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Desparpajo. Esta palabra alcanza para definir la obra de Omar Varela, el director, dramaturgo y actor uruguayo, fundador y alma mater de la Compañía Teatral Italia Fausta, quien tras padecer los efectos del Párkinson durante más de una década, falleció el martes 6 a los 65 años de edad.
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Hacía mucho tiempo que estaba retirado de la vida artística. Tras unos 35 años de carrera fermental y vertiginosa, sobre fines de la década del 2000 su estado de salud lo obligó a restringir su actividad. Estaba recluido desde hacía al menos una década y su retiro devino en la desaparición de la emblemática institución (en 2015) que llegó a ser una de las máximas animadoras de la escena teatral montevideana. Varela dirigió más de 60 espectáculos que abarcaron todo el espectro de estilos, desde el drama a la comedia, incluyendo 30 piezas de su autoría.
Nacido en Montevideo el 15 de octubre de 1957, Gualberto Omar Varela Ovsejevicius se formó en Teatro de la Ciudad, dirigido por Carlos Aguilera, y luego en la Escuela Municipal de Arte Dramático. A los 20 años escribió su primera obra de teatro, una pieza infantil llamada El cuento de Catalina. En 1981 fue becado por la OEA en el Centro de Artes y Letras de la Universidad de Río de Janeiro. Continuó en el rubro infantil con Hola familia Merengue, que le valió el primer premio Florencio que se otorgó en ese género, en el que estrenó una docena de espectáculos.
Antes de consagrarse a la dirección y la dramaturgia, se destacó como actor protagónico en Ya nadie recuerda a Frederick Chopin, de Roberto Cossa; El rabino Jonás y el submarino nuclear, de George Berreby, y El embrujado, de Valle Inclán. Además, participó como invitado en varias producciones de la Comedia Nacional. En paralelo desarrolló actividad docente en Montevideo y varias localidades del interior. Incluso fundó dos grupos independientes en las ciudades de Nueva Helvecia y Rosario, en el departamento de Colonia.
El salto consagratorio de su carrera llegó en 1988, cuando tras regresar de su formación en Brasil, estrenó ¿Quién le teme a Italia Fausta?, comedia de los brasileños Miguel Magno y Ricardo de Almeida, protagonizada por Luis Charamelo, Petru Valenski y Virginia Méndez, traducida y dirigida por Varela, que se transformó en uno de los espectáculos más exitosos en la historia del teatro uruguayo: estuvo en cartel durante 16 años, hasta la muerte de Charamelo en 2004, realizó múltiples giras nacionales e internacionales y fue vista por cantidades siderales de público, que según las fuentes oscila entre 300.000 y medio millón de espectadores. Enmarcada en el género besteirol, algo así como un café-concert a la brasileña, esta comedia que combinaba el absurdo, el grotesco e innovaba con una fuerte interacción con el público, conectó a la perfección con la necesidad de liberación emocional que tenía el público uruguayo en la posdictadura. La obra giró por varios países de Latinoamérica y llegó a presentarse varias veces en teatros hispanos de Estados Unidos.
En 1989, impulsado por el éxito descomunal de esa obra que agotaba todos los fines de semana, Varela fundó la Compañía Teatral Italia Fausta, afincada en las dos salas del Teatro del Anglo, que rápidamente se posicionó como uno de los principales animadores de la escena independiente. Además de estrenar varios espectáculos por temporada, de la mano de Varela la Fausta fue también una escuela de formación teatral de referencia.
Producto de su formación, Varela se transformó en uno de los principales cultores del teatro brasileño en Uruguay, en particular de Nelson Rodrigues, un autor por quien siempre profesó devoción. Todo desnudo será castigado y El beso en el asfalto son dos de sus obras montadas por Varela en varias oportunidades.
“Omar Varela irrumpió con huracanado impulso en el ámbito teatral uruguayo aportando la generalizada convicción de que es poseedor de inspirada creatividad y amplio dominio de todos los resortes del espectáculo, como lo demostró en Arlequín... y Ópera do malandro”, escribió el crítico e investigador teatral Jorge Pignataro en su libro Directores teatrales del Uruguay-50 retratos, publicado en 1994 por Editorial Proyección. Y agregó: “Ha demostrado que no se queda en la vistosa exterioridad de un espectáculo y sabe someter esta a los requerimientos argumentales y conceptuales de obras más agudas e intencionadas”.
Pignataro también destaca las virtudes empresariales de Varela, “que le llevó a indagar sobre los criterios y modos de practicar la administración de salas y equipos teatrales en los Estados Unidos”. El crítico subraya su “fino olfato para detectar con precisión la frontera entre arte y negocio (…), una meta de la que el teatro parece haberse alejado definitivamente en aras de los medios masivos como el cine, la televisión y el video, pero que siempre alienta la esperanza de recuperar, así sea en mínima parte”.
Italia Fausta se transformó en el gran exponente del musical de temática uruguaya (con mucho tango y candombe y algo de impronta tropical), como Arrabalera (2001), La bien pagá (2002), Muñecas del cha cha cha (2003) y Siga el baile (2006). Otros mojones en su camino fueron Ópera do malandro, de Chico Buarque; Mary Monkey, versión de Informe para una academia, de Kafka; El misterio de Irma Vap, de Charles Ludlam, y piezas propias como Nosotros que nos queremos tanto y Alcanzame la polvera, relectura de Puertas adentro, de Florencio Sánchez.
Además de los múltiples Florencio acumulados en sus vitrinas, Varela e Italia Fausta ganaron varios premios y distinciones como los Iris, Alas, Musa y Manuel Oribe. En paralelo, Varela se dedicó a la gestión de la propiedad intelectual e integró durante más de 15 años el Consejo Directivo de la Asociación General de Autores del Uruguay.
Los textos de cuatro de sus comedias más filosas, Un poco de suerte, El país de las maravillas, Fue mi culpa, lo hice por amor y Estoy sola porque quiero, están incluidas en un libro compilatorio de su dramaturgia que publicó en 2021 el Instituto Nacional de Artes Escénicas. En el prólogo, Mónica Bottero, amiga personal del artista, sintetiza el valor conceptual de su obra: “La escritura de Omar Varela tiene herencia pero a la vez participa en una construcción de su tiempo. (…) Al leer el teatro de Omar, al igual que al verlo, uno queda menos solo. Podrás llevarte algún dolor revuelto, te habrás indignado porque para este hombre no hay sacramento alguno —ni político, ni religioso ni moral—, te habrás reído con culpa o placentero cinismo, pero seguro estuviste con los tuyos. Entre estos personajes están tus parientes, tus vecinos, a quienes amaste o no te amaron, los dilemas que atravesaste, las pulsiones que dominaste”. Y concluye: “Omar nos ha inventado muy bien. Sus personajes somos nosotros”.