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Más allá de la sorpresa y el dolor por la reciente muerte de Robin Williams, ocurrida este lunes 11 en su casa de Tiburón, California, la mayoría de los informativistas norteamericanos mostraron perplejidad. No les resultó nada sencillo asociar un comediante de inusual brillo y capacidades histriónicas con el suicidio, con un costado destructivo, melancólico, oscuro. También algunos médicos se apresuraron a decir que la depresión y las adicciones tienen solución y que no debemos caer en la desesperación. Es lógico, la sociedad apuesta por la vida de los suyos y en particular por sus hijos predilectos, como lo fue este famoso actor, varias veces nominado al Oscar y ganador de una estatuilla de reparto gracias a En busca del destino(Good Will Hunting, 1997), de Gus Van Sant, donde hacía de psiquiatra, un papel reposado, serio, alejado de las risas a que tenía acostumbrado al público.
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Tampoco fue fácil de asimilar la muerte por adicción a la heroína en febrero de este año de Philip Seymour Hoffman, que tenía solo 46 años. Pero así son las cosas: hay quien accede a la fama, al dinero y al auténtico prestigio y sin embargo no puede dejar de vivir en un mundo huracanado. La tarea de un actor es muy intensa y riesgosa en lo psicológico. Se sabe que eso de andar mudando de piel y mentalidad, componiendo y descomponiendo psicologías, es un juego de genialidad y creación muy aplaudido y valorado, pero acarrea altos costos.
Williams tenía 63 años. No era un veterano pero su carrera ya mostraba signos descendentes. Mantener el éxito y la popularidad, un serio problema. Fue un gran improvisador, uno de los más extraordinarios. En cualquier entrevista podía encenderse con cada pregunta, con cada palabra que le soltaran, y asociar a mil por hora chistes y más chistes, resueltos como caracterizaciones con distintas voces. Se trata de una cualidad magistral que muy pocos actores poseen, una especie de viaje por un dial personal, un malabarismo de personajes que se alternan y que por lo general implica un costado depresivo cuando se abandona la manía, cae el telón y se vuelve al reposo.
Robin Williams fue idolatrado a fines de los 70 gracias a la serial televisiva “Mork & Mindy”. Era un comediante simpático, rapidísimo, de espíritu lúdico y muy lúcido. Los payasos gritan y gesticulan, es la zona donde se sienten más a gusto. Pero las habilidades de Williams no terminaban allí.
Su carrera cinematográfica como protagonista comenzó de la mano de grandes directores: Robert Altman (Popeye, 1980), George Roy Hill (El mundo según Garp, 1982) y Paul Mazursky (Moscú en Nueva York, 1984). A los pocos años llegaría su película más emblemática, un papel diseñado a su medida: Buenos días, Vietnam (1987), de Barry Levinson, donde hacía de locutor que alegraba por un instante a las tropas norteamericanas en el país asiático. Williams actuaba con todo el cuerpo y podía ser sutil, pero la sal de la vida estaba en su ingobernable voz de infinitas posibilidades.
Todo comediante necesita una prueba de fuego, demostrar que es capaz de extender su sensibilidad, componer un drama. A Williams le ocurrió con el profesor de inglés en La sociedad de los poetas muertos (1987), del australiano Peter Weir, un papel que ordenaba sus principales atributos interpretativos: histrionismo para la caricatura, rebeldía, mirada tierna y cómplice. De todos los profesores de la historia del cine, este pasará a la posteridad como uno de los más queridos.
Su carrera iba en ascenso, y también sus adicciones. Williams caía y recaía en el consumo de alcohol y cocaína. Siguió trabajando con grandes directores como Steven Spielberg (Hook, 1991), Terry Gilliam (Pescador de ilusiones, 1991), Mike Nichols (La jaula de los pájaros, 1996) y Francis Ford Coppola (Jack, 1996), pero su éxito residía en las comedias más populares, como Papá por siempre (Mrs. Doubtfire, 1993, de Chris Columbus) y Jumanji (1995, de Joe Johnston). Una vez más, su voz dio la vuelta al mundo personificando al genio de la lámpara en Aladdin (1992), una de las mejores animaciones de Disney de los últimos tiempos.
Casi todos los actores —de drama o de comedia— tienden a repetirse: Brando, Sellers, Nicholson, Carrey; las estrellas saben que dominan una zona, y que esa misma zona las ha convertido en celebridades. A veces hay que buscar fuera de ese territorio para dar con el costado más artesanal de las interpretaciones. Robin Williams tiene tres películas relegadas por el público y la crítica, que sin embargo son valiosas: Retrato de una obsesión (One Hour Photo, de Mark Romanek) y Noches blancas (Insomnia, de Christopher Nolan), ambas de 2002 y en las que hace de “malo”, abolladísimo dependiente en la primera y asesino en la segunda, y Un golpe de suerte (The Big White, 2005, de Mark Mylod), donde se mete en la piel de un fracasado marido y empresario de turismo, una historia ambientada en Alaska con gran elenco y apuntes de humor negro. En los extras del DVD de esta última realización, Williams aparece hablando a la cámara con una depresión galopante.
Apreciado por todos sus familiares, amigos y colegas, amigo íntimo de Christopher Reeve y admirador de los Monty Python y del rugbista Jonah Lomu, Williams había optado en su juventud por estudiar ciencias políticas. En su familia hubo alguna vez una relevante figura del gobierno. Sin embargo, prefirió la comedia y la musculatura de las rutinas humorísticas en los night clubs, hasta alcanzar la genialidad. Siempre es mejor tener grandes actores en los cines y teatros antes que grandes payasos en los Parlamentos y en las casas de gobierno.