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    Estallido de pequeñas y grandes criaturas

    A mediados de los años 70, le gustaba leer, como a tantos adolescentes, a Hermann Hesse y a Kahlil Gibran, pero un día entre esas lecturas Ricardo Lanzarini (Montevideo, 1963) descubrió Yo visité Ganímedes (1972), un libro de Yosip Ibrahim, seudónimo de resonancias místicas del escritor peruano José A. Rosciano Holder (Lima, 1908-1992). En su momento, a Lanzarini lo impresionó mucho la historia de ese libro sobre una sociedad extraterrestre pacífica, armónica y utópica, como la que muchos movimientos sociales buscaban, y que contrastaba con la situación que en esos años se vivía en Latinoamérica. Ahora, cuando la pandemia sumió al mundo en una nueva incertidumbre, aquel libro volvió al recuerdo de Lanzarini y usó su título para la exposición que acaba de inaugurar en la galería Xippas Montevideo (Bartolomé Mitre 1395).

    Yo visité Ganímedes se integra con conjuntos de obras, algunas realizadas hace 30 años, y con nuevas series de dibujos que narran una historia con las variantes que trajo el tiempo. Los protagonistas son personajes rollizos de piernas finitas que están siempre bailando o en movimiento. A veces tienen un gesto burlón o altanero, pero en general muestran su propio desconcierto, porque se encuentran en una situación que no concuerda con lo que realmente son. “Siempre trabajo con personajes vinculados al poder: militares, políticos, pwapas. También con multitudes en movimiento que no pueden detener su delirio permanente de buscar la historia, pero al mismo tiempo no saben muy bien para dónde van. La idea es que la realidad no se puede ajustar a un solo foco”, explica Lanzarini a Búsqueda en un recorrido por su muestra.

    Éxtasis se llama su serie más reciente, hecha este mismo año. Allí sus criaturas gorditas o “infladas” parecen estar danzando en una discoteca, con un fondo muy psicodélico. “Hicimos un clip con dibujos de esta serie y de fondo suena un tema de Katunga. Cuando uno lo escucha ya está dentro de la muestra que va de los 70 a la pandemia y recorre las utopías sociales, los pensamientos mesiánicos y los estallidos. Todo a través del ritmo, hay una preparación para encontrar el ritmo en el dibujo”.

    En esta serie, los dibujos se combinan con óleo pastel que Lanzarini moldea con sus manos. Para él es la experiencia del dibujo llevada a la pintura. “Es lo contrario a la ilustración. Para mí el dibujo es una experiencia de tiempo y espacio que tiene que funcionar con la idea. Pienso el dibujo a partir de la idea”.

    Fue en 2014 cuando empezó a dibujar a los grandes popes que dominan el mundo. Entonces surgieron las figuras de religiosos, de papas y sacerdotes. “No es exactamente algo contra la Iglesia, sino que son figuras del poder. Esos personajes me siguieron hasta hoy. Los pienso como integrantes de una cofradía que en algún momento estalla, como cuando llega la pandemia. Me gustaba la paradoja de ver las incongruencias del propio poder que está ligado al espectáculo, más de lo que uno piensa que está”. Por esos años se inspiró también en la irrupción del papa Francisco. “Me llegó mucho su proximidad, que fuera hincha de San Lorenzo, que dijera frases como ‘si no se cambia, así no va’”.

    Algunos de sus dibujos de esa época tienen a religiosos sentados o parados encima de un inodoro. “Me imagino a una persona poderosa que tiene que dar un discurso, entonces pienso que en algún momento tiene que ir al baño, y la dibujo en esa situación mientras piensa qué va a decir”. El suyo no es un humor explícitamente buscado, pero sus dibujos terminan siendo irónicos por la propia paradoja de las situaciones. Y allí están sus personajes a veces en pareja, que se hacen burlas por detrás, con símbolos religiosos, escatológicos, fiesteros o pensando en huevos fritos y chorizos.

