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    Gavazzo acepta que aplicó “apremios físicos” y “apretó el gañote” a presos para evitar que un régimen “comunista” se instalara en Uruguay

    En un libro autobiográfico, el militar retirado, procesado en 2006 por múltiples acusaciones de violación a los derechos humanos, dice que las Fuerzas Armadas uruguayas “no inventaron nada nuevo” porque “desde que el hombre desató la calamidad de la guerra el apremio existe y existirá”

    El teniente coronel (r) José Nino Gavazzo, el militar marcado durante décadas como el ícono de los torturadores durante el régimen de facto y que está preso desde 2006 por violaciones a los derechos humanos, resolvió romper el silencio sobre los “apremios físicos” que aceptó haber ejecutado en los años 70 sobre sus prisioneros y los justificó con el argumento de que son inevitables durante tiempos de “guerra”.

    En un libro autobiográfico de 634 páginas que será puesto a la venta en librerías en los próximos días bajo el título “José Nino Gavazzo. Mi testimonio”, el ex oficial de 73 años, que mostraba su rostro y gritaba su nombre a los detenidos cuando los interrogaba, dice que en las situaciones que le tocó vivir “apretó” el “gañote” e hizo lo “necesario” para obtener información.

    En el capítulo 35, titulado “Los apremios físicos”, Gavazzo admite que “perfectamente podía haber dejado de lado el tratamiento de un tema tan escabroso, mal tratado y difundido falazmente por gran cantidad de individuos carentes en absoluto de autoridad intelectual ni moral alguna para hacerlo”.

    “Pero no tratar el asunto de los apremios físicos a algunos prisioneros significaría dar como válidas las mendacidades que sobre el mismo se han dicho, escrito o televisado”, dice Gavazzo en su libro, a cuyo adelanto accedió Búsqueda

    Luego de citar a Mark Twain (“es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente”), el militar anuncia que procederá “en forma diferente” porque “los muchos años de silencio autoimpuesto por las Fuerzas Armadas de nada han servido para consolidar una paz duradera y auténtica y, por el contrario, han contribuido a crear un clima de ‘culpabilidad’ sobre muchos que lo único que han hecho, como yo, fue cumplir con el deber y defender a nuestros conciudadanos demócratas y republicanos de otros que nos querían imponer un régimen dictatorial similar al entonces vigente en los países del bloque comunista, cuyos residuales aún podemos apreciar en países como Cuba”.

    “El factor tiempo”.

    El teniente coronel (r), procesado con prisión desde setiembre de 2006 por varios delitos de “homicidio muy especialmente agravado”, afirma que “en el campo operativo” estuvo “frente a la boca de los fusiles del enemigo mientras sus balas rebotaban a (su) alrededor”.

    “Tuve suerte: ninguna dio en el blanco. A la inversa, también tuve a esos enemigos en la mira de mi carabina y alguna vez herí a alguno”.

    Gavazzo recuerda que “el enemigo de entonces (los tupamaros y otros grupos irregulares) estaba organizado celular y compartimentadamente, teniendo además sistemas de seguridad que determinaban que habiéndose detenido a un integrante de una célula, existía un plazo muy limitado para que dicha detención no fuera percibida por el resto de los integrantes de la misma”.

    “Por eso —advierte— el factor tiempo se tornó un elemento básico para poder obtener información del prisionero que permitiera llegar a los integrantes del resto de la célula antes de que se percataran de lo sucedido y pasaran a otra fase de su sistema de funcionamiento, logrando si eso sucedía que nuestras operaciones cayeran en el vacío. Por tal razón la premisa fundamental de los prisioneros capturados era la de ganar tiempo antes de revelarnos cualquier información, como la nuestra era evitar que ese tiempo transcurriese”.

    El militar dice que “después de la captura el comportamiento de cada prisionero fue muy diverso”.

    “La mayoría, por error de los propios responsables de la organización que habían reclutado integrantes sin hacerlos pasar por los controles de exigencia mínimos que requiere una persona que se va a introducir en un mundo tan diferente al del hombre común, se doblegaban de inmediato, lo que nos permitía seguir su cadena de contactos hasta neutralizar la célula entera y muchas veces aún más”.

