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    Espejito, espejito

    Presentemos al director inglés Edgar Wright por quien es: un melómano-cinéfilo empedernido. Todo en su cine es y será referencial. Su obra se propulsa, como sus montajes vigorosos, secuencias musicales y guiños a la cultura pop, con base en la referencialidad. Wright (47 años) es el joven fanático del cine que alcanzó un sueño improbable: ser amigo de Quentin Tarantino e intercambiar correos electrónicos con Martin Scorsese.

    Se hizo de las lecciones de George Romero para su debut, la comedia de zombies Muertos de risa (2004) —no la de Álex de la Iglesia— y revivió un género que seguiría dando frutos 20 años después (y contando). Revisó con ironía el heroísmo del cine de acción de testosterona con la sardónica Hot Fuzz (2007) y se adelantó unos cuantos años al apogeo de la cultura milenial con la subvalorada Scott Pilgrim contra el mundo (2010). Hasta se dio el lujo de echar a freír espárragos a los estudios Marvel por “diferencias creativas” en Ant-Man: el hombre hormiga.

    Eso sí, a Wright le falta, aún, escalar algunos peldaños como cineasta. Su nombre está lejos de ser una marca establecida y su propio pasaje por los cines uruguayos ha sido errático, por no decir lastimoso. Más allá del estreno de Muertos de risa en Cinemateca Pocitos y una exhibición de Bienvenidos al fin del mundo (2013) en Cine Universitario, el único estreno comercial que hubo de Wright fue en 2017 con su musical de persecuciones de autos, Baby, el aprendiz del crimen.

    Su nueva película, El misterio de Soho, sí lo encuentra mejor posicionado que antes, igual de refinado en su estilo y un poco más arriesgado, aunque algo desorientado en su voz autoral. El éxito comercial de Baby le dio al cineasta el cheque en blanco necesario para que una serie de estudios británicos financiaran los 43 millones de dólares necesarios para este proyecto, uno repleto de pasiones para Wright, que no saciará del todo a los entusiastas del terror, pero sí podrá llamar la atención de unos cuantos gracias a su puesta escena, su banda sonora y, en especial, sus dos protagonistas, Thomasin McKenzie y Anya Taylor-Joy.

    El misterio de Soho concierne a Eloise, una estudiante de moda de la campiña inglesa que se muda a Londres para alcanzar su meta de convertirse en diseñadora de moda. Obsesionada por la cultura de los 60 y cargada por un pasado trágico, Eloise es un pez fuera del agua. Es maltratada por compañeras más mordaces que envidian su talento y rápidamente sentirá que, al final del día, su vieja y querida abuela tenía razón. Londres puede ser un sitio verdaderamente hostil.

    Para su fortuna, Eloise encontrará un escape en la forma de unos sueños demasiado vívidos. Cada noche al acostarse bajo las luces tricolores del neón del bistró francés que está instalado por debajo de su habitación, la joven estudiante comenzará a caminar en los zapatos de Sandie, una aspirante a cantante que intenta dar sus primeros pasos en la escena nocturna del Swinging London al ritmo del twist, el último grito de la moda y las necesidades de complacer a un público fastidiosamente masculino.

    Wright, coguionista de la historia junto con Krysty Wilson-Cairns, adora su concepción personal del Londres de la década de 1960 y quiere compartirla apuntando al asombro. Combina el suspenso de los thrillers psicológicos y la desvergüenza del cine giallo de la época y lo hace bien. Todo se ve despampanante, la banda sonora se oye fenomenal y hasta hay un par de vueltas de tuerca astutas y unos sustos bien logrados.

    La dualidad es la clave de todo lo que rodea a El misterio de Soho. Del campo a la ciudad, de la timidez a la audacia, del presente al pasado. La primera vez que Eloise ingresa en la piel de Sandy, lo hace a través de un espejo, el objeto que funciona como metáfora recurrente de la película. Eloise (McKenzie) pasa al otro lado del reflejo y Sandy (Taylor-Joy) cobra vida, noche a noche, en el juego de miradas escalonadas que propone el director. En cada sueño, vemos a Eloise mirar a Sandy pero vemos el mundo como Sandy. Es un vaivén constante que va tomando formas cada vez más tenebrosas.

    A Wright se le da bien construir escenas ágiles y más el pasar de una a otra. En El misterio de Soho rara vez se permite que la cámara quede quieta si la escena se desarrolla con acciones físicas y aquí el director se presenta como acérrimo defensor de los planos detalles. Cuando el relato se dirige hacia el pasado, es como si la atención de Tarantino y el frenesí de Guy Ritchie se encontraran con algo de la obsesión de Michelangelo Antonioni, un poco de la brutalidad de Roman Polanski y bastante sangre de Darío Argento.

    Hay por ahí un sinfín de otros nombres similares escondidos a simple vista, porque si bien esta es una película sobre los pecados de la industria del espectáculo hacia las mujeres, también es una demostración del plan alimenticio que Wright ha mantenido en su dieta cinematográfica. Por algo lo primero que ve Eloise al pisar las calles del Londres de los 60 es una marquesina gigante anunciando el estreno de Operación Trueno (1965), la quinta película de Sean Connery como James Bond.

    Como las aventuras románticas del espía, el glamour que rodea a la fama de Sandy es un artificio. Wright es consciente de los tiempos que corren y si bien es claro que su visión romántica de un Londres hedonista reside en los aspectos más frívolos de su cultura (¡los bares!, ¡la elegancia!, ¡los vicios!), también son explícitos sus argumentos para demostrar lo aberrante que podía ser la experiencia femenina en las noches de la ciudad de la niebla.

    No sobran sutilezas y algunos diálogos y escenas de terror podrían haberse refinado un poco para evitar cierto histrionismo algo desalentador, pero El misterio de Soho sabe empaquetar su contenido de manera entretenida y hasta se nota, de inmediato, el potencial de la película para ser disfrutada más de una vez. Wright sigue demostrando que su consumo cultural voraz da resultados y que a los cines no les viene nada mal exhibirlos.

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