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    Flaco, pálido, atómico

    7º Festival de Jazz de Montevideo con Pat Martino en el Teatro Solís

    Un famoso guitarrista, que tiempo después sería de los más populares del mundo, luego de su jornada laboral decidió ver qué ocurría en el boliche Small’s Paradise de Harlem, a principios de los 60. Tocaba la banda de rhythm & blues de Willis Jackson, un negro elegante y narcisista, muy buen músico, amado por el público, la clase de showman al que le gusta diferenciarse del resto de los músicos ya sea por el corte y la confección de su traje o por el modo en que irrumpe en el escenario, bien rimbombante. El local estaba repleto, con la gente de pie y poseída por el ritmo, y el guitarrista comprendió de inmediato que aquello sonaba en serio, y en particular descollaba el que tocaba la guitarra. Apenas veía de los músicos la parte superior de sus cabezas entre el gentío. Picado por la curiosidad, el guitarrista se acercó como pudo al escenario y echó una ojeada al músico que lo deslumbraba. Lo que vio fue un adolescente de 17 años, blanco, muy flaco, casi desnutrido, que hacía de goma el instrumento a un nivel atómico. Era Pat Martino. Y el guitarrista curioso era George Benson.

    Sin embargo, esos no fueron años buenos para Martino. Ni esos ni los que estaban por venir, y no precisamente por la música. Su salud era precaria y los tiempos tumultuosos.

    En el Harlem de aquel entonces, Martino tocaba siete días a la semana, cada noche con siete entradas de 40 minutos cada una. Empezaba a la tarde y terminaba a la madrugada. Como fogueo para un músico, el mejor; como laburo, demoledor. Vivía en la pieza de un hotelucho y se tomaba el metro para ir al boliche. El resto del físico le quedaba para recorrer el instrumento de punta a punta. Además, desde los ocho años fumaba sin parar. Para no escandalizar a sus padres, les pintaba un panorama bastante más optimista que el que lo rodeaba.

    Martino tocó con organistas como Jimmy Smith y Don Patterson y con el saxofonista alto John Handy, entre otros músicos. Gracias a su habilidad y talento, a fines de los 60 consiguió un contrato con el sello Prestige y grabó cuatro discos: El hombre, Strings!, East! y Baiyina. El tipo era un soberbio improvisador, pero los problemas médicos arreciaban. A principios de los 70 le diagnostican esquizofrenia y depresión. Se suceden los tratamientos, los medicamentos, las internaciones en psiquiátricos y los electroshocks. La guitarra lo salva de semejante infierno, pero no es suficiente.

    Una de sus primeras rabietas ocurrió a los once años, cuando su padre —que era músico amateur y cantante— le compró una Fender Telecaster a un sobrino, mientras que a Pat le regalaron una guitarra de juguete de diez dólares. Con ese llanto de protesta Martino estampó no solo su amor por el instrumento sino un real juramento por la música, contra viento y marea.

    A mediados de los 70 sufre desvanecimientos y para colmo ocurren en el escenario. En los 80 se intensifican los desvanecimientos y los dolores de cabeza. Es operado de un aneurisma, pasa varios días en coma y casi muere. Se recupera lentamente.

    En los 90 mueren sus padres y él vuelve a la casa de Filadelfia de su infancia, donde se agitan los recuerdos. Otra vez y muy lentamente intenta volver al ruedo con la grabación de un disco y alguna que otra aparición pública. En el mundo del jazz es un grande, pero todos saben que es inconstante y tiene problemas de salud.

    Por si fuera poco, una neumonía lo lleva de nuevo al hospital. Pero Martino esta vez tiene un salvavidas: su mujer Ayako, a quien conoció en Tokio. Ensaya una vida más sana, come vegetales y toma aire puro. Las cosas se vuelven a encaminar y sale de gira con el organista Joey DeFrancesco y el baterista Billy Hart. Participa en cuatro temas del disco The First Milestone, de Eric Alexander, se pone realmente en forma y en 2003 graba para Blue Note lo que tal vez sea su mejor disco: Think Tank. Es un quinteto de lujo: Joe Lovano en saxo tenor, Gonzalo Rubalcaba en piano, Christian McBride en contrabajo y Lewis Nash en batería. Todo es ajustado, perfecto. El inconfundible tono de Martino y su impecable limpieza en los solos se ensambla con naturalidad al resto de los músicos, además de aportar cuatro notables composiciones.

    Las revistas especializadas hablan del gran retorno del hombre, aquel desgarbado adolescente que tanto había llamado la atención de George Benson y que casi se queda por el camino. Es como si todos los impedimentos no hubiesen hecho otra cosa que tornar a su guitarra más fuerte y a su sonido más maduro y auténtico.

    Pat Martino, cuyo verdadero apellido es Azzara, tiene 70 años y estará en el Teatro Solís el próximo jueves 20 de noviembre a las 20 horas, en el marco del 7º Festival de Jazz de Montevideo. Le acompañarán el organista Pat Bianchi y la baterista Carmen Intorre. Un trío, su formato preferido.

    Hay otra imagen que lo pinta de cuerpo entero y que se encuentra en su autobiografía Here and Now!, escrita conjuntamente con Bill Milkowski. Volvemos al Harlem de principios de los 60. Ahora estamos en una esquina. Martino ha terminado una de sus agotadoras jornadas. Son las cuatro de la mañana. El muchacho desgarbado está junto a su estuche, casi del mismo tamaño que él. De a poco se van juntando otros guitarristas que también han terminado la jornada y desean intercambiar ideas, charlar y distenderse antes de ir a desayunar. Miren los nombres que llegan: Grant Green, Les Paul, West Montgomery y George Benson, glorias de la guitarra del jazz. Son las siete de la mañana y siguen conversando sin moverse de la esquina: las escalas, el arte del solo, el riff, tal vez las mujeres que se sientan en la primera fila y muestran sus piernas. Es la auténtica pasión por la música, la inconfundible energía capaz de sobreponerse a todas las adversidades y que ha llevado a este hombre de 70 años, igual de flaco que cuando era adolescente pero ahora con el pelo blanco, a convertirse en uno de los mejores guitarristas de jazz.

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