    Lanzarini creció en el barrio Brazo Oriental y de allí surgen sus primeros recuerdos de tensiones y agresividad entre vecinos, “como algo previo a lo que estaba por suceder”, que alimentarían su obra. Proviene de una familia de ceramistas de fábrica que lo incentivó a trabajar en algo vinculado al arte. Eso ocurrió cuando ya era grande y entró a la Escuela Nacional de Bellas Artes. Allí uno de sus profesores, Ernesto Aroztegui, le dijo que tenía que dedicarse al dibujo. “Entonces me di cuenta de que el dibujo era una experiencia muy directa, sin intermediación, con el decir del arte”.

    En sus dibujos no hay nada digital, van del pensamiento a la mano. Y también de esos dibujos nace la reflexión escrita, porque desde hace 20 años, Lanzarini escribe sobre la experiencia del dibujo, sobre su sistema de creación. “Eso que escribo me retroalimenta y me convence”, explica.

    Una pieza diferente en la muestra es Hongos, que comenzó en 2008 pero continuó con agregados en diferentes momentos hasta 2014. En este collage en blanco y negro hay grandes hongos, y subidos a ellos por su tronco y bajo su sombrero aparecen criaturas diminutas con diferentes expresiones y situaciones. Es un pequeño mundo de seres escondidos que se descubren, literalmente, si se usa una lupa. Y el descubrimiento es asombroso. Algunos están en situación de sometimiento, otros muy serios como esperando lo que puede suceder. Cuando comenzó Hongos, vivía en Estados Unidos y había estallado la crisis económica de 2008. Y nadie sabía qué iba a ocurrir.

    Mucho antes había empezado a dibujar otras pequeñeces que fueron integrando otro de sus mundos y lo llamó Colección JOB. En lugar del bíblico Libro de Job, Lanzarini se valió de los librillos de hojas para armar tabaco marca JOB. En ellos empezó a dibujar hace 30 años y calcula que tiene más de 500 de estos libros. Allí aparecen sus personajes gorditos, a veces en maya de ballet o pantalones ajustados. En la muestra hay diez libros que encierran entre 80 y 100 dibujos cada uno. Los dibuja a tinta, sobre la hojilla.

    “Para mí es una colección muy importante en toda mi obra. Resolvió problemas de traslado y también económicos porque siempre tenía material para trabajar. Pero también me dio una cantidad de resoluciones formales al meterme en un pequeño espacio. Hice toda mi experiencia conceptual en estas hojillas, todos los accidentes y dificultades que tienen me sirvieron para pensar en mi propio arte. Siempre cargo con las hojillas de tabaco y voy dibujando. Pero no fumo. No quiero ir contra mi propio arte”, dice, y se ríe.

    Esta colección le permite también descubrir nuevas imágenes que se forman al superponer las hojillas, como si estuvieran escondiendo algo nuevo. También le hizo reafirmarse en el dibujo como camino artístico que siempre podría hacer en el papel, en una pared, en las hojillas de tabaco.

    Lanzarini ha viajado por el mundo con su arte y es muy larga la lista de bienales y de exposiciones en las que participó. En Guatemala hizo una instalación que implicó dibujar directamente en la pared y usar esqueletos de bicicletas que colgaba boca abajo para que los pedales quedaran a la altura del público. De esta forma, la gente al mover los pedales encendía luces e iba iluminando lo que quería, iba armando su propia historia. “Arriba de la sala en la que me tocó trabajar, había una escuela de danza de niñas. Hubo personajes que nacieron de esa experiencia de escuchar cómo bailaban El lago de los cisnes”, recuerda.

    Estuvo en la Bienal de Moscú y en la de Sidney, viajó por Europa y por América Latina. Obtuvo una beca Guggenheim y la Pollock-Krasner Foundation Grant, que lo llevó a vivir dos años en Estados Unidos. Fue también premiado en México en la Bienal de Tijuana, y entre otros reconocimientos, obtuvo el Premio Paul Cézanne (1998).

    “El arte está en mi interior, es como si todas estas experiencias que dibujo las hubiera vivido. Bueno, en realidad no viví tanto como lo que dibujé”, dice Lanzarini, y se ríe al mirar su collage Hongos. Para vivir la psicodelia de sus criaturas, hay que acercarse a Xippas Montevideo, durante tres meses estarán allí en movimiento.

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