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    Exprimir el borrador

    El espíritu de la ciencia-ficción, novela póstuma de Roberto Bolaño

    Antes del auge de la computadora escribía sus proyectos literarios en cuadernos y en libretas con una letra pequeña y apretada. Hacía dibujos y esquemas, usaba flechas, tachaba, anotaba nombres, números de teléfono, direcciones. En algunas páginas intercalaba recuadros a los costados en tinta roja en medio de palabras azules o negras, como si fueran paréntesis en sus elucubraciones. Gracias a esos manuscritos es posible seguir el proceso creativo del escritor chileno Roberto Bolaño, quien falleció en Barcelona a los 50 años por una insuficiencia hepática.

    En tres libretas de espiral, Bolaño escribió el borrador de una novela largamente planificada que tituló El espíritu de la ciencia-ficción. Fechó su manuscrito en Blanes en 1984 y nunca lo entregó a ningún editor. Pero como suele suceder cuando muere un escritor famoso, sus herederos empiezan a abrir cajones y a levantar cuanta piedra hay en busca de un original sin editar. Así lo hizo Carolina López, viuda de Bolaño, quien entregó el manuscrito de El espíritu de la ciencia-ficción a la Editorial Alfaguara, que finalmente lo editó en 2016.

    López ya había cedido los derechos de publicación a ese sello, que reeditó las novelas más célebres del escritor, Los detectives salvajes y 2666 (póstuma), originalmente publicadas por Anagrama, cuyo editor, Jorge Herralde, había impulsado la obra de Bolaño y le había posibilitado su reconocimiento internacional. Pero por desavenencias con Anagrama, la viuda decidió cambiar de sello.

    Debe ser muy tentador tener en las manos el manuscrito de un escritor de la talla de Bolaño y no correr a publicarlo. Es un tema discutible, pero son los editores quienes tienen que valorar lo que agrega de calidad literaria a una trayectoria prestigiosa. En este caso, parece que se dejaron llevar por la firma y publicaron un borrador que no llega a ser una novela y que sería más adecuado como material de estudio para investigadores que quieran desentrañar los mecanismos creativos. Porque este manuscrito es caótico, el hilo narrativo se pierde y tiene algunos errores de escritura, como falta de concordancia en los tiempos verbales. Claro que también aparecen momentos de brillo literario, porque Bolaño es Bolaño.

    La historia se ambienta en Ciudad de México en los años 70, donde dos jóvenes escritores chilenos tratan de vivir de la literatura. Ambos comparten una minúscula buhardilla y duermen en colchones sobre el suelo. Allí tirado y sin salir del altillo, Jan Schrella escribe un borrador para una novela de ciencia ficción y envía cartas muy delirantes a sus escritores preferidos del género, que son todos norteamericanos. Nunca recibe respuestas, posiblemente porque lo que pide, en medio de sus divagues, es ayuda a los escritores latinoamericanos. “Es duro y estoy en Latinoamérica, es duro y soy latinoamericano, es duro y para terminarla de amolar nací en Chile”, dice en una de sus misivas.

    El otro personaje es Remo, quien al contrario de su compañero vive hasta el límite la Ciudad de México. Asiste a pretenciosos talleres literarios, escribe reseñas para algunas publicaciones y aparece sin saber cómo en fiestas con otros poetas, con las hermanas Torrente o con su amada Laura. Así, en forma fragmentaria, se suceden los temas que después desarrollaría con maestría Bolaño y que tienen como marco una Ciudad de México alucinada y atravesada por poetas vanguardistas.

    También en El espíritu de la ciencia-ficción aparece la idea del “detective”, porque Remo se propone investigar por qué hay una proliferación de revistas literarias en México. Pero ese hilo temático se pierde como los otros subtemas que nunca cierran. Hay una entrevista a un escritor premiado que queda en suspenso, sueños extraños de Jan con un astronauta ruso, tanques alemanes de la Wehrmacht y la mención a la misteriosa Universidad Desconocida, título que después adoptará un libro de poesías de Bolaño, también póstumo.

    El problema de la novela no está en los temas que aborda, sino en que nada termina de encastrar en un todo, entonces las poco más de doscientas páginas se hacen arduas. Es un libro que se comienza a leer con curiosidad y se continúa solo por respeto a su autor y para encontrar algún momento que levante.

    Lo mejor llega al final, justo antes de que aparezca parte de la libreta con el manuscrito original de la novela. Bajo el título Manifiesto mexicano hay un relato de valor autónomo, lo único que ya se había publicado en 2005 en la revista Turia. Allí se cuenta la travesía de Remo con Laura por los baños de vapor de Ciudad de México, “públicos, legales, semilegales y clandestinos”. El relato tiene el “sabor Bolaño”, el que hace surgir fragmentos de un mundo en pocos trazos, como sucede cuando el personaje mira un mural en el Gimnasio Moctezuma: “Los ojos de Moctezuma, insondables. El cuello de Moctezuma suspendido sobre la superficie de la piscina. (…). El color de las piedras de la piscina, sin dudas el color más triste que vi a lo largo de nuestras expediciones, tan solo comparable al color de algunas miradas, obreros en los pasillos, que ya no recuerdo pero que sin dudas existieron”.

    En su juventud, Bolaño vivió en México y fundó el infrarrealismo, un movimiento poético que incorporó con el nombre “realismo visceral” su novela consagratoria: Los detectives salvajes (Premio Rómulo Gallegos, Premio Herralde de Novela). El escritor también vivió en Gerona, Blanes y Barcelona. Escribió poesía, cuentos, novelas. Se declaraba en deuda con Borges y Cortázar, y amaba la poesía de Nicanor Parra.

    El prologuista mexicano de El espíritu de la ciencia-ficción, Christopher Domínguez, lo define como “el gran narrador hispanoamericano del tránsito entre los siglos XX y XXI”. Para comprobarlo, no hay que leer el manuscrito que se acaba de publicar. La mejor iniciación al “mundo Bolaño” es la extraña, insólita y misteriosa Los detectives salvajes. Sus 600 páginas nunca se abandonan.

    Vida Cultural
    2017-02-02T00:00:00