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    Está en la sangre

    Peter Fonda (1940-2019)

    Existen algunos sucesos que marcaron la historia del cine y de la música, y Peter Fonda ha sido parte de ambos. Una de las películas más emblemáticas de la contracultura de los años 60, hoy un clásico indiscutido, es Busco mi destino (Easy Rider, 1969), que hace 50 años fundaba el cine de carreteras —el cine de carreteras rockero y drogotón— y donde Peter Fonda tenía esencial importancia porque era el guionista, productor y uno de los actores principales. La filmación de esta historia sencilla, sobre dos motociclistas que viajan desde Los Ángeles hasta Nueva Orleans para ver el Mardi Grass, fue uno de los más sonados conflictos detrás de cámaras de la historia del cine. Las permanentes peleas entre Fonda y Dennis Hopper, que era el director, coguionista y también actor, el arrojo experimental y desmedido de la empresa, la inexperiencia de casi todo el equipo y las drogas que circulaban con enorme generosidad, no impidieron que Busco mi destino se convirtiera en un éxito comercial en su momento, cosechando un premio en Cannes y una nominación al Oscar como mejor guion original. Con el tiempo demostró tener una frescura a prueba de balas y se transformó en una obra de culto. Había acertado su diana en el corazón de una juventud rebelde, que deseaba cambios, desplazamientos a cielo abierto y amor libre, y que escuchaba un rock que aún hoy se mantiene vivo: Jimi Hendrix, The Byrds, Steppenwolf.

    El otro hecho que marcó a toda una generación —y a partir de allí a las siguientes, variando las proporciones y las sustancias— fue el uso de las drogas, en particular la marihuana y el ácido lisérgico. Y en este apartado, también Peter Fonda fue fundamental. En esa misma década y en una de las tantas fiestas que daban los Beatles cuando estaban en los Estados Unidos, John Lennon, George Harrison y Ringo Starr (sí, no estaba Paul, que tendría otros compromisos o sencillamente no tenía ganas de juerga esa noche), fueron protagonistas, junto a Fonda, de un particular viaje de ácido. A Harrison le pegó mal la dosis y tuvo un ataque de pánico. Peter, más ducho en el tema, resolvió ayudarlo y le dijo: “Yo también sé lo que es estar muerto”. Y a Lennon, que lo escuchó, no le cayó nada bien el apoyo terapéutico del actor, a quien finalmente invitaron a retirarse de la fiesta. Debería ser un tipo de muy escasa paciencia, Lennon. Dicen que el episodio inspiró la canción She Said She Said, que está en Revólver.

    Peter Fonda

    Hasta aquí los dos bombazos que colocan a Peter Fonda en lo más alto del mundo pop: figura iconográfica y coautor de un clásico del cine, y fuente de inspiración de un tema de los Beatles. Con esto bastaría para agradecerle para siempre. Pero existe otro Peter, más soterrado y no tan expuesto al lugar común de un póster de muchacho desprejuiciado con moto, pelo largo y eterno porro.

    Peter Fonda, que falleció el 16 de agosto a los 79 años, se fogueó en una especie de universidad del trabajo cinematográfica: la escuelita de Roger Corman, un especialista en realizar películas de bajo presupuesto, un tipo que te enseñaba a filmar, a cortar, a iluminar, a montar, a transar con el sonidista, a pelearte con el productor y aceptar las locaciones y el vestuario que tenés a mano porque no hay más dinero ni tiempo que perder. En esta universidad del trabajo de Corman, Fonda hizo dos películas que dieron que hablar: Los ángeles salvajes (The Wild Angels, 1966), una de motociclistas con Bruce Dern, Nancy Sinatra y Diane Ladd, y El viaje (The Trip, 1967), sobre el mundo de las drogas, también en compañía de Bruce Dern y Dennis Hopper. Más adelante rodaría otras dos de carreteras no tan conocidas pero muy eficaces: La fuga del loco y la sucia (Dirty Mary, Crazy Larry, 1974) con Susan George, y la inquietante y pesimista Carrera contra el diablo (Race with the Devil, 1975), donde Fonda y Warren Oates salen de campamento y tienen la desgracia impeorable de toparse con un rito satánico.

    Nunca fue un gran actor, pero todo lo que hizo, lo hizo bien. No se metió en terrenos fangosos, en zonas difíciles de navegar para su talento. Tal vez su mejor interpretación haya sido El oro de Ulises (1997), en la que hacía de un introvertido apicultor, trabajo que le valió su segunda nominación al Oscar, esta vez como mejor actor.

    Pero hay un Fonda olvidado, oculto y muy valioso, que es el que debutó como director con Pistolero sin destino (The Hired Hand, 1971), un western metafísico, lisérgico, contemplativo, rodado en Nuevo México, sobre un pistolero, el propio Fonda, que vuelve a casa luego de siete años. Lo acompañan Warren Oates y Verna Bloom. En su momento resultó un fracaso total de crítica y público. Para colmo de males, el sonido en una escena de exteriores fue estropeado porque se coló la música de un cine lejano que en ese momento daba… Busco mi destino. Fonda rodó dos películas más como director, pero nunca se recuperó del golpe. Uno de los tantos casos de joya cinematográfica enterrada por los secos cagarrutos del olvido. En 2001 se exhibió una copia restaurada de Pistolero sin destino. Esta vez la llamaron “obra maestra”.

    Hijo del gran Henry y hermano de la gran Jane, ambos un tremendo pedazo de la historia del cine, está claro que Peter no podía ser ni fontanero, ni profesor, ni corredor de bolsa. El legado de la familia ahora es seguido por su hija Bridget. Está en la sangre.

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