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    martes 04 de junio de 2024

    Fernando Cabrera rememoró sus 50 años como cantautor en el ciclo After Culturales

    Para el artista, “la humanidad ha entrado en una fase de alto volumen generalizado”

    “En mi casa había pocos discos, ocho o 10 nomás, pero variados”, contó Fernando Cabrera, en el comienzo del cuarto encuentro After Culturales, el martes 30 en Magnolio Sala. El cantautor que nació y creció en Paso Molino y que en diciembre pasado cumplió 67 años de edad, cumple medio siglo como cancionista y durante una hora recorrió algunos pasajes de su extensa y valiosa trayectoria, desde que compuso Vidalita fea, a sus 17 años, hasta su último disco.

    La charla comenzó por sus primeros recuerdos musicales: los discos de tango y folclore que se escuchaban en el “combinado” que había armado su padre, la invasión desde Buenos Aires del “pop industrial muy armado” que fue el Club del Clan y el “tsunami universal llamado los Beatles”, un fenómeno que, como a millones de niños, adolescentes y jóvenes de su época, transformó radicalmente sus gustos y su panorama de escucha. A sus seis años apareció una guitarra en su casa y sus padres lo obligaron a tomar clases con una profesora del barrio, algo que comenzó con gran dificultad pero que con el paso de los años “me puso en un camino maravilloso, el camino de la canción”. Así conoció a Los Olimareños, Zitarrosa, Sampayo y un gran repertorio de la música criolla que lo marcó para siempre. “Con la variante que puede dar mi personalidad musical, yo creo que soy un músico criollo que mezcla nuestras raíces con influencias de todo el mundo”.

    Entre la guitarra y el coro de la escuela, entre actuaciones en cumpleaños familiares, clubes de barrio y actores escolares, se acostumbró de un modo muy natural al escenario. “Jamás supe lo que es eso que llaman pánico escénico. Para mí, subir a un escenario era como jugar a la pelota”.

    Cerca de los 15 años comenzó a leer poesía y literatura, y todo cambió. “En mi adolescencia, entre los 12 y los 15 estaba integrado a una dinámica de vándalos (ríe) que era la barra de mi liceo. A los 15 uno de mis mejores amigos me regaló un ejemplar del Martín Fierro. Le di un vistazo solo porque me lo había regalado él y me enganchó con mucha fuerza. Por primera vez en mi vida leía por placer y no por obligación para un examen”. Comenzó a leer libros similares, siguió por Tacuruses, de Serafín J. García, y se largó sin red al mundo de los libros. Cabrera contó que su iniciación literaria coincide temporalmente con el fin de su vínculo con la religión a través de la formación cristiana que recibió en el liceo Maturana. “Desde entonces me convertí casi en un férreo antirreligioso”, aseguró.

    Vidalita fea / Que nadie te canta / Huérfana de peñas / Ninguna garganta son los primeros versos de la que Cabrera considera su primera canción consolidada. “Es la primera que reivindico. Hice algunas otras antes pero poco recordables (risas). Eran canciones de amor que seguían los cánones del pop industrial. Hasta que un día consideré que podía ver por dentro una canción, que sabía de qué se trataba. Y empecé a escribir las mías. De a poco me fui armando, fui incorporando herramientas armónicas, melódicas, ritmos, acordes, ya escuchaba cosas como Piazzolla y música brasileña, y empecé a hacer canciones como Vidalita fea y Paso Molino, temas que sigo haciendo hasta hoy. Desde mis comienzos me interesó bucear en géneros nuestros, sobre todo del área criolla, no tanto del área urbana, como el candombe y la murga, sino más bien del área más rural y de algún modo intentar transformarlos con una impronta de modernidad. Esa fue mi primera intención compositiva y lo sigue siendo hoy”.

    Ante la pregunta por el componente barrial de algunas de sus letras (Paso Molino, Belvedere, el Rosedal, la calle Llupes), Cabrera sintió la necesidad de hacer una aclaración: “Nunca consideré que eso de cantarles a los barrios sea lo central en mi trabajo. Debe haber 10 canciones mías que mencionan zonas de Montevideo, alguna plaza, alguna calle, un barrio, pero yo tengo 300 canciones hechas. Es un porcentaje mínimo, y no deja de ser un hecho escenográfico, el marco donde coloco la historia que verdaderamente estoy contando. Seguramente es una influencia de las canciones folclóricas argentinas que mencionan tal valle, tal río o tal pueblo, o las de los Beatles, como Penny Lane, que hablan de los barrios donde vivían. Mucha gente las toma como un homenaje a la ciudad pero esa no es mi intención; no me siento un músico que haga postales de Montevideo. Igual es una batalla perdida (risas)”.

