El gobierno de Maduro “es probadamente autoritario”, viola los derechos humanos, tiene presos políticos y un Ejército que se apoya en grupos paramilitares para cometer abusos, enumera el historiador durante una entrevista con Búsqueda. Por eso no entiende que sectores del oficialismo digan que en ese país hay una democracia. No ve espacio para la duda ni las vacilaciones. “Frente a ese cúmulo de factores realmente creo que quienes callan, consienten”, sostiene Caetano.
—Sí. No porque yo crea, porque en términos teóricos es discutible, que haya un totalitarismo en Venezuela. Pero a mí me escandaliza la confusión democrática que hoy vivimos no solo en el Uruguay, sino en América Latina y el mundo. Esto tiene mucho que ver con lo generacional, pero también con ciertas convicciones fundamentales. Era joven cuando salíamos de la dictadura, viví un trecho muy duro de la vida bajo una dictadura con terrorismo de Estado y eso marca generacionalmente para bien y para mal. Por suerte mis hijos no tienen eso en la mochila, pero yo lo tengo. Entonces, para mí hay ciertos valores que son la plataforma sobre la que se instalan nuestras diferencias como sociedad. Esos valores son la democracia, la no violencia y la libertad, tanto individual como colectiva. Cuando esos valores aparecen desbordados —y no me importa si eso ocurre en un régimen de derecha o de izquierda— siento una gran alarma. Y eso es lo que durante mucho tiempo marcó un “nunca más” contra fenómenos como el nazismo, el fascismo, el estalinismo, los genocidios. Pero lo que uno aprende con la historia universal es que ese reflejo visceral que uno ha adquirido, por múltiples circunstancias, con el tiempo tiende a aflojarse. Que frente a un régimen probadamente autoritario como es el régimen venezolano, tanto en la etapa final del chavismo como durante todo el tiempo del madurismo, haya confusión respecto a esto en un país como Uruguay, en fuerzas políticas que de alguna manera afirmaron su tradición en la lucha contra las dictaduras, me resulta extremadamente preocupante.
La política está cambiando a nivel mundial, y como la democracia nunca termina de construirse, no sabemos cómo va a ser la democracia del siglo XXI. Pero sí sabemos lo que no puede ser la democracia porque tenemos una historia de 2.500 años que nos da nortes fundamentales. No hay democracia cuando se violentan las libertades individuales; democracia no quiere decir solo democracia de origen, sino democracia en ejercicio; no es democracia un régimen en donde los gobernantes son electos por el pueblo, la soberanía popular no es el único requisito. Y la libertad individual y colectiva debe estar asegurada. Dictaduras, incluso totalitarias, han tenido apoyos masivos y muchos dictadores han logrado la ratificación popular, lo cual nos vuelve a plantear esto que decía Sartori de la confusión democrática: en momentos donde la democracia parece haberse quedado sin enemigos ideológicos —porque nadie reivindica su carácter antidemocrático—, tenemos un problema que empieza a ser más grave.
—¿Por qué?
—Porque tenemos la confusión democrática: hacer pasar por democrático regímenes que no son democráticos, claramente. En Venezuela hablamos de un régimen cuyo soporte es el Ejército, que está apelando a fuerzas paramilitares para defender la “revolución”, que ahora proyecta como fuga hacia adelante una constitución probadamente antidemocrática. Entonces, dudar, vacilar, buscar explicaciones inexplicables me provoca mucha desazón. No porque el tema sea sencillo. Porque, por ejemplo, el Departamento de Estado norteamericano no califica a Venezuela como una dictadura, pero claramente es un régimen autoritario. Pero además, quien ha ido a Venezuela —y yo he ido y he estudiado Venezuela— sabe lo que está viviendo el pueblo venezolano. Por supuesto que el imperialismo, aunque la palabra suene a los 60, sigue teniendo vigencia hoy, pero el desastre de la Venezuela actual no lo creó el imperialismo norteamericano. El chavismo logró redistribuir la renta petrolera, perfilándola hacia los sectores populares pero también creando, incluso con una articulación del Ejército con la boliburguesía, espacios de poder. Son espacios con intereses económicos muy fuertes, muy pesados. Y esto no es novedad, fue la historia de muchos de los países del denominado socialismo real, en donde la hipertrofia terminó con la iniciativa privada, pero generó otra base de privilegios. Entonces, no generó una sociedad más igualitaria, sino otro soporte de desigualdad. Eso no quiere decir que no haya presiones imperiales, que los de afuera no estén jugando, que haya, por ejemplo, una política muy equivocada de la OEA.
—¿Está en desacuerdo con el secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro?
—Con lo que dice Almagro estoy de acuerdo, pero no con lo que hace. Soy un ciudadano común, pero Almagro es el secretario general de la OEA, que debe ser un facilitador, un diplomático. Entonces, esta obsesión que tiene es un equívoco. Porque hoy lo que está planteado es si Venezuela termina en una guerra civil, sangrienta, terrible, o si termina en una dictadura militar. Y por supuesto que lo que hay que evitar son las dos hipótesis, para lo cual se necesita no injerencia, pero sí facilitación de un diálogo real. Cuando hay presos políticos y hay muertos no hay que preguntar de qué lugar son, hay que reconocer la violación de los derechos humanos. Y hay que recordar lo que nosotros vivimos. Entonces, frente a ese cúmulo de factores realmente creo que quienes callan, consienten.
