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    Especialistas advierten sobre dependencia psicológica al “Viagra” por consumo innecesario

    En varones jóvenes está difundido el uso recreativo por diversos motivos

    Jugar sobre seguro le causó a Santiago una noche de fiesta y una mañana de martirio. Finalmente, su compañera de trabajo, esa que lo tenía loco, “el levante soñado”, le dijo que sí y salieron. Para asegurarse un rendimiento de esos dignos de Jordi ENP, se tomó un sildenafilo. Ese fármaco, Viagra para los íntimos, originalmente diseñado para la hipertensión arterial pulmonar, pero que luego terminó siendo la salvación para millones de hombres. “Quería ‘engorilarme’”, graficó.

    Para Santiago, que tenía entonces poco más de 30 años, la noche resultó de esas para enviar el ego a la estratósfera. Él no tenía disfunción eréctil, problema para el cual el sildenafilo se transformó en solución y condición que para 2025 se calcula que padecerán 322.000.000 de varones adultos (más del 10% del total). Era consciente de que no precisaba ese “ayudín”, pero era tanto lo que quería demostrar que no quiso dejar lugar a una mala imagen. El resultado fue un doloroso priapismo (erección prolongada sin estimulación) a la mañana siguiente, superando en mucho las cuatro horas de efecto que suelen tener estos fármacos.

    Es cierto que no todos quienes toman estas pastillas de forma recreativa padecen la misma consecuencia, pero también es cierto que su consumo es muy superior al necesario, así en Uruguay como en el mundo. Un relevamiento interno del Consultorio Sexológico Médico, de los doctores Magdalena Joubaloba y Andrés Saltre, arrojó que el 53% de sus pacientes que consumen algún proerectógeno tienen menos de 50 años, algo que no tiene justificación desde el punto de vista clínico.

    La psicóloga Rosana Pombo, directora del Centro Médico Sexológico Plenus, dice a Búsqueda que “más de 20 estudios internacionales” señalan el sobreuso de estos fármacos en varones sin trastornos de erección. No hay una estadística centrada en Uruguay, pero su experiencia clínica ubica ese exceso entre los 18 y 30 años. Siempre hay un amigo de un amigo que recomienda y siempre hay una farmacia a mano, donde estos medicamentos son económicamente accesibles (dos comprimidos rondan los 250 pesos) y no precisan receta.

    El problema, cuando no se tiene problema de erección, es a futuro y en la cabeza.

    “Todos los días hay problemas por sobreuso”, señala Vivian Dufau, presidenta de la Sociedad Uruguaya de Sexología. “Y estos son la dificultad de volver a ser sexualmente operativos de una manera fisiológica. Si tomás y no necesitás, vas a tener una erección suprafisiológica. Y puede llegar el día que si no acudís a ellos tu cerebro va a considerar menos potente a tu erección. Entonces resulta que son un efecto bastón que te calma la ansiedad y te genera una dependencia psicológica. Eso se ve todo el tiempo en varones jóvenes”. La clave y lo difícil en estos casos es lograr algo así como un “destete”, que incluye cambios de hábitos y manejo de estrés. Como eso no es fácil, como se vive buscando el éxito en todo, como el rendimiento suele ponerse por encima del placer y como estos fármacos son de venta libre, “algo que no debería ser así”, tomar el camino rápido suele ser la opción, según Dufau.

    De cultura y de cabeza

    El proerectógeno más conocido del mundo es el Viagra, pastilla azul que desde 1998 resucita la vida sexual de millones de hombres. Como ha pasado con “championes” o “chiclets”, el nombre de esa marca, en tanto pionera, se ha usado para generalizar a todo producto con el sildenafilo como compuesto activo. Según dijeron a Búsqueda fuentes de la industria farmacéutica, el más comercializado en Uruguay es el Vimax, que tiene una opción masticable, que representa entre el 50% y el 60% de la torta. Si se incluyen también los tadalafilos, conocidos vulgarmente como “viagra del fin de semana” por su efecto más prolongado, ese porcentaje se baja al 35%. Otras marcas con buena presencia en plaza son Plenovit, Maxfil, Talis o Plenomax. El Viagra propiamente dicho, que es sensiblemente más caro que su competencia, se vende muy poco en Uruguay.

