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    Gloria a los trabajadores de las alturas

    Los automovilistas y camioneros, unos ciento setenta mil vehículos por día, atraviesan el puente colgante —4.176 metros, el más largo de Estados Unidos— y quedan extasiados con el paisaje que se despliega ante sus ojos, la conjunción del río y el cielo y si es de noche las luces de Brooklyn y más allá los rascacielos de Nueva York. Pero lo más probable es que ningún conductor repare en los cables de acero tendidos en las alturas, donde una vez, cuando el puente Verrazano-Narrows se comenzó a construir en 1959, colgaron como pájaros decenas de trabajadores sin vértigo, malabaristas del aire que se pasaban las herramientas (que a veces caían) y daban y recibían órdenes, hombres que almorzaban un bocadillo a más de 200 m del nivel del mar y arriesgaron su vida para soldar, remachar y ensamblar esta imponente obra de ingeniería que se inauguró en 1964 y conectó para siempre Staten Island con Brooklyn.

    Gay Talese, posiblemente el más destacado de los periodistas vivos (New Jersey, 1932, padre principal del nuevo periodismo), les otorga un merecido protagonismo a estos trabajadores llamados boomers (por el boom de la construcción), orgullosos de ser hijos y nietos de otros boomers, que pernoctan en las ciudades donde construyen puentes y edificios, y una vez terminados, viajan hacia otras ciudades donde se reclaman sus servicios para emprender la tarea de dar nacimiento a otros puentes y edificios.

    Las inauguraciones, las fotos, el corte de la cinta y la pompa y la circunstancia son para los políticos y los ingenieros responsables de los cálculos, pero nunca se verá a un boomer —y menos de traje y corbata— en la fiesta inaugural­ de un puente o un edificio. Los trabajadores del hierro son anónimos, se reconocen entre ellos, cobran por día y luego pasan un buen rato en el boliche bebiendo cerveza y contando anécdotas, para cerrar la jornada con el regreso a sus hogares, donde por lo general los esperan esposas resignadas a ese nomadismo de la construcción.

    La buena literatura no necesita echar mano a la ficción para contar historias extraordinarias. Y es lo que ocurre con El puente (Alfaguara, 2018), que desmenuza las capas de responsabilidad que estuvieron en juego en esta obra con 188.000 toneladas de acero, tres veces la cantidad empleada en el Empire State Building.

    Está, en los orígenes de la historia, el explorador italiano que en 1524 descubrió la bahía de Nueva York en un barquito, un tal Giovanni da Verrazano.

    Está el ingeniero Othmar H. Ammann, un señor formal, aficionado a los cuellos muy almidonados y considerado uno de los mejores constructores de puentes del mundo. En sus cálculos para emprender semejante empresa debió tener en cuenta la… curvatura de la Tierra: las dos grandes torres que apuntalan el puente, de 211 metros cada una, “debían guardar una distancia de 4,79 centímetros más entre sus cimas que entre sus bases”, informa Talese. Hubo otros puentes que colapsaron por errores de cálculo, como el Ashtabula de Ohio y el Firth of Tay en Escocia.

    Están los desplazados por la construcción, las familias que hubo que instalar en otro lugar. Se demolieron 800 edificios del barrio Bay Ridge en Brooklyn (donde se filmaron las escenas en la discoteca de Fiebre de sábado a la noche, que ya no existe por otras razones), y unos 7.000 habitantes se vieron forzados a abandonar sus hogares, entre ellos amas de casa, médicos y abogados, un exboxeador, una antigua bailarina, un dentista que se había gastado un pastón en la instalación de un nuevo consultorio, un vegetariano, un empleado de banca, dos amantes vecinos y la familia Herbert: el padre, la madre y 17 hijos (“más dos perros y un gato”, anota Talese). Cada uno tiene algo que decir porque el escritor les da voz. Dos hermanos Herbert, por ejemplo, reconstruyeron la ubicación de su vieja casa —luego de que haya pasado la aplanadora— gracias a la referencia de un tendido eléctrico y un árbol.

    Están los boomers indios o “indios del hierro”, y Talese les dedica un maravilloso capítulo. Obreros silenciosos, responsables y muy dados a la bebida que vivían alrededor del boliche The Wigwam­, en Brooklyn, y en los años 20 y 30 habían levantado el Empire State, el Waldorf-Astoria y el puente George Washington. Ahora sus hijos trabajaban en el Verrazano-­Narrows y los fines de semana eran capaces de hacer cientos de kilómetros para volver a sus casas en la reserva, en Canadá, manejando a altas velocidades y sin dejar de beber. Cuando llegaban el sábado tocaban bocina y despertaban a todos, porque era un motivo de festejo estar sanos y salvos en el hogar.

    Bronco Bill Martin era un trabajador indio del hierro. Una vez le preguntaron si bebía en el puente.

    —No, solo cerveza —respondió Bronco Bill.

    —Pero, ¿no te hace perder el equilibrio?

    —No sé. Yo me limito a ir al trabajo, beber cerveza y subir al puente. Me siento mejor ahí arriba que en tierra. Puedo beberme doce latas y seguir caminando recto por las vigas.

    Están los capataces con malas pulgas, como John Hueso Murphy y Benny Olson, una leyenda del cableado. “Acoplar el acero es lo más cerca que se puede estar de hacer arte entre las nubes”, dice Talese. Murphy medía dos metros y era de sangre caliente, suficiente para imponer respeto. Olson era menudo y delgado, pero llevaba un hacha en el auto, y si tenía problemas con otro conductor, la usaba. Unos gamberros discutieron con él por un inconveniente de tráfico y Olson, con hacha en mano y rápidos movimientos, les destruyó el coche.

    Está James J. Braddock, llamado el “Hombre Cenicienta”, encargado de una grúa. Había sido estibador y boxeador de peso pesado. Y había peleado contra Joe Louis. ¿Se necesita más autoridad?

    Y también están las historias trágicas, como la de Gerard McKee, nacido en Nueva York, que provenía de una familia de boomers de ascendencia irlandesa y un día, sin que se sepa la verdadera razón, quedó colgando de una viga del puente, a más de cien metros de altura. Nadie lo pudo ayudar. Sus compañeros vieron con trágica impotencia cómo los dedos de McKee se separaban de la viga en cámara lenta. Luego el cuerpo cayó, y en el trayecto su camisa se desprendió como un paracaídas. Desde semejante altura, impactar contra el agua es impactar contra el hormigón. Así lo describe Talese: “Algunos de los hombres que se encontraban en el puente comenzaron a llorar y poco a poco todos ellos, más de seiscientos, se quitaron el casco de seguridad e iniciaron el descenso. La jornada laboral quedó suspendida de inmediato. Un joven aprendiz, que jamás había sido testigo de una muerte así, se quedó paralizado sobre la pasarela y se negó a marcharse, por lo que tres compañeros tuvieron que llevárselo abajo”.

    El libro fue escrito en 1964, cuando terminaron las obras y el Verrazano-Narrows fue inaugurado. La presente edición —con estupendas fotos— tiene un prefacio y un epílogo escritos por el propio Talese en 2014. El escritor y periodista volvió a reunirse con bommers que habían trabajado en el puente y en las Torres Gemelas, como Edward Iannielli, el hombre que vio de cerca caer a su compañero Gerard McKee. Y le preguntó por la estructura de las torres. Esta fue la respuesta:

    —Endeble.

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