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    Fuerza natural

    Gonchi, documental de Luis Ara y Federico Lemos sobre Gonzalo Rodríguez

    La historia de Gonzalo “Gonchi” Rodríguez es trágica. Algunos dicen que no puede ser, si se quiere, más uruguaya. Un joven piloto de automovilismo que llegó a correr en las categorías y en los circuitos internacionales más importantes se abría paso ante un futuro brillante, posiblemente en la Fórmula 1 o en la IndyCar Series, y murió en la pista, a toda velocidad, antes de cumplir los 30, truncando una carrera destinada a la gloria.

    Los hechos. Era un deportista querido y respetado por sus colegas y los aficionados a ese tipo de competiciones. Un piloto dotado de un carisma radiante que quedaba sintetizado en gestos y actitudes que trascendieron el automovilismo y que lo elevaron con naturalidad a la categoría reservada para los ídolos. Aun aquellas personas que no tenían idea de qué clase de motor lleva un monoplaza, incluso las que no sabían qué es un monoplaza, tenían bien claro quién era Gonzalo Rodríguez, y no encontraban reparo en recurrir a la informalidad de llamarlo “Gonchi”. Porque en la década de 1990, años difíciles en cuanto a la generación de ídolos deportivos, el joven automovilista representaba a Uruguay en el mundo como la encarnación de un espíritu libre y veloz. Tenía garra, viveza, y, además, ganaba. De hecho, en tres meses ganó tres carreras sumamente importantes.

    Gonchi, el documental de Luis Ara y Federico Lemos, responsables de 12 minutos y 2 minutos y Jugadores con patente, es un retrato sin mácula, casi una hagiografía, un homenaje a Rodríguez, corredor nato, provisto de un talento y una fuerza naturales, que salía a apoderarse de la pista, a veces cometiendo riesgos que derivaban en sanciones. No hay claroscuros. Lo que se ve aquí es a un Gonchi en lo alto, casi intocable, recordado con afecto y admiración a través de las palabras, a veces cargadas de emoción, de ex compañeros de ruta, amigos, compañeros y familiares, sin nada que reprochar más que el hecho de haberse ido tan rápido. La figura es idealizada desde los créditos de apertura, con la dramatización del corredor en su niñez, una recreación más cercana a lo publicitario (como si se estuviera vendiendo la marca Gonchi ™), y subrayada con la presencia musical que, en distintos tramos de la película, parece insistir en la zona trágica de la historia.

    En el filme figuran circuitos, nombres de equipos, algún dato técnico, y no hay de qué preocuparse: el relato funciona perfectamente, no es necesario tener la más mínima idea de automovilismo, ni siquiera es requisito saber manejar un buggy. Gonchi logra transmitir la pasión de los involucrados. Especialmente, la tremenda y fascinante actitud de Rodríguez en ir hacia adelante: lo que se ve aquí es que había en él una humildad genuina y a la vez un deseo de querer ser mejor. O el mejor.

    Si bien la narración central es llevada mayormente por Nani Rodríguez, hermana del piloto, e Ignacio García, su primo, es valiosa la variedad de voces que aportan a la biografía. Quienes conocen y vibran con el universo de los autódromos y los circuitos callejeros encontrarán escenarios y rostros familiares. Christian Horner, director de la escudería Red Bull de Fórmula 1 y creador de la escudería Arden International, compitió en Fórmula 3000 con Rodríguez, y es uno de los tantos que dan testimonio. También el australiano Mark Webber y el británico Justin Wilson, que arrojan sus impresiones de cómo era dentro y fuera de la pista. Todos hablan de él como deportista, de su coraje, de una forma de correr diferente, y con eso de diferente parecen referirse a cierta picardía, a cierta inconsciencia. Se suman Jok Clark, el inglés con el que Rodríguez vivió en Londres y que lo quiere como a un hijo, el de Mimmo Di Martino, un cariñoso fan siciliano, y el del joven automovilista Santiago Urrutia, otro admirador.

    Gonchi es el retrato de un héroe y en toda historia de un héroe tiene que haber un rival, un contrapeso. Bat­man necesita al Joker. Homero a Flanders. Niki Lauda a James Hunt. Y así. Aquí está el colombiano Juan Pablo Montoya, el archienemigo de Rodríguez en la pista de la Fórmula 3000 antes de pasar a la siguiente pantalla, la prueba de la IndyCar Series, de Estados Unidos. Montoya también declara, y es decisivo en más de una oportunidad. Cuando rememora el exquisito instante en el que el piloto uruguayo aprovecha un hueco en una curva y lo pasa de una forma que Montoya no se olvidará jamás. Fue en Spa-Francochamps, en Bélgica, previo a su gran triunfo en Mónaco.

    Rodríguez tenía 28 años cuando murió el sábado 11 de setiembre de 1999, durante una prueba de clasificación en Laguna Seca. En una entrevista con una radio había dicho que algo no andaba bien con el ve­hículo. Que había un inconveniente con el acelerador. “El auto está inmanejable”, comentó. También le dijo algo similar a su madre la noche anterior. Aunque la causa del siniestro sigue siendo desconocida, tras su muerte hubo cambios, se creó el HANS (Head And Neck Security) Device, un soporte para la cabeza y el cuello, que es lo que en la actualidad les salva la vida a los pilotos.

    Es posible que la película no necesite del maquillaje de las reconstrucciones. Las imágenes iné­ditas, las declaraciones de Rodríguez fluyen (“Me tienta más la CART, en un auto competitivo, que ir a la Fórmula 1 para salir último, estoy seguro”, se lo ve expresar en una nota para la televisión; el tipo la tenía clara), la narración es clara, y hay momentos emotivos que no exigen la recarga melodramática. En el conjunto, hay valor y sustancia en la mirada hambrienta de Gonzalo Rodríguez detrás del casco. O en su sonrisa, esa que todos —todos— recuerdan como un obsequio.

    Gonchi. Uruguay, 2015. Documental. Dirección y guion: Luis Ara y Federico Lemos. Duración: 80 minutos.

    Vida Cultural
    2015-04-23T00:00:00

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