—Algunos sectores del Frente Amplio no solo “callan” ante lo que usted describe, sino que salen en defensa del régimen de Maduro. En algunos casos, además, se trata de dirigentes que también sufrieron durante la dictadura uruguaya.
—Cuando se habla de las atrocidades del nazismo, siempre se dice que en el arranque los nazis eran pocos, el problema fue la omisión de los demás, que no actuaron cuando debían actuar y que luego, muchas veces, terminaron perdiendo el rumbo y actuando de manera equivocada. No creo que el régimen de Maduro, que es probadamente autoritario, tenga el respaldo de la mayoría del gobierno uruguayo ni de la mayoría del Frente Amplio. Lo que tiene es una actitud donde la mayoría del Frente Amplio está soportando, o callándose, frente a una decisión de una minoría empoderada en sus organismos de conducción. Y ahí también hay situaciones diferentes: la Mesa Política del Frente Amplio sacó una declaración contraria del régimen de Maduro, luego en el Congreso hubo un aplauso de pie no al sindicalismo venezolano, sino un sindicalismo cooptado por el régimen y eso no se puede desconocer. El Partido Comunista ha adoptado una posición, a mi juicio con un enorme error e inconsecuencia con lo que fue su rechazo a la dictadura uruguaya. El casi millón de electores que le dieron tres elecciones al Frente Amplio no tengo la menor duda de que muy mayoritariamente no respaldan esa postura; es más, creo que es fuente de descontento y en muchos casos va a ser fuente de no voto al Frente Amplio en el futuro. Me consta que en la Cancillería hay otra posición y me consta que Vázquez tiene otra posición y me consta que en el gabinete la posición anti-Venezuela es francamente mayoritaria y que a nivel de los líderes, más allá de lo que dicen públicamente, están en contra.
—¿Y por qué no lo dicen?
—Lo que pasa es que después entran en ese circuito cerrado del Congreso, donde hay doble pertenencia, donde el Partido Comunista, que tiene poco respaldo electoral, termina con casi la mitad del Congreso por representación de las bases. Ahí hay un problema dentro del Frente Amplio, que tiene unas estructuras que sobredimensionan el valor de la militancia.
Decir cosas tan irracionales, tan poco creíbles, como que el canciller define la política exterior a espaldas del presidente y en connivencia con la CIA… parece como un programa cómico. Esto tampoco significa negar el hecho de que en la oposición venezolana hay de todo. Hay grupos golpistas de toda la vida, pero ojo, también hay izquierda, hay universidades. El ámbito realmente universitario, las grandes universidades públicas y privadas son muy antichavistas y han sufrido represalias; están muriendo estudiantes. No son una avanzada imperialista, son el pueblo venezolano. Por ahora, en las movilizaciones lo que se ve es que el descontento de las barriadas populares no se está movilizando, cuando lo haga esto entra en una dimensión final. Ahora en las barriadas populares de Caracas y en los distintos estados venezolanos hay una situación humanitaria terrible. Entonces, las evidencias son irrefutables, sobre todo para el que ha ido, pero también para el que se puede informar con veracidad. Creer que esto es un invento mediático y es un invento del imperialismo, entra en un espacio que yo no puedo juzgar sino como irracional, dogmático.
—Dirigentes del oficialismo advierten que cuestionar a Venezuela y emitir declaraciones críticas es hacerle el juego a la derecha regional. ¿Está de acuerdo?
—La sociedad no puede dicotomizarse; ni entre pueblo y oligarquía, ni entre izquierda y derecha. No. Entre la izquierda y la derecha hay un centro, y hay un centro-izquierda y un centro-derecha. Uno tiene que ser crítico siempre, y con los afines, mucho más. Si alguien se siente afín a Venezuela, debería ser mucho más crítico. Por eso mi desazón, mi descontento. Y, en ese sentido, que haya personas cultas que están planteando estos dilemas y que proyectan al ciudadano falsas dicotomías, por supuesto que es algo que no puedo respaldar de ninguna manera.
Maduro está violando la Constitución bolivariana. He analizado la Constitución bolivariana y puedo realizar críticas muy duras desde la teoría democrática normativa, el problema es cuando tu deslegitimación es tan grande que a mitad del partido tenés que cambiar las reglas, porque ni siquiera las reglas que construiste para ganar te permiten seguir ganando.
—Hay quienes advierten que el ciclo de los gobiernos de izquierda regional parece estar llegando a su fin.
—Muchas veces los llamados ciclos, en los que yo creo poco, se confunden con la alternancia, que es la lógica de normalidad en cualquier democracia. Los gobiernos se desgastan. Es más, no hay victorias finales en la democracia, sino proyectos que deben ser sometidos a la soberanía popular. La alternancia es una lógica democrática. Eso es lo bueno de la democracia. A veces me da la impresión de que algunas izquierdas creen que una vez que llegaron al gobierno ya no van a salir más, y así caen en los vicios de los viejos partidos de Estado, de creer que van a gobernar para siempre. La democracia no es así. Estas cosas que son triviales, son obvias… me escucho decir estas obviedades y no lo puedo creer. La gente parece que se las olvida.