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Si todavía hacía falta algo más para demostrar que Corea del Norte, y en especial Pyongyang, su capital, es un gigantesco y a la vez precario set de ficción —televisivo, cinematográfico y teatral— aquí está Under the Sun. El documental del realizador ucraniano Vitaly Mansky, disponible en Netflix, es una contundente y perturbadora prueba de hasta dónde la maquinaria estatal del gobierno de la República Popular Democrática de Corea —tal su nombre oficial— se introduce física y mentalmente en el día a día de los norcoreanos. El adoctrinamiento, el control de la vida privada, la censura y la manipulación de los individuos y la sociedad constituyen y dan forma y contenido a buena parte de la realidad de este mundo paralelo que, desde 1948, es gobernado por una dinastía comunista sustentada en la ideología juche, una doctrina política, filosófica y religiosa definida como “la aplicación creativa del marxismo-leninismo”. Existen libros, películas documentales y un gran cómic sobre esta autoproclamada poderosa y próspera gran nación (ver recuadro). Y aunque si bien un presentador televisivo de Dinamarca intentó tiempo atrás una movida similar, hasta ahora nadie logró lo que Mansky, que estuvo dos meses en Pyongyang. Under the Sun es una de esas obras que resultan sorprendentes y aterradoramente fascinantes en un primer visionado, pero que se amplían cuando se regresa a ellas. El asunto es cómo lo hizo.
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“El guion de esta película nos fue asignado por Corea del Norte”, se anuncia con las primeras imágenes. “Ellos también amablemente nos asignaron un servicio de escolta las 24 horas. Escogieron los sitios de filmación y revisaron todo lo filmado para asegurarse de que no cometimos ningún error al mostrar la vida de una familia perfectamente común en el mejor país del mundo”. Esa familia perfectamente común es la de Lee Zin-mi, una pequeña de ocho años que se prepara para ingresar en la Unión de Niños de Corea, dando de este modo su primer paso como integrante del sistema creado por Kim Il-sung (1912-1994), hombre elevado a la categoría de dios que sentó las bases del gobierno monárquico posteriormente continuado por su hijo, Kim Jong-il (1942-2011), y desde 2011 en manos de su nieto, Kim Jong-un. La pequeña Zin-mi ingresará en la Unión en el Día de la Estrella Brillante, es decir, el día del cumpleaños de Kim Jong-il, Líder Eterno de la República. El padre de Zin-mi es ingeniero en una planta textil que es ejemplo de unión, eficiencia y prosperidad. La madre trabaja en una modélica fábrica de leche de soja. La familia vive en una casa austera, cálida y confortable en la que nunca falta un plato de comida, sino todo lo contrario: hay que ver lo que es esa mesa colmada de coloridos manjares, entre los que sobresale el kimchi, piedra angular de la gastronomía coreana.
Tras la aclaración acerca de cómo se realizó la película, Under the Sun comienza con la vista desde una ventana de la casa de los Lee. Alguien dice: “¡Acción!”. Y Zin-mi, junto a una voluminosa flor, declara a la cámara: “Mi padre dice: ‘Corea es el mejor país del este del mundo. Corea en la tierra del sol naciente”. Pyongyang amanece cubierta de un sombrío dosel de niebla. Desde los altavoces de una camioneta se anuncia el comienzo de la “gimnasia rítmica del pueblo”. A pesar del frío, decenas de hombres y mujeres llevan a cabo los ejercicios corporales dictados con patriótico entusiasmo desde los parlantes. Otros ciudadanos, más madrugadores, ya caminan hacia sus trabajos. Y Zin-mi, como todos los niños, llega a la parada de ómnibus acompañada de sus padres, que se despiden con cordiales muestras de afecto. Empieza el día. La farsa está en marcha. Es que desde la primera toma, todo —o casi todo, como se verá— lo que aparece en este documental es falso, una simulación, una puesta en escena especialmente diseñada por el gobierno norcoreano para presentar al mundo una imagen que, de constituir una obra de ficción, sería vista como inverosímil a extremos ridículos.
No es casualidad que un régimen que infantiliza a sus ciudadanos le haya proporcionado a Mansky un guion centrado, precisamente, en la figura de una niña. La preparación para el ingreso en la Unión de la obediente, sensible e inteligente Zin-mi incluye el aprendizaje de canciones, clases de danza que le provocan ganas de llorar y asistir a charlas criminalmente densas en las que hay que esforzarse duramente para no dormir.
“La propaganda es también contrapropaganda”, ha dicho Mansky. “Mi idea era rodar una película como El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl, que es ambas cosas a la vez”. La intención inicial fue realizar un retrato de la vida en el reino ermitaño y desconectado de la vida moderna. Entre 2012 y 2014 el documentalista estuvo negociando con el gobierno para rodar allí. Fue después de extensas conversaciones que arribaron al impensado y a la vez esperable acuerdo, que especificaba, además, que el director no podía hablar con los actores. Mansky se las ingenió para, de algún modo, hacer la película que quería. Los rigurosos vigilantes que estuvieron todo el tiempo con el equipo, dijo el director, no disponían de los conocimientos técnicos pertinentes: “No sabían que podían insertarse dos tarjetas de memoria. Además, pensaban que si la luz no estaba encendida, la cámara no grababa”.
Esto fue lo que permitió una incisión. Crear una especie de falla espacio-temporal que revela el detrás de escena, la otra realidad que se esconde bajo el sol. Entonces se sabrá, por ejemplo, que Zin-mi les había contado a los realizadores que su padre, en realidad, trabajaba como periodista, y que fue a los efectos del documental que los camaradas decidieron presentarlo como ingeniero de la ejemplar fábrica textil. Se sabrá que en realidad la madre de Zin-mi trabaja en una cafetería. Que esa comida y ese diálogo durante la comida son falsos. “No actúes como si estuvieras en una película”, le dice a Zin-mi uno de los hombres que entran y salen de cuadro pensando que la cámara está apagada o en pausa. Se verá cómo unos personajes caricaturescos exigen más sonrisas y más alegría a las empleadas de la fábrica de leche de soja, y cómo, siguiendo órdenes y quizás con tanta presión como la que intentan ejercer, estos mismos hombres revisan y modifican los diálogos y reclaman que se acentúen determinados gestos. Se verá a los padres de la niña revisar el guion entre toma y toma. Y se verán autómatas caminando por las calles, seres con la expresión vacía o forzando los músculos faciales para componer algo parecido a una sonrisa. O ejecutando una coreografía muerta, falsa, verdadera, y a la vez llena de colores vivos. Como Corea del Norte.