    Dufau es muy gráfica a la hora de definir las diferencias entre uno y otro. Un tratamiento con tadalafilo es como llevar el auto al taller mecánico: quizá demore un tiempo, pero el resultado va a ser más prolongado. Un sildenafilo, en cambio, equivale pedirle a un vecino que te dé un empujoncito para arrancar. Eso en el caso que estos fármacos hagan falta, que no suele ser lo habitual en hombres jóvenes. Para ellos, “en la terapia lo mejor es la psicoeducación”.

    Las motivaciones, enumera por su lado Pombo, son variadas: lograr erecciones más rápidas y duraderas, complacer a parejas “muy demandantes”, prevenirse contra la ansiedad, contrarrestar los efectos del alcohol, “alcanzar la expectativa de un súper rendimiento” o contrapesar “la falta de un deseo sexual”. Una mala experiencia previa, producida por “la ansiedad sexual anticipatoria” o “el miedo al fracaso”, también puede terminar en una escapada a la farmacia. El excesivo complejo de pornografía, “sobre todo en varones jóvenes”, también juega, agrega la directora de Plenus. Quieren ser lo que ven en la pantalla, aunque los tamaños, frecuencias y situaciones (todo, en resumen) sean totalmente irreales.

    Lo cultural no solo tiene que ver con la visión de la sexualidad generada a través de la pornografía. A criterio de la psicóloga y sexóloga clínica Gabriela Michoelsson, en caso de relaciones heterosexuales el “empoderamiento de la mujer, que va para adelante cada vez más”, termina “cohibiendo a muchos hombres” al punto de pensar que sin estas ayudas químicas se está condenado a pasar vergüenza.

    En sintonía con lo señalado por Dufau, Pombo apunta a la dependencia psicológica como el mayor riesgo. Si desde joven ya se deposita toda la confianza en estas pastillas, “no se va a confiar en sus sensaciones eróticas, en los estímulos sexuales ni en las habilidades de la pareja”. El éxito en el desempeño sexual pasa a depender de un fármaco, “como si fueran robots”. En algunos casos, el temor es tal que se duplica o triplica la dosis. Según esta especialista, esta conducta puede llegar a funcionar como una verdadera droga, incluyendo umbrales de tolerancia y síndromes de abstinencia.

    Si bien reconoce el uso desmedido de estos fármacos, para Joubanoba, especializada en Sexología Clínica y Neuropsiquiatría, no es excesivamente preocupante en cambio que los jóvenes lo tomen aun si no lo necesitan. “No haber ‘rendido’ en alguna ocasión, en esta cultura machista, es algo que los afecta. Yo he llegado a presenciar ataques de pánico en el consultorio. Y pensar continuamente que no se va a tener una erección es la mejor forma de efectivamente no tener una erección”. En este caso, los proerectógenos pueden funcionar ocasionalmente, más no sea como placebo o bastón para los jóvenes, para luego sí apelar a una terapia psicoemocional. No es como en los varones adultos mayores, precisa, para los cuales ella puede sugerir otras terapias como ondas de choque o inyecciones intracavernosas.

    “Además estas pastillas mal no les va a hacer”, subraya esta especialista, apuntando a creencias sin sustento muy difundidas.

    Mito cardíaco

    Casi desde su surgimiento, el Viagra estuvo letalmente asociado a complicaciones cardíacas. Todas las especialistas consultadas coincidieron en que esto es más fruto de una leyenda negra que de la realidad.

    Esa preocupación “está enraizada en viejos mitos populares y falta de información calificada”, sostiene Pombo. Estas drogas únicamente están contraindicadas en pacientes con complicaciones cardíacas severas o que tomen nitratos (vasodilatadores como el sildenafilo), para tratar o prevenir cardiopatías isquémicas, algo menos común a menos edad. Las muertes que en el mundo se han relacionado con estos fármacos -más mediatizadas que comprobadas, además de muy escasas- tienen como común denominador afecciones al corazón previas. Pero esa “falsa creencia” ni siquiera resulta suficiente para desalentar el uso recreativo, lamenta.

    “¿De dónde salió que estos fármacos son cardiotóxicos?”, se pregunta Joubanoba. Para esta profesional, hay una analogía muy sencilla: si luego de un infarto un médico autoriza al paciente a subir escalones, está habilitado a tener sexo y por ende puede tomar proerectógenos. “El esfuerzo entre tener relaciones sexuales y subir la escalera es similar, son unas 170 kilocalorías, se reponen con cuatro galletas y un vaso de leche”, resume.

    Y hay otra razón del artillero que esta especialista agrega para desalentar su consumo: “Querer tener muchas erecciones es al santo botón, no hay mujer que te pueda acompañar tanto”. La pornografía miente mucho.

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