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Se ve en acción a diario. Del planteo formal de la ley de la gravitación universal, propia de las ciencias físicas, se deduce que cualquier cuerpo con masa es atraído por la Tierra, resultando inevitable su caída, en ausencia de fuerzas externas que actúen sobre él. Pero este postulado parece encontrar su correlato en ciertos aspectos de las ciencias económicas.
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La rama internacional de esta disciplina incorpora el concepto de gravedad en su modelo para predecir el comportamiento comercial de los distintos países, y sus corolarios también se cuelan entre las conclusiones del último trabajo de Andrea Vigorito y Gonzalo Salas —investigadores del Instituto de Economía (Iecon) de la Facultad de Ciencias Económicas—, en el que buscan extraer conclusiones y aprendizajes de las crisis pasadas. En diálogo con Búsqueda, la especialista en desigualdad y pobreza destacó la “asimetría” de sus efectos, en referencia a “lo rápido” que las personas caen en situación de pobreza y al tiempo que lleva “poder revertir esas pérdidas” de condiciones de vida.
A raíz de la pandemia de Covid-19 Uruguay cerró el 2020 con el 11,6% de la población bajo la línea de pobreza, informó a fin de marzo el Instituto Nacional de Estadística (INE); según algunos cálculos, son unas 100.000 personas más que el año anterior. “La cifra, lamentablemente, estuvo en el margen de lo que se esperaba”, dijo Vigorito.
Aun así, hizo dos puntualizaciones. La primera, como lo advierte también el INE, refiere a que las encuestas se hicieron en formato telefónico, por lo que “la captación del ingreso no es exactamente igual a la de períodos anteriores”. Además, la incidencia de la pobreza “da una idea del deterioro de las condiciones de vida de la población, pero no habla de qué tan lejos se sitúan del umbral. No es igual uno que está a un peso de la línea que uno que está a $ 7.000 de la línea”, puso como ejemplo.
Así como el peso de un objeto toma en cuenta la distancia a la la Tierra, el estudio de la pobreza debe considerar la distancia promedio de cada persona al ingreso mínimo —la brecha de la pobreza— y la desigualdad entre estos o la “severidad”. En 2020, ambas variables crecieron 1% y 2% respecto a 2019. Los pobres, además de ser más en número, lo son en gravedad.
Vigorito aseguró que “el deterioro no solamente se da para quienes cayeron por debajo de la línea, sino que en esta crisis están también afectadas las personas que están hasta muy por arriba” del umbral de pobreza. Según explicó, el problema es que, aunque en una crisis los indicadores monetarios son “muy pertinentes” por ser “lo primero que se deteriora”, también es importante tomar en cuenta los recursos con los que cuentan los hogares para hacer frente a una “baja abrupta de los ingresos”, que difieren según cual sea su posición de partida. Por esta razón, dijo, es conveniente hablar de conceptos como vulnerabilidad —entendida no solamente por ingresos insuficientes, sino también por toda una serie de privaciones— para entender el carácter “asimétrico” de las crisis económicas. Es decir, cómo estas “rápidamente concentran ingreso o generan aumento de la pobreza, pero las recuperaciones necesitan ser mucho más energéticas en términos de política para poder revertir esas pérdidas”.
Agregó: “La huella que dejó haber experimentado situaciones de privación es mucho más larga que el tiempo en que la curva sube y baja”. Por eso, en su trabajo con Salas enfatizan que en Uruguay las respuestas ante situaciones de crisis como son las de 1982 y 2002 fueron “tímidas y tardías. En general se dieron cuando la economía ya estaba mejor. Y eso mismo está pasando ahora con la baja proporción del PIB destinada a gasto en políticas sociales que ha caracterizado la respuesta en este período”, señaló Vigorito. “Si no actuás en la crisis y recién actuás en la recuperación, dejás que las condiciones de vida de las personas empeoren mucho y en muchos planos. Y eso tiene consecuencias de largo plazo que no necesariamente las vas a ver en la pobreza monetaria dentro de cinco años, pero se siguen manifestando”, insistió. Y recordó un estudio de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) según el cual el deterioro de la crisis de la deuda externa en la región “tardó 25 años de crecimiento económico en revertirse”.
A futuro, la economista consideró difícil hacer predicciones sobre cuál será el nivel de pobreza, pero aseguró que el plazo para volver a la situación pre-Covid dependerá “de cómo sea la salida de la crisis, de cómo se genere empleo, de si ese empleo absorbe trabajo no calificado y de qué pasa con la automatización”, entre otros factores.
Por su lado, Mauricio de Rosa, otro especialista en pobreza, aseguró a Búsqueda que, “salvo que haya una inyección de plata gigante en la economía y el mercado de trabajo se reactive y que suba el salario real, es muy difícil que la pobreza baje” a corto plazo.
Cambios lentos
Tras la publicación de algunos microdatos del INE, varios economistas comenzaron a hacer sus análisis. En Twitter, Rafael Guntín indicó que la evolución mes a mes de la pobreza siguió una forma de “U invertida” en 2020, por lo que el nivel a fin de año no diferiría mucho de la situación prepandemia. Pero el propio Guntín sugirió mirar su análisis con prudencia, debido al cambio metodológico del INE.
“En general uno lo mira más en tendencia que en cambios muy bruscos. Ya mirarlo en el año me parece que es una unidad razonable”, acotó De Rosa. Por eso, dijo que “no sería tan optimista” en asegurar que la pobreza se mantuvo como al cierre de 2019 porque, por un lado, este indicador “no se mueve con el Producto Bruto Interno” sino que evoluciona más lento. Pero, además, porque “si uno hace las cuentas y ve el salario real, el ingreso de los hogares, las pasividades reales y el mercado de trabajo no ve nada objetivo que diga que la pobreza va a bajar tres puntos porcentuales este año. E incluso si eso estuviese pasando, tampoco es que la pobreza se puede ver como el dólar o el índice Dow Jones: no es que si baja no tuvo efectos”.
Desigualdad
Por otro lado, Vigorito indicó que las “caídas de la desigualdad, que tienen mucho que ver con que se implementen políticas (ya que) el crecimiento económico solo no garantiza la redistribución, también contribuyen a que la pobreza disminuya más rápido. La historia de la pobreza del 1982 para acá son subidas y bajadas con las crisis, pero en 2007-2012 la caída fue por efecto del crecimiento y de la distribución”, mientras que en 1995-1999 la pobreza “hubiese podido caer por el crecimiento, pero, como el ingreso se concentró, terminó subiendo: crecieron más los ingresos de los deciles más altos”.
En lo que respecta a la crisis por el Covid-19, la desigualdad no mostró grandes variaciones (un leve aumento en el índice de Gini) frente al 2019, aunque el cambio metodológico relativiza la comparación.
Para Vigorito, algo “importante” es que el índice “es muy sensible a lo que pasa en los sectores medios de la población”, que también se vieron “muy afectados”. Así, si esas franjas de la distribución también perdieron ingresos, es esperable que la desigualdad no registre mayores variaciones. “Seguramente esos efectos se puedan apreciar en un plazo más largo”, estimó. De hecho, los movimientos en la desigualdad suelen ser más lentos que los de la pobreza, como ocurrió tras la crisis de 2002.