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    Futuro negro

    Octavia E. Butler y las parábolas

    En lo que va del siglo la distopía se afianzó como uno de los géneros narrativos más populares. No es que sea una corriente nueva, aunque haya surgido siglos después que su prima bonachona, la utopía (iniciada por Tomás Moro en 1526 con su libro titulado, casualmente, Utopía). Las distopías, entendidas como relatos acerca de sociedades futuras en las que todo o casi todo salió mal, tienen una Santa Trinidad fundacional de novelas que al día de hoy se siguen reeditando y leyendo. Son, por orden de aparición, Un mundo feliz de Aldoux Huxley (1932), 1984 de George Orwell (1949) y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury (1953). Las tres se pueden conseguir actualmente en librerías de todo el mundo, incluso juntas en un coqueto estuche.

    El género distópico fue creciendo saludable y prolífico, llegando a niveles de popularidad inusitados en las últimas dos décadas tanto en su vertiente adulta (por ejemplo, con El cuento de la criada de Margaret Atwood de 1985 pero llevada a nuevos niveles de popularidad a partir de la serie de televisión de 2017) como con un sorprendente subgénero de novelas juveniles distópicas muy exitosas. Distopías son Los juegos del hambre de Suzanne Collins o The Maze Runner de James Dashner, por nombrar dos de las de mayor suceso, potenciadas por sus adaptaciones al cine.

    Hay distopías para todos los gustos y situaciones en novelas, películas, series, historietas y hasta poemas. Tecnológicas, políticas, sociales, ambientales, culturales. Hasta hay un subgénero completo en el cual los nazis ganaron la Segunda Guerra Mundial. Las distopías pos guerra nuclear, que se amontonaban una encima de otra durante la Guerra Fría, han perdido su encanto. Ocurre que, se sabe, las distopías en realidad no hablan del futuro, sino del presente. Concretamente de lo que está mal hoy y puede llegar a estar mucho peor mañana. Para un autor de distopías es buena idea no ser demasiado concreto en los datos que brinda, para evitar que el aspecto profético parezca tener fecha de vencimiento. El 1984 real no tuvo muchos puntos de contacto con el de la novela, y eso colabora para darle al libro de Orwell cierta pátina de añejamiento, de profecía fallida, que debilita el mensaje potente y todavía activo que porta. Bradbury y Huxley, más precavidos, ambientaron sus historias en 2049 y 2540, respectivamente.

    Pero también están las distopías más inquietantes, las que pueden volverse realidad el año que viene, el mes próximo, la semana siguiente. Y las peores de todas, las que comienzan a cumplirse.

    Y así llegamos a Octavia E. Butler.

    Triplemente rara

    Octavia E. Butler (la E es de Estelle) nació en Pasadena, California, en 1947. A los siete años murió su padre y fue criada por su madre, que trabajaba de empleada doméstica, y su abuela. Fue una niña tímida, muy tímida. En un ensayo autobiográfico incluido en la recopilación Hija de sangre y otros relatos lo resume muy concretamente: “Ser tímida es una mierda”. También creció hasta medir 1 metro 80, un regalo del infierno para una adolescente tímida. Tomó la costumbre de refugiarse en la biblioteca local, donde descubrió las revistas de ciencia ficción, que pasaban por su época de auge. Ya desde muy chica decidió que eso era lo que quería hacer, escribir, y luego agregó que quería escribir ciencia ficción, y ni siquiera los razonables consejos de su madre o las ominosas profecías de su religiosa abuela la sacaron de su ruta. En 1971 logró vender sus primeros relatos, y se convirtió en una triple rareza.

    Escribía ciencia ficción, lo que ya era poco usual. Era mujer, lo que era todavía menos usual. Y era negra, que en el género podían contarse en dosis homeopáticas. De hecho, el único autor negro con renombre en la época era Samuel R. Delany (la R es de Ray), de quien se hizo muy amiga por obvias afinidades. A ambos se los menciona como originadores de la corriente del afrofuturismo, aunque el término se aplica más frecuentemente a la música funk y al jazz que a la literatura. De hecho, la etiqueta hormiguea por la cultura negra y desemboca en productos insólitos como la película Black Panther.

    Hay tan sólidos motivos para decir que la narrativa de Butler pertenece al afrofuturismo como para negarlo. Casi todos sus personajes centrales son mujeres negras, pero en sus principales novelas lo que importa es la comunidad en que se desenvuelven, y que muchas veces fundan. Y esas comunidades son, antes que nada, multiculturales. Los temas que preocupan a Butler son, sí, el racismo y la memoria colectiva de la esclavitud, pero también el feminismo, la supervivencia, las redes comunitarias y la sexualidad digamos que extraña. Particularmente en su serie de novelas Xenogenesis (o La estirpe de Lilith) o en su relato Hija de sangre muestra complejos desarrollos de interacciones entre humanos y extraterrestres que culminan en hibridación o simbiosis y en la creación de nuevas culturas, que es de lo que le interesaba hablar desde el principio.

    Butler fue una autora de largo aliento. Le gustaban las ideas grandes, decía, las que llevan tiempo y páginas para desarrollarse. En Hija de sangre lo resume muy concretamente: “La verdad es que odio escribir relatos”. Lo suyo son las novelas, más aún, las sagas.

    Y así llegamos a sus dos novelas distópicas.