    De todos modos, Cabrera destacó el gran interés que tuvo siempre en conocer y recorrer la ciudad, desde mucho antes incluso de trabajar como taxista, tarea que desempeñó en los años 80 y 90. “Como el gaucho tiene incorporado el caballo, desde la niñez tuve incorporada la bicicleta. Siempre me gustó ir hasta los bordes de la ciudad solo para conocer rincones y recovecos. Estaba en Pajas Blancas y dos horas después en el puente de Carrasco”. Un buen ejemplo de ese marco geográfico en sus canciones es El viento en la cara, uno de sus primeros éxitos, que está dedicada al ciclismo y menciona “los boliches de Garzón”. “Está dedicada a los ciclistas y a los deportistas amateurs en general, a los boxeadores, los atletas, que están lejos del profesionalismo pero le ponen gran pasión y entrega”, comentó, y aclaró que nunca tuvo el impulso de hacer una canción sobre el fútbol. “Hay muchísimas”.

    Todos los artistas exponen su creación a la interpretación del público, cuyas devoluciones pueden ser impensadas para el autor y pueden resignificar la obra. Los cancionistas se exponen también a la interpretación de sus colegas, algo que a Cabrera le sucede muy seguido. Esto no es un problema para él. Más bien todo lo contrario: “No hay nada más lindo y emocionante para un compositor que otros colegas utilicen tus obras en sus repertorios. Es el premio mayor y en estos últimos 15 o 20 años me sucede mucho. Algunos son célebres pero la gran mayoría son músicos desconocidos y jóvenes. En Argentina son una infinidad, entre solistas hombres, mujeres y bandas. Perdí la cuenta. Una vez me puse a contar cuántas versiones había en YouTube de Dulzura distante. Y encontré 43. Debe ser la más versionada después de El tiempo está después, que tiene como 100.

    La geografía volvió a la charla cuando, a propósito de su atracción por incluir en sus canciones nombres de pueblos, parajes, cerros y ríos de todo el país (Despacio por las piedras es su mejor ejemplo), Cabrera declaró su visión contraria a la dicotomía capital-interior: “Soy una especie de militante en contra de la separación entre cultura capitalina y del interior. Creo que el Uruguay es uno solo, con diferencias, sí, pero uno solo. Siempre me asombró la cantidad de gente que no tiene la menor idea de lo que hay fuera de Montevideo. Y como tuve la suerte de chico de recorrer todo el país, sentí tempranamente esa unidad y sentí la necesidad de incorporar eso que conozco en mis canciones”.

    Otro de sus intereses presentes en su obra, y que está enlazado con lo geográfico, es la historia. No tanto la historia reciente sino la historia profunda, no solo del Uruguay sino de la llamada historia universal. “A eso de mis 16 años me aficioné mucho por la historia. Y muchos años después comencé a llevar eso a mis canciones, de un modo ficcional e incluso absurdo. Pero no para cantar relatos históricos con rigor científico sino como un punto de partida para canalizar delirios míos”. A ejemplos como Décimas de prueba, Viva la patria y La huella de Montevideo, Cabrera suma Continuará, la que dice: Mi bisabuelo era del sur / Del Brasil, tenía esclavos pa tirar pa’rriba / Bisabuela, guaraní / En la piel tenía marcas como crucifijos. Y adelantó que en unos meses publicará una nueva canción que “va desde que pasó Solís por acá hace 500 años hasta el día de hoy”.

    Sin embargo, el cantautor prefiere, como principio, evitar la política contemporánea. “Creo que no se puede hacer política desde una posición artística. Uno puede dedicarse a la política, apoyar a un político, hablar de política en una entrevista; pero incorporar la política de una manera propagandística o manifestar ciertas ideas en una canción creo que no corresponde; no creo oportuno que una canción se manifieste desnudamente en algo político. Puede provocar rechazo en el escucha. Lo que sí he hecho muy seguido es poner en una canción situaciones que se dan en la sociedad, descripciones; y el escucha verá qué le parece”. Menores y Tangente son dos ejemplos de esta práctica.