    En su libro, Gavazzo clasifica a los prisioneros. “Las mujeres eran mayoritariamente y en todos los aspectos mucho más duras de carácter y de comportamiento más inteligente que los hombres. Los integrantes más viejos de las organizaciones se ajustaban a la misma regla con respecto a los más recientemente integrados. Los obreros, absolutamente minoritarios en las organizaciones terroristas, eran por lejos más concientizados e inteligentes que los estudiantes”.

    Al referirse a “los apremios físicos”, el militar recomienda “no perder de vista que todos los hechos acerca de los cuales estamos hablando se desarrollaron dentro del contexto de una guerra. Como en todas ellas estaban en juego día a día, minuto a minuto, las vidas de seres humanos, las cuales era mi responsabilidad defender”.

    “Una demora en la obtención de una información podía haber significado la pérdida de una o más vidas humanas, la otorgación del tiempo necesario al enemigo para evacuar depósitos de armamento, munición y explosivos, desocupar, vaciar y trasladar talleres de fabricación de artefactos explosivos, o de cualquiera de los otros tantos sistemas que tenían las organizaciones insurgentes. Grupos de acción enteros podían haber logrado evadir su captura, así como los elementos de comando, subcomandos y otros que dirigían la infraestructura revolucionaria”.

    “Todo lo que acabo de decir y mucho más, el prisionero concientizado lo sabía perfectamente. Entonces, apenas producido su apresamiento se entablaba la lucha contra el tiempo, la que la mayoría de las veces se ganaba por el simple intercambio de palabras y otras por la influencia psicológica que se podía ejercer sobre el terrorista capturado, por su falta de formación político-ideológico-militar”.

    “En otras oportunidades se dificultaba el llegar a obtener la información necesaria con la rapidez requerida y mientras tanto, mientras el tiempo corría, no se sabía qué podía suceder con los secuestrados o con la ejecución de los diversos planes de acción violenta que se sabían en marcha o con las decenas o cientos de hombres armados que en esos precisos momentos se dirigían hacia algún lugar a ejecutar alguna acción, fuera un homicidio, un secuestro, un asalto, un atentado o cualquier otro tipo de acto que seguramente pondrían en peligro la vida humana de terceros desconocidos, casi siempre inocentes ciudadanos”.

    “Cualquier medio”.

    “Siempre se me ocurre un ejemplo que estimo de validez universal”, dice Gavazzo. “Suponga el lector que a su hijo lo secuestran por razones políticas o simplemente por un crimen común y se le da un plazo determinado para cumplir con las exigencias de sus captores. Si las exigencias no son cumplidas en el plazo dispuesto su hijo será asesinado. Continuando con la situación hipotética, suponga que uno de los delincuentes que raptaron a su hijo es capturado y conoce el lugar donde está retenido el mismo pero se niega a decirlo. Usted sabe que indefectiblemente, si no puede cumplir con las condiciones impuestas para la liberación de su hijo y realmente usted no puede, el mismo será ejecutado. Señor lector: yo le pregunto a usted si después de interrogarle, pedirle y rogarle al prisionero que le diga el lugar donde está retenido su hijo para evitar de esta manera su muerte, éste se niega rotundamente a decirle nada, ¿qué hace usted? ¿Se comporta éticamente en forma correcta y deja que su hijo muera, o agota cualquier medio para que ese hombre le diga la forma de salvar la vida de su hijo? Respóndase sinceramente y verá que sin duda alguna usted hará lo que sea necesario para salvar a su hijo”.

    “Introduzca además la situación en la década de los años setenta, cuando no existían los medios técnicos de todo tipo de los cuales se dispone hoy en día y que facilitan las tareas de inteligencia, que ni siquiera existían los teléfonos celulares, que la intercepción de comunicaciones sólo se podía hacer por arcaicos medios mecánicos sumamente lentos, que no existían los G.P.S., que las comunicaciones operacionales de la Policía o del Ejército podían ser interceptadas por cualquiera que conociese la frecuencia, y por sobre todas las cosas, que se estaba ante organizaciones que normalmente cumplían con las amenazas que lanzaban. Verá entonces que la única posibilidad de salvar la vida de su hijo es que quien conoce dónde está secuestrado diga su ubicación para de esa manera poder rescatarlo”.