    Las parábolas de Octavia

    La primera de las novelas de la serie, Parable of the Sower, se publicó en 1993. La segunda, Parable of the Talents, en 1998 (La parábola del sembrador y La parábola de los talentos, Capitán Swing, Madrid, 2021). Los dos títulos están tomados de la Biblia. Entre ambas relatan y dan cierre a la historia de su personaje principal, Lauren Oya Olamina, que transcurre durante y después de una catástrofe ambiental y social llamada “la Calamidad”, que tuvo lugar entre 2015 y 2030. Hay muchos detalles explicados y un mundo (literalmente, apenas se saben fragmentos mínimos de lo que pasa fuera de Estados Unidos) ignorado. La Calamidad es principalmente un descalabro estadounidense, aunque parece haber afectado al mundo entero, pero se sabe que Canadá está más o menos bien, Alaska se separó de la Unión y la gente se va a Rusia como puede, porque allá la vida sigue vivible. Poco más se menciona del resto del planeta.

    Lauren es una adolescente que vive en una comunidad amurallada de clase media en las cercanías de Los Ángeles. La sociedad durante la Calamidad arrinconó a la clase media, que vive sitiada y defendiéndose a duras penas de hordas de pobres desesperados que pululan por las ciudades sobreviviendo como pueden. Los ricos y poderosos están bien y aislados, como de costumbre. La anarquía está presente en todo menos en el nombre, el Estado está ausente, las fuerzas públicas son inoperantes y es casi un milagro que funcionen los servicios básicos. No hay prensa y apenas comunicaciones, por eso el aislamiento es casi total. La violencia es absoluta. El gobierno central sigue existiendo, pero su poder concreto es casi nulo. Eso sí, cuando anuncia que las leyes laborales se flexibilizan para reactivar la economía, las grandes empresas (que nunca dejan de existir) aprovechan, anuncian oportunidades laborales con vivienda, seguridad y necesidades básicas satisfechas y crean enormes ciudades corporativas que son, en verdad, campos de esclavos con deudas siempre crecientes. Curiosamente, el racismo casi ni se menciona y los bandos en conflicto son los pobres y los un poco menos pobres, de cualquier raza.

    El padre de Lauren es pastor baptista. Un día va a trabajar fuera del barrio amurallado y nunca vuelve. Desaparecen él, su bicicleta y todo rastro de su existencia. Y en 2025, el año en que Lauren cumple 18, una secta de pirómanos dementes muy popular en la época coordina un ataque al barrio, derriba las puertas y arrasa con todo. Muere la familia entera de Lauren (la que le quedaba) y todos sus vecinos. Ella se salva de casualidad y junto con un par de conocidos emprende un peligroso peregrinaje a pie por la carretera hacia el norte, supuestamente más seguro. Desde un tiempo antes Lauren venía desarrollando su propio credo, al que denominó Semilla Terrestre, basado en la idea de que Dios es cambio. En su azarosa ruta va dándole forma y reuniendo sus primeros adeptos, la semilla de su propia comunidad, incluyendo a quien será su pareja, Taylor Franklin Bankole, un médico cincuentón. El grupo de 13 viajeros se dirige a un terreno que Bankole posee en unas colinas aisladas y supuestamente a salvo, donde fundan su pueblo, Bellota.

    La historia sigue en La parábola de los talentos. Pasaron algunos años, Bellota tiene más de 60 habitantes, han nacido niños y la propia Lauren está embarazada. Escribió un texto que explica su filosofía y logró imprimir varias copias. El mundo exterior se ha aquietado apenas un poco. La esclavitud, supuestamente ilegal, es normal tanto en campos de trabajo como con fines de explotación sexual, y un producto muy popular es el collar para controlar esclavos mediante descargas. La mayor amenaza es la posibilidad de que un fanático religioso de extrema derecha, Andrew Steele Jarret, gane la presidencia e imponga una teocracia medieval. De hecho, por el boca a boca se sabe que hay quema de herejes a manos de grupos oficiosamente afines a Jarret, cuyo lema de campaña es… “Make America Great Again”. Sí, igual al de Trump años después. Da miedo.

    Como la ley de Murphy funciona también en lo macro, Jarret gana las elecciones y al poco tiempo Bellota es atacado por fanáticos religiosos con cruces blancas en el pecho que esclavizan a sus habitantes con collares, matan a unos cuantos, incluyendo a Bankole, y se roban a los niños, incluyendo a la hija de Lauren. Los sobrevivientes viven como esclavos “en reeducación” varios años, hasta que un evento fortuito les devuelve la libertad. Lauren se dirige al norte, encuentra nuevos compañeros y adeptos, retoma su ministerio y continúa la gran obra de su vida: predicar Semilla Terrestre y su idea de aceptación del cambio como una alternativa a la regresión bestial de Jarret. Y, eventualmente, mandar gente a fundar una colonia en otro planeta. Con la lenta reconstrucción del país y el triunfo de los ideales de Lauren termina esta segunda novela.

    Butler tenía la idea de continuar su saga, incluso tomó apuntes para una tercera parte, ya sin Lauren como personaje, Parable of the Trickster. Y tenía los títulos de tres continuaciones más: Parable of the Teacher, Parable of Chaos y Parable of Clay. Pero mientras trabajaba en esa tercera entrega sufrió bloqueo de escritor, terminó dejándola de lado en favor de otras novelas y murió en 2006 sin retomarla. Una pena, porque si llega a ocurrir la catástrofe social que auguró (y no son pocos los que la ven a la vuelta de la esquina) no vendría nada mal saber qué pensaba ella que pasaría luego.

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