es una suerte de traductor del idioma de Adonis al nuestro.

    —¿Cuáles fueron las mayores dificultades técnicas del documental?

    —Varias. El mareo durante el viaje hacia la Isla de Lobos, que son unos 45 minutos. El primer día de rodaje, el sonidista llegó vomitando. Otra dificultad: el mal tiempo. El traslado de todo el equipo, con las cámaras, la grúa y los víveres, se complicaba si había olas grandes. En la isla también te podés quedar sin señal de celular. Y si se levanta un temporal de viento, te clavás y no podés volver.

    —¿Hubo algún riesgo serio? ¿Un hombre al agua que no sabía nadar o algo así?

    —Nunca pasó nada, aunque sí hubo ciertas precauciones. Los bichos tienen su territorio y hay peleas entre ellos, y cuando rajan no miran hacia dónde van. Y pesan 180 kg. Una vuelta estaba filmando, con todo el rostro dentro del monitor, y de pronto siento que me pasa algo salado por al lado. Y era un león marino de 400 kg que le llevaba la carga a una hembra. Me podría haber hecho mierda.

    Kloetzer, además, fue guardavidas. Eso le posibilitó observar a la gente en la playa, le aportó ideas. Y, también, gracias al desfile de tangas y biquinis, le generaba ganas de eso, como al bueno de Adonis.

    —Que la película no sea exactamente un documental, ¿puede ocasionar problemas de distribución?

    —Es cierto, no es un documental sobre la naturaleza. Hay partes que están tratadas en joda, y a quien le gusta el documental de naturaleza convencional se queda afuera. Tampoco lo podés vender como otra cosa. Si no hubiese tenido la voz en off de Troncoso, hubiese sido una película muy distinta. Si vos mostrás gente, el espectador arma la historia sin mayores dificultades. Pero si mostrás bichos, es diferente. Si no incluía la voz en off, el espectador podía interpretar la cosa para cualquier lado. Por otra parte, al público más cultivado le puede molestar que le expliquen todo. De cualquier manera, la voz está empleada de un modo más bien juguetón.

    —Adonis, nuestro héroe, ¿tuvo varios dobles de riesgo?

    —Muchos. Son bichos muy distintos. Un lobo marino demora ocho años en llegar a la madurez sexual. Nunca lo podríamos haber seguido en ese tiempo. La mitad de los cachorros se mueren en el primer año de vida. Nunca saqué la cuenta, pero si la película tiene, digamos unos 700 planos, son muy pocos los que muestran al mismo lobo. Realizamos 700 cuadros dibujados, un guión técnico, y así hicimos funcionar la historia.

    La película ya está vendida en 60 territorios para la televisión. Es una versión de 52 minutos. La copia cinematográfica dura un poco más: 70 minutos. En salas de cine, el espacio para los documentales es muy reducido. Por otro lado, Manual del Macho Alfa “no prioriza la veracidad”, dice Kloetzer, que es una regla del documental estricto.

    —“El padre de Gardel”, de Ricardo Casas, debió pelear por más horarios en las salas. A su vez, con el tema de los nuevos soportes digitales, hay un cine que queda de lado. Una vez más, se abre la brecha entre el cine industrial y el cine independiente, dentro del cual cae el cine nacional. ¿Qué debería hacerse al respecto?

    —No tengo una idea clara. Es un tema complejo. La distribución, de alguna manera, es un negocio privado, es muy difícil de regular. A mí me interesa que la película se vea, no sé cuánto tiempo en cine, pero después se verá en televisión y después en Internet, en los colegios y en los liceos. Todo cambia muy rápido. La inversión en equipos digitales es gigante. De todos modos, filmar en formato digital es más barato que hacerlo en 35 mm. Los distribuidores responden a los números: si tu película rompe todo, estará en cartel; si tiene un público más reducido, estará menos tiempo. Y no hay que enojarse por eso. Si fuera por mí, pondría una pantalla portátil y la exhibiría también en la Playa Pocitos.

    Joris Ivens y Robert Flaherty son nombres para Kloetzer tan importantes como Orson Welles, David Lynch y Quentin Tarantino. De los documentales nuevos, se entusiasma con “Sweetgrass” (2009), de Ilisa Barbash y Lucien Castaing-Taylor, que retrata la vida y las costumbres de los últimos cowboys. “Es un muy observacional, alucinantemente filmado, con mucha naturaleza, en la inmensidad de las Rocallosas y las ovejas pastando en terrenos fiscales”, dice. Pero lo que más disfruta son los documentales de la BBC o “Microcosmos”, que es francés y “más autoral”, sobre lo que ocurre a nivel micro —escarabajos, hormigas— en el césped. También se entusiasma en un sentido inquietante con lo que puede haber generado la catástrofe nuclear en Fukushima en marzo de 2011. “Los insectos y peces que nacen hoy en ese lugar... ¡quién puede saberlo! Es una zona irradiada que se dispersa para todo el mundo. Nadie sabe qué está pasando. Si me contrataran, me iría corriendo allí para filmar”.

    —¿Te considerás un espectador formado en Cinemateca?

    —Claro. Vivía a siete cuadras del cine Pocitos. Aunque gracias a mi viejo, vi desde Chuck Norris hasta Clint Eastwood. En Cinemateca descubrí el cine autoral. Me encanta Paul Thomas Anderson. En realidad me gusta ver de todo.

    A Kloetzer le agradan todos los animales: perros, gatos, lobos marinos, arañas, aves carroñeras, mandriles, seres humanos. En cuanto a los humanos, dice que son “muy arrogantes y no nos damos cuenta de lo frágiles que somos, en particular comparados con los insectos y las bacterias. Hasta el tábano o el mosquito me resultan bichos fascinantes”.

    Pero no es creíble: que le gusten todos esos asquerosos bichos no puede ser. Piensa un poco y responde:

    —Las moscas me rompen los huevos.

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