    “Si usted, señor lector, me responde que no le salta arriba al secuestrador y le aprieta el gañote hasta que le diga dónde encontrar a su hijo, permítame decirle respetuosamente que no le creo, o que su sangre no es tal, sino sólo horchata. Y si me dice que aceptará pasivamente el asesinato de su hijo porque el Tratado o la Convención tal o cual le impide emplear los únicos medios disponibles para salvar la vida de su hijo, permítame también decirle que usted es además un hipócrita”, sostiene.

    Gavazzo manifiesta que “en momentos en que toda la sociedad era agredida por las bombas y las balas terroristas”, él, “como integrante de las Fuerzas Armadas (...) tenía la responsabilidad legal, constitucional y moral de velar por todos esos hijos de desconocidos conciudadanos”.

    “Con tal carga sobre mis hombros, actuando bajo las órdenes de nuestros mandos, la primera obligación fue sin lugar a dudas que ese terrorista nos dijese dónde estaba ese hijo secuestrado y así poder salvarlo de una muerte segura. Yo procedí así, ya que el primero de los derechos humanos es el derecho a la vida y sin el mismo los demás dejan de tener sentido de existir”, escribió. “El Derecho y la Justicia fueron hechas para el hombre y no el hombre para la Justicia y el Derecho”.

    Gavazzo pone un ejemplo concreto en su autobiografía. “Un caso de la vida real sucedió en el año 1974, cuando un prisionero demoró unos pocos minutos más de los necesarios para proporcionarme la información de la hora y lugar en que se realizaría un contacto entre terroristas del grupo ‘Libertarios’, de la anarquista O.P.R. 33, del cual surgirían operaciones militares a realizarse de inmediato. Dicha demora derivó en la muerte a manos de los terroristas del dueño del bar donde se hacía el contacto, en la muerte de un soldado de Infantería, en la muerte de uno de los terroristas, en heridas graves de arma de fuego en la cabeza a un oficial y en heridas de bala también a un funcionario de un ente público que era ajeno a toda la situación. Generó además el secuestro de un ómnibus escolar repleto de niños”.

    “Hoy en día todo se ha desnaturalizado y la ignorancia generada por la mala intención de muchos, basada normalmente en el espíritu de venganza por lo perdido en el campo de batalla o por el revanchismo político, han tratado de crear en la conciencia de la ciudadanía la concepción de la existencia de métodos de apremios físicos similares a los que emplearon los comunistas de Lenin, Stalin y sus compinches y que muy bien aplicaron posteriormente sus excelentes alumnos nazis”, dice.

    “Todas las mendacidades dichas en estas direcciones no sólo caen por su propio peso cuando se proporcionan informaciones verídicas basadas en pruebas fehacientes sino que hacen relucir la verdad que ocultan los magistrados, y por supuesto, sus cómplices encubiertos, los integrantes de ex organizaciones terroristas, hoy convertidos en testigos y denunciantes. Yo no guardo más silencio y les digo frontalmente a todos ellos lo que realmente son: ¡mentirosos, cobardes e hipócritas! Y a los integrantes del P.V.P. por mí traídos desde la Argentina, les agrego que son unos desagradecidos relucientes de una gran pobreza de espíritu”, protesta.

    “Pero esas mentiras no hubiesen logrado progresar si detrás de las mismas no hubiese un grupo de escribas pasquinescos o locutores radiales ansiosos de ingresar al ‘Club Atlético Progresista’ junto a algunos de sus compañeros de la rama televisiva”, dice Gavazzo.

    “Un capítulo aparte lo constituyen aquellos que en gran cantidad, sin habérseles tocado un pelo de su cuerpo entregaron a todos los compañeros suyos que pudieron y hoy en día dicen haber sido brutalmente torturados. Peores aún son aquellos que buscando jubilaciones especiales manifiestan haber sido sometidos a apremios físicos, cuando a veces ni siquiera estuvieron detenidos”.