    El disco Mateo & Cabrera, grabado en vivo con Eduardo Mateo en 1987, es uno de los grandes momentos de la obra de Cabrera. Así lo recuerda: “Es un inmenso privilegio, un premio inesperado que la vida me dio, y tal vez no suficientemente valorado en el momento porque fue todo muy natural. Yo lo había visto muchas veces en sus conciertos, en mi juventud, pero fue natural conocernos en el estudio Sondor en 1983, mientras él grababa su disco Cuerpo y alma y yo grababa con Baldío; fue natural que nos propusiéramos hacer un espectáculo; fue natural que luego durante casi un año y medio trabajáramos juntos; fue natural que él participara tocando en discos míos y fue natural publicar ese disco juntos”. Cabrera recordó que Mateo le propuso tocar juntos por primera vez. “Cuando lo conocí, me quedaba a verlo grabar en Sondor, quería ver cómo trabajaba esa leyenda, cómo organizaba sus arreglos, cómo interactuaba con los músicos. Él también se quedaba a ver qué hacíamos con Baldío, y así nos hicimos amigos”. También recordó que había gente que evitaba trabajar con Mateo. “Él buscaba hacer cosas con mucha gente, también para hacer un peso, para sobrevivir. Y también, hay que decirlo, lo esquivaba. No era fácil trabajar con él. Su conducta a veces era complicada. En lo musical fue un incomprendido y en cierto modo lo sigue siendo. Su música no es sencilla y él era muy radical, no medía nada. Una de las grandes herencias que Mateo nos dejó, además de su música, es su ética musical. Iba a fondo con su idea, tenía que hacer la música que sonaba en su cabeza, y grabarla y tocarla en vivo sin medir nunca jamás el gusto imperante en esa época, las modas, si era comercial o no. Era un radical de la música vanguardista”.

    Así como Mateo, Cabrera descree de la música creada a la medida de las supuestas preferencias de determinado público: “Si cuando estoy componiendo pensara en el público ideal para esa creación, seguramente me equivocaría. Aunque no parezca, hay que tener un gran talento para embocarle al gusto popular de tu época. Son pocos los que lo logran y cuando lo logran tienen carreras exitosísimas. Es muy difícil hacer una música valiosa y que al mismo tiempo le guste a todo el mundo. Ya sea Luis Miguel, los Beatles o Caetano Veloso”.

    Otro compañero de ruta con el que Cabrera compartió escenarios fue Eduardo Darnauchans, con quien presentó el concierto Ámbitos, también registrado en un álbum en vivo. “Trabajar con el Darno fue una maravilla. Y conocerlo y disfrutar de su amistad. Otro ejemplo de una persona ciegamente metida en su proyecto artístico sin medir si le iba a ir bien o mal. Un gran maestro de todos nosotros, de música y de conducta artística. Una persona deliciosa, con quien conversar era un viaje placentero y nutritivo, con una actitud muy didáctica. Le encantaba transmitir su conocimiento literario. Y yo me acostumbré a consultarlo cuando tenía una duda gramatical o etimológica. Te contaba la historia de una palabra, cómo se había ido transformando a lo largo de la historia. Un inmenso lector que vivió rodeado de libros. De hecho fue un excelente corrector de estilo en medios de prensa. Una enciclopedia, un renacentista”.

    Cabrera también destacó la bohemia como un rasgo común en Mateo y Darnauchans. “Tuvieron una vida personal un poco más desprolija que los perjudicó a ambos en su salud”. Y respondió sobre su propia relación con la bohemia en su vida, esa a la que refiere cuando canta Estuve un tiempo en la lona / Del desatino fui amante: “Tuve una época bastante extensa, de unos 25 o 30 años, de experimentación primero, con estimulantes, y claro, podés tener la mala suerte de que eso pueda convertirse en un hábito o una adicción. Estuve bastante colgado de varias cosas durante largo tiempo y hace ya 15 o 20 años logré frenar, algo en mi cabeza me hizo comprender que ya había probado, ya sabía lo que era, empezaba a percibir lo negativo de esos hábitos, el físico te empieza a avisar. Por suerte pude tener el estado de ánimo y la fortaleza para dejar a un lado todo y considerarlo una experiencia vivida, pero que ya no daba para más”. Y cerró este recuerdo con una reflexión de tono budista, una temática que mencionó entre sus intereses en su juventud: “Siempre tuve un particular cuidado por la salud física y mental. Creo que tenemos un cuerpo que nos dan en alquiler y lo tenés que devolver al final; no lo podés devolver todo roto, como cuando alquilás un auto”.

