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    Fascinante biografía autorizada

    Se estrenó en HBO en 2018 como Elvis Presley: The Searcher, y ahora fue incorporado a las góndolas de Netflix como Elvis Presley: El rey del rock and roll, un nombre tan indiscutible como carente de gracia. De hecho, su hija Priscilla dice al inicio: “Era un buscador, es algo que nunca perdió”. Pero afortunadamente, lo que se ve es bastante más suculento. Se trata de un minucioso recorrido por los orígenes, el auge y la decadencia de Elvis Presley, la primera estrella del rock and roll y su mayor exponente, si lo concebimos como un género de música festiva y bailable, del que más tarde se desprendería el rock a secas, despojado del roll.

    Dividido en dos capítulos de más de 100 minutos, esta producción de su hija Priscilla Presley, sus amigos Jerry Schilling y Jamie Salter y el célebre divulgador del rock Andrew Solt, es dirigida por Thom Zimni, un realizador con varios Emmy y Grammy que dirigió el aclamado Springsteen on Broadway. A cargo de la narración aparece una legión de investigadores y luminarias musicales como Springsteen, Robbie Robertson y Tom Petty. Combina una reconstrucción cronológica de su vida y obra, de gran densidad informativa, con una galería de momentos destacados en escena, intercalados a lo largo del metraje, que además de reflejar el carisma de Presley en vivo, aportan el necesario oxígeno al relato.

    Lo primero que vemos es un completo desarrollo del contexto histórico en el que surgió Presley. Con abundante material de archivo mezclado con tomas originales realizadas en los mismos lugares, se reconstruye su infancia en Tupelo, pequeña ciudad al noreste del estado Mississippi. Su padre preso, desempleado y deprimido, su gusto temprano por entrar de incógnito en las iglesias negras para escuchar gospel, su curiosidad inagotable, su pasión por conocer y absorber todo lo que se presentara ante sus ojos. Y sus oídos. “Gospel, country, blues, todo estaba allí en el ambiente sureño en que creció”, dice Springsteen. Su mudanza, a los 13 años, a Memphis, la principal ciudad del vecino estado de Tennessee, a orillas del Mississippi, donde conoció el blues de la mano de B. B. King, Rufus Thomas y Howlin’ Wolf. La importancia de la radio, dadas las limitaciones económicas de su familia, en la construcción de su sensibilidad musical. La motivación que recibió de su familia, que le permitió aprender a tocar la guitarra y la libertad para pasar las noches en Beale Street, la zona caliente de la escena musical de la ciudad. Todos destacan su capacidad de absorción y su eclecticismo innato.

    Ese primer segmento desemboca en su debut en un concurso estudiantil, cuando comprobó en el escenario que cantar, actuar y componer canciones era su obsesión, y en cómo dejó rápidamente su trabajo en una compañía eléctrica por la música. “Frontman es un término que surgió de los predicadores que cantaban en las ceremonias. Seas James Brown, Elvis o quien sea, tu posición es básicamente protorreligiosa. Esas son tus raíces”, reflexiona Springsteen, para explicar el origen de esa actitud de pastor poseído que Elvis puso en práctica rápidamente y que enloqueció a sus audiencias, al punto que cuando aparecía como telonero de artistas más encumbrados, la gente iba solo para verlo a él y dejaba el teatro vacío en el número central. Entonces, entra en escena Sam Phillips, dueño de la disquera local Sun Records, que buscaba un cantante blanco que pudiera llevar música negra a la masividad y que de la mano de Elvis y su primer gran éxito, That’s All Right, entró en la historia grande de la música popular. El hombre que también catapultó a astros como Johnny Cash y Jerry Lee Lewis, más que su primer representante, fue un compañero de banda, que en el estudio, con un equipamiento estándar, cultivaba un sonido lo más natural posible, que emulara el vivo.

    Desde ese momento, a partir de ese éxito salvaje el documental avanza a ritmo de vértigo: la locura del público en los recitales, en gran medida por el baile frenético y de alta connotación sexual que impuso el muchachito que aún sin haber cumplido 20 años empezaba a comerse el mundo. Los primeros que detectaron el peligro fueron los cultores del country de Nashville (capital de Tennessee y epicentro de la música rural estadounidense), un ambiente más conservador y acartonado. Era verlo y quedaba claro que aquello era el nacimiento de algo nuevo, “tan grande que no se podía ocultar bajo la alfombra”, según Phillips. Mientras su popularidad aumentaba exponencialmente de la mano de éxitos como Blue Moon, Jailhouse Rock, Hound Dog y Heartbreak Hotel, sus ventas lo llevaban a las ligas mayores. Y Elvis seguía buscando y actuando como un animal salvaje. Hasta que en 1956 aparece otro personaje protagónico: el coronel Tom Parker, el promotor que lo llevaría al estrellato a escala nacional y mundial, un tipo duro, de fuerte personalidad, que encarna el gran villano de esta historia.

    He aquí el punto más cuestionable de este documental: estamos ante una biografía autorizada, la construcción del mito a cargo de familiares, amigos y devotos, que evitan entrar en temas demasiado escabrosos. Ergo, carece de los necesarios claroscuros que precisa todo buen retrato. Por algo se llama The searcher: está centrado en los aspectos musicales y artísticos y no se mete demasiado en su vida privada, sus amores, su soledad, su mediocre faceta cinematográfica, su decadencia depresiva en su mansión Graceland y sus adicciones que lo llevaron a la tumba a los 42 años.

    De todos modos, estas carencias no anulan la recomendación. Es uno de los músicos fundamentales del siglo XX y una historia fascinante para conocer.

    Vida Cultural
    2021-06-16T21:21:00

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