    “La barbarie” no fue la dictadura.

    “Cuando hubo que defender la Patria por imperio superior fui un soldado que no se escondió detrás de un escritorio, y cuando no tuve un puesto de combate lo pedí, pues lo percibí como un imperio profesional y moral. Sentí la obligación de defender a todos los hijos, a todos los padres y madres, a toda la familia oriental de aquellos que pretendían sumergirnos en un estado totalitario de signo comunista”, dice. Y agrega: “La barbarie no la constituyó el gobierno de facto; la barbarie se hubiera desatado si los insurgentes hubiesen ganado la guerra militar. Ojalá tampoco hubiese tenido que existir un gobierno de facto”.

    Gavazzo analiza asimismo el “comportamiento moral” de los presos y sostiene que “normalmente, una vez entregada la información primaria por parte del prisionero, el mismo, lógicamente desmoronado espiritualmente por haber delatado a un compañero o a parte de su organización, continuaba luego narrando toda su vida subversiva desde sus inicios hasta el momento de su captura. Más allá de habernos dicho dónde se encontraba el secuestrado hijo oriental, en el mismo cuerpo del secuestrador habitaba otro hombre. Muchas veces hombres valientes por los cuales profesé siempre el respeto que como soldados se merecían”.

    El militar dice que “coexistieron con los anteriores aquellos que por falta de formación revolucionaria y muchas veces por cobardía entregaron a sus compañeros, sus armas o su infraestructura. Naturalmente que los que pertenecían a esta categoría eran individuos a los cuales jamás hubo que ‘apretarles el gañote’, ya que su voluntaria colaboración lo hacía innecesario. Esta clase de prisioneros normalmente solicitaban que no se revelaran sus identidades ni su comportamiento ante sus compañeros prisioneros”.

    Y, “por debajo de esta categoría, estaban aquellos que apenas eran apresados se ofrecían a colaborar con las Fuerzas Armadas, entregando rápidamente todos los secretos que poseían, pero a cambio de beneficios y prebendas personales. Este tipo de individuos eran también los que normalmente nos pasaban toda la información que tenían desde antes de ser capturados y también la que podían obtener de sus propios compañeros detenidos, tanto en lo pretérito como en ese presente, en prisión. Fueron muchos más de lo que comúnmente se piensa o se dice los Amodio Pérez o las Pilar Nores”, históricamente acusados como traidores por tupamaros y otras organizaciones guerrilleras.

    Gavazzo dijo haber conocido “a enemigos que jamás brindaron la más mínima información, algunos de los cuales ni siquiera dieron su nombre pese a que se conocía toda su actividad clandestina y ellos sabían que nosotros lo sabíamos. Hoy en día los que se comportaron dignamente, aunque puedan tener aún un poco de dolor de gañote, no son los que andan lloriqueando ni presentando denuncias de tipo alguno. En cambio, los que adoptaron una actitud miserable con sus propios compañeros son mayoritariamente aquellos que hoy elevan sus voces proclamando haber sufrido horrores de todo tipo, aunque en realidad lo que buscan con sus quejosos llantos son retribuciones pecuniarias. Es otro riesgo de la guerra: el que trata con traidores, termina traicionado”.

    “Ni yo ni ningún camarada apretamos el gañote por o con placer a nadie. De ninguna manera. Fue una desagradable necesidad de la guerra. Se encaró el interrogatorio táctico como una misión más a cumplir, sabiendo que de eso —lo veíamos claramente— dependía enormemente el eficaz cumplimiento de nuestra misión”, argumenta.

    Según Gavazzo, “la guerra irregular, la guerra de guerrillas, el terrorismo en general se caracteriza porque sus miembros se mimetizan con la población civil, ya que no visten uniforme, no llevan distintivo alguno y no portan armas a la vista y además sólo se conocen entre ellos y por añadidura, celularmente. (...) Los integrantes de estos grupos no encuadran dentro de los que las leyes de la guerra definen como ‘población civil’, como pretenden ahora algunos ‘carcheadores’ esgrimir, sino que son auténticos combatientes pero que disimulan su condición de tal no usando uniforme”.