    Ante la consulta por una sonoridad cercana a Mateo en la canción Yo quería ser como vos, Cabrera puso especial cuidado en las palabras para describir cómo opera en su música la inspiración, la influencia de artistas, como por ejemplo, Mateo o los Beatles. “Yo tengo muchas influencias, músicas que te marcan, que escuchás con fanatismo, no la escucha del placer o del entretenimiento sino la escucha analítica del estudiante de música, de la decodificación, la escucha con decenas de repeticiones del mismo pasaje, de comprender qué quiso hacer el compositor con tal melodía o el arreglador con tal orquestación. Pero yo no tomo un gesto musical y lo replico. No sucede, no vas a encontrar una canción mía que parezca de Rada o de Lennon o de Piazzolla. No creo que sea posible. Más bien me siento una licuadora donde pongo muchas frutas, muchos ingredientes y los licúo. Y en esa mezcla también están mis ideas, melódicas, rítmicas, armónicas, las que sean, las que no le copié a nadie, las que por alguna misteriosa razón nacieron conmigo. Entonces yo no veo a Darnauchans o a Mateo en mis canciones”.

    El sonido del silencio

    Cerca del final de la charla, cuando se invitó a participar al público, un asistente le preguntó por la importancia del silencio en su vida cotidiana y disparó una inquietante reflexión sobre la omnipresencia de la música, que Cabrera entiende como “un mal de esta época”. “En mi vida diaria el silencio es una necesidad como el oxígeno, como respirar, difícil de obtener, sobre todo en sociedad. Vivimos en una época en la que, no sé por qué, se ha disparado el volumen de todo. Todo se escucha muy fuerte. Y para mí ir a un cumpleaños, a una fiesta, se transforma en una tortura (risas), lo cual incluso me ha ocasionado inconvenientes familiares, por no querer jamás asistir a ese tipo de fiestas donde un DJ con parlantes inmensos con una potencia infernal pasa música durante toda la noche a un volumen que hace imposible cualquier charla. Tenés que hablar a los gritos, no escuchás nada, te duele la garganta y la cabeza, una cosa intolerable. La humanidad ha entrado en una fase de alto volumen generalizado, impera la necesidad de rellenar todo, de estar en actividad permanente. Nadie acepta o tolera el tiempo vacío. Tenés un minuto libre y hay que acribillarlo, llenarlo de estímulos. Hay que llenar de cosas ese vacío interior, si no la gente se pone como loca; y todo se hace con un alto nivel de euforia, se celebra todo exageradamente. Sufro mucho esto. Y la música se ha convertido en algo omnipresente. En la farmacia, en el supermercado, en el ascensor en el shopping siempre hay música. Si pasás caminando por una plaza, si tomás un taxi, en los balcones. ¡En la playa hay un tipo con un parlante enorme al mango! Es una exageración. Es como que no se tolera el silencio. Y también sucede adentro de la música. Todos los instrumentos tocan todo el tiempo. Nunca para ninguno, no encontrás un silencio nunca. Sin embargo, en la música sinfónica te das cuenta de la importancia del silencio. No todos tocan todo el tiempo. La variación de los timbres hace más entretenida la música. Por eso intento desde hace un buen tiempo dar mucho más espacio al silencio, no estar siempre proponiendo acordes y arpegios. Toco una nota en la guitarra y me callo. Creo que los mejores ejemplos son Te abracé en la noche, donde apenas toco unas pocas notas en la guitarra, y Viveza, donde solo uso la pequeña percusión de una caja de fósforos. Entonces, para mí el silencio es tan necesario como el agua y el aire”.

    Vida Cultural
    2024-05-02T00:31:00