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    Genialidad de medidas y trazos

    Guillermo Fernández: La travesía de un maestro, en el MNAV

    Cuando estaba en el liceo, era uno de esos chiquilines que se pasan dibujando en clase, en cualquier clase, con la cabeza gacha hacia el cuaderno. Un día se enteró de que en el Ateneo había un “viejito” que enseñaba pintura, y hacia allí fue con sus dibujos hechos a tinta. Ese viejito era Joaquín Torres García. Él miró con atención sus trabajos y lo derivó a Julio Alpuy, uno de los maestros de su taller. También le dijo con el dedo índice en alto: “Todos somos románticos, pero para hacer, hay que ser clásico”. El joven dibujante era Guillermo Fernández (Montevideo, 1928-2007), y recién después de mucho tiempo, y de abandonar sus dibujos de muchachas con boina, entendió lo que Torres le había querido decir con aquella frase.

    La anécdota la contó el propio dibujante y se recoge en el video que integra la muestra Guillermo Fernández: La travesía de un maestro, que se exhibe hasta el domingo 28 de enero en el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV). En el video, una recopilación de entrevistas para TVCiudad (1999 y 2003) y para TNU (2006), el dibujante explica su técnica, sus trazos y su proceso de trabajo. Es una oportunidad de conocer al hombre de diálogo afable que hablaba de su obra con la sencillez de los grandes artistas.

    La muestra ofrece un abanico amplio, con piezas que pocos conocían porque Fernández no las había exhibido. Así, se pueden ver sus trabajos más “torregracianos” y otros más abstractos, sus piezas de madera y las libretas que donó su familia con los bosquejos que luego se convertirían en sus notables dibujos y retratos. Es una travesía por 60 años de investigación y creación artística.

    El fray violinista

    “Integra un espacio significativo en una lista imaginaria de los artistas connotados en nuestro medio. Fue pintor, grabador, ilustrador, muralista, dibujante nato. Trabajó rigurosamente en descifrar los vínculos formales de las distintas expresiones artísticas, mientras era un lector voraz de interpretaciones de la historia humana, política, literaria”, escribió para esta muestra María Eugenia Grau, su curadora.

    Esa “avidez” cultural está en la variación de su temática, que apuntaba sobre todo a retratar figuras de la cultura. Retrató a un Horacio Quiroga de barba tupida y mirada perdida, a una exquisita Juana de Ibarbourou de ojos grandes y en tinta china, a Ramón del Valle Inclán bajo un gran sombrero, a un Freud y a varios Paco Espínola de quijada prominente y eterno cigarrillo en la boca. Y son fantásticos sus dibujos de hombres viejos, como el de Fray Roque González Santa Cruz y su violín, y deliciosos sus bosquejos de Saltoncito, la novela para niños de Espínola. Allí está la evolución de ese sapo aventurero que llegó a vestir de traje negro y corbata de moñita.

    En color o en blanco y negro el artista elaboraba estos retratos después de una larga búsqueda. “No trato de meter la idea en el papel y después arreglar las líneas. Las imágenes cuando quedan convincentes vienen de una búsqueda de ritmos, de medidas, de combinaciones”, explicaba en una de las entrevistas. De mmodo que sus retratos, como sucede en las caricaturas, no son una mera representación. Por eso hubo quienes no se reconocieron en ellos. “Yo no soy así”, le dijo Paco Espínola cuando se vio en uno de sus dibujos.

    El periodista César di Candia, quien fue su compañero de preparatorios de Derecho cuando Fernández no estudiaba y se pasaba dibujando, de esta forma lo presentó en una entrevista para Búsqueda de 1998: “Cuando se cansó de imágenes llenas de noches estrelladas con astros azules titilando a los lejos, entró de lleno a los rostros. Hacía unas caras con expresiones demoníacas que se parecían obviamente a él, dibujaba profesores y compañeros que despedían fuego por los ojos, transformaba en vivos los objetos de la clase. Todos sabíamos que jamás sería abogado. (…) ¿Cómo podía participar en un mundo de códigos, expedientes, plazos y barandas de Juzgado una persona que estaba permanentemente pensando en algo que estaba más allá de donde era posible llegar?”.

    Fernández consideraba que sus dibujos eran “erráticos”, hasta que entró al Taller Torres García, que le dio otra concepción del dibujo. Así lo cuenta la curadora de la muestra: “A partir de ese momento nunca se cansó de afirmar: ‘Lo interesante es que ordenar, organizar y relacionar no configuran un determinado estilo. La idea de estructura también permite deletrear la tradición del arte”. 

    En el Taller Torres García, al que ingresó en 1951, estudió con Alpuy, Alceu Ribeiro, Augusto y Horacio Torres y con José Gurvich, entre otros. Luego él mismo se convirtió en maestro. Fue docente en liceos nocturnos en los departamentos de San José y Paysandú, y en su taller donde instauró su propio proyecto de enseñanza.

    A 10 años de su muerte, ocurrida en un trágico accidente de auto, la muestra Guillermo Fernández: La travesía de un maestro es un rescate del gran artista, que además acerca al docente y al hombre aplomado y amigable, al que todos quienes conocieron recuerdan con cariño, el mismo cariño que inspiran sus obras.

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