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    Fantasmas verdaderos

    Retrospectiva del cineasta alemán Christian Petzold en Mubi

    Tipo raro, digo cinematográficamente. Difícil de clasificar. Todas sus historias están tratadas con una considerable economía de recursos: no pierde el tiempo en locaciones ni ambientaciones, no hace movimientos de cámara innecesarios, no se apoya en escenografías atractivas ni en una fotografía estetizante. Los planos se suceden unos a otros de un modo sencillo, tajante, pero muy cuidado. Si es una oficina, que sea una oficina cualquiera. Si es una casa de campo, lo mismo. Si vamos en un coche, que nadie lo recuerde, ni al coche ni lo que vemos en la carretera. Va al hueso de la historia y a veces es tan austero que parece que filmara eso: precisamente un hueso. ¿Y los actores? Ahí sí se planta el tipo y es capaz de sacarles el mayor provecho. Son los actores los que nos harán creer la ficción, quienes finalmente nos transportarán a ese mundo seco, desangelado de Christian Petzold. Y con una profunda predilección por el melodrama, las coincidencias extraordinarias, las situaciones fuera de lo común y las emociones descarnadas. Un singular ejemplo de asordinamiento y afectos a flor de piel.

    Actualmente Mubi ha colgado seis películas de este cineasta alemán nacido en Hilden en 1960 y formado en la Academia de Filme y Televisión de Berlín. En tránsito (2018), el más nuevo de los títulos de Petzold que exhibe Mubi, sucede en la época actual, pero es una actualidad contaminada de pasado, de fantasmas autoritarios: Francia ha vuelto a ser ocupada por Alemania y quienes se oponen al fascismo son perseguidos y deben procurar salir del país. Un refugiado alemán (Franz Rogowski) tiene que contactarse en Marsella con la esposa (Paula Beer) de un escritor. Ella corre por la calle y siempre cree reconocer a su marido de espaldas, y cuando este se vuelve, es otro hombre. Por lo general, no sabemos nada de nada de los personajes de Petzold. Sus identidades se van construyendo poco a poco. Tenemos que estar atentos a mínimos detalles para conocer su carnadura. Rogowski, que lleva el 80% de la película sobre sus hombros, es un cruce entre Joaquin Phoenix (incluso con la misma cicatriz en el labio) y Vincent Gallo. Su interpretación es distante, con una pátina de opacidad y misterio que le queda muy bien y que es la que pide el personaje.

    A veces no sabemos muy bien hacia dónde quiere ir el director. Por momentos el resultado es inocente, incluso pueril, y de inmediato sobreviene un salto al vacío que te desacomoda. El entorno que rodea a los personajes es opresivo. Sí, hay apuntes sociales, pinceladas, pero nada para ubicarnos incuestionablemente en una dimensión realista. Cada dos por tres suenan sirenas y la policía realiza redadas. Pero lo que subyace siempre es, cuándo no, una historia de amor. Y un amor que debe brotar y sobrevivir de la inmundicia de la opresión, nos dice Petzold.

    Una de sus mejores películas es Seguridad interior (2000), sobre una familia de terroristas (padre, madre e hija adolescente) que debe mudarse permanentemente de ciudad. No sabemos con exactitud qué tipo de terrorismo practican o han practicado los padres. Ni siquiera entre ellos mismos, cuando están solos, aportan información, una información que el espectador espera en todo momento y jamás aparece. A Petzold no le interesa. Sí, en cambio, los permanentes movimientos afectivos que debe hacer en particular la adolescente, acomodando sus afectos a cada ciudad, a cada nueva escuela, a cada nueva amistad, y cuidando en todo momento con quién habla y qué dice. Nada se puede mantener a salvo en este mundo, nos dice Petzold. Y menos que menos la fragilidad del amor.

    Los otros cuatro títulos que se pueden ver en Mubi tienen a la actriz Nina Hoss, la favorita del director, como protagonista absoluta. “Resulta increíble cómo es capaz de evitar todo lo superfluo para dar lo puramente esencial”, apunta Petzold.

    En Yella (2007), Nina Hoss es una esposa que huye de un marido golpeador para emprender una nueva vida, esta vez como asesora financiera. Hay un par de datos clave que no conviene revelar. Lo curioso es que el director se apoya —muy a su manera— en un clásico de culto del cine de terror que se emite todos los martes 13 en la televisión estadounidense a la medianoche: El carnaval de las almas. Existen pincelazos fantásticos, pero son tan sutiles y permanecen tan camuflados que perfectamente cuadran como parte del entorno enrarecido que percibe la protagonista. Un día salimos a la calle y sentimos algo raro: el balanceo de la copa de los árboles, que no es el habitual; el andar de un transeúnte, que no parece natural; un sonido lejano que siempre estuvo pero por cierta razón nos llama la atención por primera vez. Es el Petzold más sugerente, aunque fiel a su estilo seco y sobrio.

    También ausente de florituras —a no ser un desplazamiento en bicicleta por la campiña— se presenta Barbara (2012), la vida de una doctora que el sistema socialista ha condenado a trabajar en provincias. Otra vez Hoss compone a un enigmático personaje femenino cuyo rompecabezas no termina de armarse nunca. El sacrificio por la medicina y una vez más el amor sobrevuelan en este drama que no pretende enjuiciar a nadie políticamente, ni siquiera a los delatores ni a los vigilantes del autoritarismo, que terminan siendo parias, víctimas, enfermos en un pequeño pueblo. La opresión, dice Petzold, trasciende a cualquier sistema político, está en el aire. Un sentimiento bien alemán.

    Melodrama puro es Phoenix (2014), en el cual una sobreviviente de Auschwitz que ha quedado desfigurada, se empeña en buscar a su marido en la Alemania de la inmediata posguerra, nocturnal y en ruinas. Hay algo de La piel que habito, de Almodóvar, en esta historia de rostros desconocidos para figuras íntimas. Está bien: el marido no tiene por qué reconocer a su esposa con un rostro nuevo (digamos que también cambian las cuerdas vocales), pero tampoco reconoce sus manos, ni sus pies, ni nada del resto del cuerpo. A Petzold le interesa que lo íntimo se vuelva extraño, ajeno. El resto son detalles.

    Jericho (2008) es la más floja del paquete. Se trata de una nueva versión de la novela El cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain, tantas veces llevada al cine. Y aquí un salto de plataformas: no existe ninguna remake de este clásico policial que pueda acercarse remotamente a Obsesión (1943), de Luchino Visconti. Vayan a Qubit y compruébenlo.

    Pero volvamos a Petzold. Muy adecuadamente, Mubi ha titulado a la retrospectiva Los fantasmas entre nosotros. Si algo unifica a su cine de tiempo y espacio difusos, es que vuelve tangibles, reales y verdaderas a sus etéreas criaturas. Los fantasmas están aquí, ahora. Y somos nosotros.

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