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    Estrella solitaria

    Ted Chiang, el maestro oculto de la ciencia ficción

    Colaborador en la sección de Cultura

    Alguien dijo que para presentar a Ted Chiang (Port Jefferson, Nueva York, 1967) resulta más fácil y sencillo “enumerar los grandes premios de ciencia ficción que todavía no ha ganado que los que ya tiene”. Son demasiados. Y aun así, se quedó corto. Porque Chiang, que no se dedica profesionalmente a la narrativa fantástica sino que trabaja como escritor técnico en la industria del software, también puede presentarse como la última gran esperanza de la ciencia ficción. Es, quizás junto con el inglés China Mieville, uno de los autores más originales y desafiantes del género en la actualidad.

    Chiang se introduce en universos concretos, los explora con curiosidad y precisión científica, y regresa de allí con historias asombrosas. Entreteje esas historias recurriendo a oraciones concisas, que discurren con una elegancia tan finamente trabajada que se percibe como natural, aportando ideas, imágenes e información en cada párrafo. Da la impresión de que en la gran mayoría de sus relatos nada sobra. A través de ellos indaga en la plasticidad del cerebro humano, en la relatividad lingüística y en la naturaleza falible de la percepción. Observa los vínculos íntimos y ancestrales entre ciencia, fe y religión. Explora la dinámica de los recuerdos —que, en algunos casos, pueden provenir del futuro—, las complejidades de la identidad y los elementos que la componen. Entre estos puntos se cruza con Christopher Priest, Philip K. Dick y M. John Harrison. Su humanismo, sus inquietudes filosóficas y su pulido estilo lo conectan con Theodore Sturgeon. En su original lectura de los mitos, el abordaje de nociones como el tiempo o el destino, resuenan ecos de Jorge Luis Borges. Su desafiante imaginación lo coloca junto a Mieville, aunque sin los desbordes del inglés. Chiang es, en verdad, una estrella solitaria dentro del género.

    La recopilación La historia de tu vida (Alamut, 2015), hasta ahora lo único traducido al español, contiene ocho cuentos. Cada uno se sostiene por una lógica muy precisa. La astucia formal de Chiang está ubicada a años luz de la exhibición de virtuosismo y genialidad. Cada historia tiene su propia forma de respirar, su propio andar. De ahí la multiplicidad de estilos y enfoques.

    La torre de Babilonia, que abre la antología, recrea la aventura de un grupo de mineros convocados para subir a lo más alto de la fortificación para cavar la bóveda celeste. Para llegar a la morada de Yahvé, situada encima de los depósitos que contienen las aguas del cielo. El trabajo es riesgoso: puede desatar la ira del creador. El cuento es un acercamiento a las vidas de los albañiles que acompañan a los mineros y también un relato sobre las familias que habitan esa inmensamente larga edificación, cuyo ascenso, desde la base a la cima, demanda un mes y medio. La narración desafía los sentidos: en algún momento, el arriba y el abajo son indistinguibles. Miles de ladrillos llegan a la cima de la torre día a día. Si se cae uno, no hay problema. Pero hay algo que los albañiles valoran más que un ladrillo e incluso una vida humana: la espátula. “Si a un albañil se le cae la paleta, no puede trabajar hasta que le suban una nueva. Durante meses no puede ganarse la comida que consume, así que se ve obligado a endeudarse. La pérdida de una paleta es causa de grandes llantos”, explica uno de ellos. “Pero si un hombre se cae y su paleta queda atrás, los demás se sienten secretamente aliviados. El siguiente al que se le caiga la paleta puede tomar la sobrante y continuar trabajando sin tener que endeudarse”. La torre de Babilonia está poblada por hombres religiosos que trabajan por amor a Yahvé, pero que confían más en la física, la astronomía y la ingeniería que en la oraciones.

    Comprende aborda las posibilidades de encontrarle sentido y orden a todo lo que existe. De alguna forma, es como una versión extrema de Flores para Algernon. El final es asombroso. Dividido entre cero parece más complejo de lo que es (aunque la mano de alguien que domine el lenguaje matemático puede ayudar): la aparición de un error pone en evidencia que las matemáticas son, en realidad, demasiado frágiles, por no decir una especie de engaño. Setenta y dos letras se ambienta en una era victoriana alternativa. La cábala judía, la genética y la programación confluyen en un cautivante y por momentos oscuro juego sobre el poder del lenguaje. ¿Te gusta lo que ves? (Documental) presenta una amalgama de testimonios sobre un dispositivo que anula la posibilidad de distinguir la belleza física, eliminando, por lo tanto, la importancia del aspecto en las personas.

    La evolución de la ciencia humana tiene la forma de un artículo periodístico —de hecho, se publicó originalmente en Nature. Las descripciones y los conceptos que se despliegan, con esa elegancia implacable y ese soberbio refinamiento para condensar mundos, resultan fascinantes. Como si esto no fuera suficiente, sobre el final hay un breve y sorprendente movimiento que deslumbra y produce, al mismo tiempo, un inquietante escalofrío. No se trata de una vuelta de tuerca ingeniosa, sino de un gesto sutil, planeado al milímetro. Conduce a que el lector dé un respiro antes de iniciar, con una sonrisa, el siguiente cuento.

    El relato que da título al libro es una narración extraordinaria y conmovedora. Está contada mayormente en segunda persona: una mujer le cuenta a su hija la historia de su vida. Si bien lo que relata es pasado, lo hace de un modo que parece —o es— el futuro. Esto tiene que ver con la tarea que realiza esta mujer: fue convocada por el gobierno para interpretar el lenguaje que hablan los aliens que acaban de llegar a la Tierra. Si a veces se vuelve ridículamente difícil la comunicación entre iguales, entre personas que incluso hablan el mismo idioma, imaginen lo complicado que puede llegar a ser un diálogo entre humanos y alienígenas. Pero también imaginen lo que puede pasar en el cerebro de una persona cuando comienza a dominar un lenguaje más avanzado.

    Con 26 años de carrera, Chiang solo publicó una docena de cuentos. Uno de ellos, La historia de tu vida, es la base del guion de La llegada, de Denis Villeneuve, actualmente en cartel (ver edición anterior de Búsqueda del 24/11). El infierno es la ausencia de Dios ha tentado a más de una productora para convertirlo en miniserie. Este relato transcurre en un mundo donde se ha comprobado que Dios existe y entre sus manifestaciones más claras se encuentran las llamadas visitaciones angelicales. Son seres con un poder aterrador, que descienden del cielo, hacen milagros y producen daños colaterales. Suerte de reescritura del Libro de Job, cuenta la historia de Neil Fisk, un hombre con una pierna deforme que, tras enviudar, necesita amar a Dios. Y aunque se trata de la historia de Neil, también es la de otras dos personas que necesitan respuestas. Si bien uno puede quedar encerrado en tramos que resultan redundantes, este cuento —como La historia de tu vida— concentra reflexiones poderosas. Que toda vida es dolor. Que lo que consuela a unos resulta escandalosamente terrible para otros. Que el bien y el mal se relacionan con la posición en la que uno se encuentra, porque al hacer algo bueno para unos también se hace daño a otros. En definitiva, lo que significa estar en el mundo.

    Vida Cultural
    2016-12-01T00:00:00

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