    “Nuestras Fuerzas Armadas no inventaron nada nuevo. Desde que el hombre desató la calamidad de la guerra el apremio existe y existirá. No olvidemos, y el ejemplo vale por tratarse de una gran potencia que dice ‘defender a ultranza los derechos humanos en el mundo’ (cuando así lo ameritan sus intereses) que no hace mucho tiempo, el presidente de los Estados Unidos autorizó el empleo de medios de este tipo contra prisioneros iraquíes”, señala.

    El militar procesado evoca que “métodos mucho más cruentos fueron usados por todos los bandos en la revolución mexicana, en la revolución comunista cubana, en la guerra de Vietnam, en Corea, en Afganistán, en la Segunda Guerra Mundial, en la Alemania nazi, en la Gran Guerra, en la revolución soviética desde 1917 hasta la caída del socialismo real y en la toma del poder por los comunistas en los países de detrás de la ‘cortina de hierro’. Y cuanto más nos alejemos en el tiempo peores técnicas encontraremos”.

    “En nuestra historia bastaría remontarnos a fines del siglo XIX y principios del siglo XX y encontraríamos en nuestras guerras civiles la barbarie del ser humano en toda su dimensión. Encontraríamos al ‘aire libre y carne gorda’, a los degüellos de prisioneros, a los carcheadores’, a los ‘despenadores’ y multitud de otras calamidades de la guerra. Mientras existan conflictos armados esos indeseables acontecimientos, por más prohibidos que puedan estar por Tratados, Convenciones u otras normas legales, se seguirán consumando, pues quien está combatiendo sabe que su más grande falencia sería perder la guerra y por lo tanto utilizará todos los medios a su alcance para imponer su voluntad al enemigo”.

    “Finalmente y por si existe alguien que al leer estas explicaciones tiene el peregrino pensamiento que mis palabras son un baño de agua pura y cristalina con la cual pretendo limpiarme alguna culpa, les digo: yo apreté a algunos enemigos de entonces, pero lo hice para prevenir un mal mayor, como el cirujano que corta una pierna gangrenada para salvar la vida del paciente, como el padre que se le tira arriba al secuestrador de su hijo. Para nada disfruté de ello; por el contrario, fueron misiones ingratas pero imprescindibles como muchas otras que debe cumplir el soldado. En mi interior siempre deseaba que todo terminara rápidamente, aunque por fuera tuviese que mantener la coraza que impidiera al enemigo detectar mi posible debilidad humana”, dice.

    “Hoy y siempre dije y diré: no estoy arrepentido de lo hecho porque lo hice por imperativa necesidad con la intención de salvaguardar la seguridad de mi patria y de mis compatriotas, cumpliendo órdenes de mis superiores jerárquicos, siempre actuando dentro del marco de la institución Ejército y nunca a escondidas. Por eso tampoco jamás oculté mi identidad ni mi rostro ante los combatientes enemigos ni los prisioneros. Con mis acciones militares de cualquier nivel o categoría puse en peligro la vida de mis enemigos pero al precio de poner la mía en el otro plato de la balanza”.

    “Lloriquear no es de hombres”.

    “Quien participa de una guerra sea atacando o defendiendo conoce los riesgos a que se expone; sabe que puede perder la vida, que puede quedar mutilado o que puede ser hecho prisionero. Una vez inmerso en ella no existe otra alternativa que afrontar las consecuencias de la decisión tomada”, escribió el militar. “Lloriquear por clemencia no es de hombres; querer vengarse por otros medios por haber sido derrotado en el campo militar es de cobardes; tratar de lucrar económicamente con la sangre de los que han caído es de miserables. Hoy estoy aquí, prisionero ilegal e ilegítimamente, pero sin odios ni rencores. Ya lo he reiterado hasta el hartazgo: el buen soldado no alberga esos sentimientos, sino coraje y entereza y no le atribuye culpa al enemigo por la situación que vive, la que es única responsabilidad institucional”.

