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    Fortunato quiere guerra

    Intentar aclarar la historia de Calibán es obra titánica. A través de todos los literatos, filósofos, etnólogos y poetas que han tratado al personaje en sus diferentes versiones llegamos a Colón y sus descripciones de los terribles indios caribes, que habitaban las islas en el mar que hoy lleva su nombre (calibán provendría de caníbal y caníbal de caribe). Recordemos que Colón estaba completamente convencido que esos temidos guerreros eran soldados del Gran Khan chino: por eso lo de can-íbal.

    Ese grupo de salvajes antropófagos (los caribes comían carne humana y de allí el uso difundido del concepto canibalismo) ha servido como fuente de inspiración durante los últimos cinco siglos. Especialmente famoso es el Calibán de Shakespeare, pero el escritor inglés se inspiró en el francés Montaigne, quien a su vez…

    En 1878, el filósofo francés Ernest Renán publicó su ensayo Calibán. Pensando en la Comuna de París ocho años antes, el Calibán de Renán era el pueblo en su peor versión, conquistando por la fuerza el poder pero no pudiendo gobernar debido a su corrupción e ineptitud. Algunos años más tarde, un extrañísimo personaje, Josephin Peladan (1858-1918), escritor místico y ocultista francés, profetizó el inevitable triunfo de los ideales materialistas sobre el idealismo. Peladan fue (por lo menos hasta nuevo aviso) quien primero definió a los estadounidenses como “esos feroces calibanes”.

    En Peladan se puede haber basado su compatriota Groussac, cuando recorriendo Estados Unidos (fines de 1893) escribió: “El espectáculo prolongado de la fuerza inconsciente y brutal alcanza a cierta hermosura canibalesca”. Poco después (lo vimos en la columna anterior), Rubén Darío se refirió al escritor norteamericano Edgar Allan Poe como “un Ariel entre Calibanes”. De esa manera, a través de los siglos y la dialéctica, los feroces y primitivos indios caribes de Cristóbal Colón terminaron mimetizándose en los ciudadanos estadounidenses.

    Llegamos así a 1898, año clave en la historia de España y América. La guerra entre Estados Unidos y España en Cuba, en donde los independentistas de José Martí llevaban años luchando contra el poder colonial español, duró poco. España desapareció como potencia mundial y Estados Unidos la sucedió, tanto en América como en el Pacífico. A partir de ese momento, las colonias hispanas (Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam) quedaron bajo el control estadounidense.

    En España, 1898 quedó identificado como “El Desastre”. La pérdida de las colonias y del prestigio imperial resultó en un trauma nacional. También en América hispana el hecho fue traumático, pues desnudó el fuerte poder militar del Norte frente a un Sur débil y dividido. Saltó así la alarma y nació el latinoamericanismo.

    1898 marca, pues, tres cosas fundamentales: la desaparición de España de la escena mundial, el blanqueo de Estados Unidos como potencia planetaria y el nacimiento del latinoamericanismo. Este movimiento constaba (consta) de dos grandes ejes: el sueño de la unidad latinoamericana y el odio común a los Estados Unidos. De los dos, el último es el más notorio.

    El nacimiento del latinoamericanismo implicó, también, la paradójica adhesión a España por parte de pueblos que acababan de independizarse de ella. Fue un proceso de reconversión ideológica y emocional rico en saltos mortales orales pero pobre en explicaciones convincentes. Justamente Groussac y Darío, dos ácidos críticos de la atrasada cultura española, se redescubrieron adalides de la causa hispana, diciendo que sí a todo lo que la semana anterior habían dicho que no.

    La que se presentó fue una guerra preponderantemente cultural, una lucha de valores entre la latinidad y el yanquismo, un enfrentamiento entre los herederos de la cultura milenaria con sede en el Mediterráneo y “los advenedizos de la historia”, como los definió Groussac. En la defensa de la Madre Patria, al materialismo anglosajón y a su proverbial “chatura intelectual” se antepuso el antiguo espiritualismo latino, que España había transmitido a sus vástagos americanos.

    Los hijos americanos de España querían tomar las armas contra “el yanqui agresor”. Por todos lados surgieron comités de apoyo a España, pues en Cuba, se decía, “se peleaba por el futuro de la raza”. En Uruguay, la Legación de España, el Centro Gallego y otras instancias similares recaudaron fondos y artículos de primera necesidad. Más original, Francisco San Román, propietario del café más famoso del país (el Tupí Nambá), prohibió a su personal servirle café a los yanquis…

    En abril de ese mismo 1898 se eligió en acto público al comandante supremo de la naciente Legión Hispano-Uruguaya. La elección recayó en la colorida y poco recomendable figura del general Fortunato Flores. La efímera estadía de Fortunato en Estados Unidos (en 1875 había sido uno de los desterrados en la Barca Puig) fue suficiente para convencerlo de que siendo Estados Unidos “un país de negociantes” no podría montar un ejército lo suficientemente grande y aguerrido para enfrentar a los ejércitos latinoamericanos, cuyas dimensiones él calculaba en por lo menos 150.000 hombres.

    Más de 3.000 voluntarios se habían anotado en el Consulado español de Montevideo y Fortunato confiaba en ponerse al frente de unos 5.000 uruguayos antes de marchar al Caribe. En vano intentó el presidente Cuestas hacerlo desistir de una empresa que complicaría las relaciones de Uruguay con el gigante del Norte: Flores pidió la baja del Ejército y continuó sus preparativos.

    Pero la suerte de la guerra ya estaba decidida y las autoridades españolas, agradeciendo el ofrecimiento de ayuda militar, lo rehusaron. Fortunato no fue a la guerra, pero el clima belicoso contra Estados Unidos siguió empeorando con el correr de los meses y de los discursos prohispanos, hispanoamericanistas y latinistas, que pronto pasó a ser todo una misma cosa.

    Ya se engendraba el Yankis go home.

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