    “Más allá de que, como ya lo he dicho, en el fragor del combate ciertos índices pueden sobrepasar los límites normales, una vez finalizado el mismo, como un atleta que alcanza la meta, todos los valores regresan a sus niveles naturales (...). Con aprietes o sin ellos, jamás obligué a nadie a declarar falsedad alguna, ni para cerrar ningún caso ni para obtener laureles personales. Sí obtuve la relación de hechos que habían sucedido hasta en su más mínimo detalle, pero cuando me percaté de que realmente alguien desconocía alguna situación o algún detalle ahí terminaba todo. Y eso el enemigo de antaño lo sabe”, manifiesta.

    “Por el contrario, vergonzantemente, en el supuesto régimen democrático en que vivimos desde el año 2005 la justicia falsea hechos, inventa descaradamente otros y adjudica responsabilidades a diestra y siniestra, violentando los principios cardinales del Derecho. Eso no lo hice yo, ni mis subordinados y nunca lo vi hacer a miembro alguno de las Fuerzas Armadas. Y eso el enemigo de antaño también lo sabe”, asegura.

    Gavazzo opina que “los tupamaros han cambiado. Han llegado al gobierno por la vía democrática. Pero su antiguo poder militar, al mutar por el político los ha transformado. Creo que los viejos tupamaros, aquellos de recta palabra y firmes convicciones han quedado en ínfima minoría y en su lugar se han sentado los jóvenes, más cercanos al pensamiento de los vetustos comunistas y los desubicados anarquistas”.

    También afirma que todos las personas “desaparecidas”, salvo María Claudia García de Gelman, integraban “organizaciones subversivas”, “terroristas” o “subversivas”. Dice asimismo que la ex fiscal Mirtha Guianze “prefabricó hechos” contra militares y policías y todo ello fue “obedientemente confirmado por el juez Luis Charles”. Acusa al “marxista” ex presidente Tabaré Vázquez de haber iniciado el camino para desconocer la “ley de caducidad” y menciona al antropólogo José López Mazz, encargado de los desenterramientos de cuerpos de “desaparecidos” de terrenos militares, pues “sigue y sigue escarbando, haciendo pozos, desmalezando, pero siempre cobrando y cobrando” fuertes “honorarios” cuando “en realidad, de los cinco cadáveres de desaparecidos que aparecieron ninguno lo fue por trabajos procedentes de él o de su equipo sino que lo fue por informaciones de quienes habían intervenido en las sepulturas de los cuerpos”.

    Gavazzo la emprende también contra Sara Méndez, una “mujer que en la disyuntiva prefirió ser terrorista antes que madre y luego pretendió reclamar como madre lo que había perdido como terrorista”.

    Cordero y Ramas.

    El 27 de setiembre de 2001, el coronel (r) Manuel Cordero, también en la cárcel por múltiples delitos de sangre, había reivindicado la intervención de grupos “irregulares” para combatir al terrorismo, porque “es la única manera” de hacerlo. “Es un tema de acción-reacción, porque si usted no lo hace y de su éxito depende la seguridad de los habitantes de un país y del propio Estado, ¿quién lo va a hacer?”, declaró entonces el militar en una entrevista con Búsqueda. (N° 1.118)

    El 13 de agosto pasado, otro militar procesado, el coronel (r) Ernesto Ramas, publicó en el portal “envozalta.net” una carta en la que dijo que las Fuerzas Armadas no estaban preparadas en los años 60 y 70 para combatir en una guerra irregular contra los tupamaros y, por eso, se inspiraron “en los principios de la lucha contra la sedición argelina”.

    Ramas destacó una frase del coronel Lacheroy, veterano de la guerra de Argelia, como la que les marcó el “camino a la victoria militar”: “Si no comprendemos que los principios éticos en que hemos sido formados para la guerra clásica no sirven para la lucha contra la subversión, perderemos. Para la lucha contra la subversión hay que meterse en el lodo, ensuciarse y salpicarse. El que no lo entienda de esa manera, más vale que se rinda de antemano”.

    Ramas está en prisión en Uruguay por la desaparición de ciudadanos uruguayos, mientras Cordero está alojado en una cárcel argentina, luego de haber sido extraditado desde Brasil, acusado de violar derechos humanos.

    Contratapa
    2012-09-27T00:00:00

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