Aquella mañana, el comisario Luis Guillermo Coolighan debió cumplir una tarea incómoda. Respaldado por el jefe del Servicio de Inteligencia y Enlace José Dodera, tuvo que interrogar a dos oficiales del Ejército acusados de golpistas.
Aquella mañana, el comisario Luis Guillermo Coolighan debió cumplir una tarea incómoda. Respaldado por el jefe del Servicio de Inteligencia y Enlace José Dodera, tuvo que interrogar a dos oficiales del Ejército acusados de golpistas.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPara entonces, mayo de 1949, los movimientos conspirativos de la Legión Oriental Artiguista (LOA) habían sido puestos bajo control, según consta en las copias de las actas de interrogatorio conservadas en el Archivo Luis Batlle Berres.
Entre los oficiales detenidos había dos que luego cobraron fama: el teniente 2º de Caballería Gregorio Álvarez y el alférez de Infantería Julio César Rapela.
En esos tiempos aún era difícil de imaginar que Álvarez y Rapela se convertirían en dos de los generales que luego encabezarían la más cruenta dictadura del siglo XX en Uruguay (1973-1985).
Gregorio Conrado Álvarez Armelino, que falleció ayer miércoles en el Hospital Militar a los 91 años y luego de estar 10 años preso, era un joven oficial subalterno destinado en el cuartel de Santa Clara (Treinta y Tres).
A pesar de su juventud, el teniente no era un extraño en la fuerza: su padre, Gregorio Álvarez Lezama, había sido general e integrado el Alto Mando del Ejercito y su abuelo, que también llegó a la máxima jerarquía, había sido edecán del dictador Gabriel Terra.
Esos antecedentes, sin embargo, no impidieron que el “Goyo” Álvarez, que en 1961 llegó al mando de la Guardia Republicana con los blancos, votara a Wilson Ferreira Aldunate en 1971, luego su furibundo adversario, que ese año estuvo a punto de ganar las elecciones con un programa progresista.
Casi al mismo tiempo que Ferreira fue el más votado, pero perdió, Álvarez ganó el concurso a general y fue destinado al frente de una oficina sin mando de tropa, el Estado Mayor Conjunto (Esmaco) que, sin embargo, transformó en baluarte de la lucha contra el MLN-Tupamaros y otros grupos de izquierda armada que fueron derrotados en el invierno de 1972, con la tortura como medio de obtener información.
El entonces presidente Juan María Bordaberry confiaba en el prestigioso general Esteban Cristi pero recelaba de Álvarez, al que definía como “comunista” y masón.
Luego del pacto de Boiso Lanza, en febrero de 1973, Álvarez fue designado secretario permanente del Consejo de Seguridad Nacional que oficialmente asesoraba al presidente, que había salido debilitado de la base aérea.
Las prevenciones de Bordaberry contra Álvarez, vertidas al periodista Alfonso Lessa, no eran pura paranoia católica ultramontana.
Álvarez, que era inteligente y hábil para engañar, se había colocado en una postura nacionalista de tipo “peruanista” a caballo, entre otros, del coronel Ramón Trabal, entonces jefe del Servicio de Información de Defensa (SID).
El propio Trabal, poco antes de ser trasladado a Francia contra su voluntad, había confiado al periodista brasileño Neiva Moreira y a la uruguaya Beatriz Bissio, durante un encuentro en Lima, que Álvarez había encabezado un movimiento “progresista” en el Ejército, pero que ya en febrero de 1973, cuando se produjo el golpe de Estado, los había traicionado seducido por una “vida burguesa”.
Otro factor de peso fue el asesinato de uno de sus hermanos. En junio de 1972, mientras el “Goyo” y Cristi negociaban una paz con la guerrilla en el cuartel Florida, los tupamaros habían acribillado a balazos a su hermano Artigas, un coronel del Ejército con quien mantenía una estrecha relación.
Álvarez siempre creyó que iban por él y se equivocaron, aunque otra versión de los propios autores indica que atacaron a Artigas porque era un blanco fácil.
Cuando llegó el momento de disolver las cámaras, el 27 de junio de 1973, Álvarez se calzó las botas y entró al Palacio Legislativo junto al general Cristi y varios coroneles golpistas.
Un sector de la izquierda, sobre todo el Partido Comunista, mantenía sin embargo, ciertas expectativas con respecto al papel menos “fascista” que pudiera jugar el jefe del Esmaco, aún bastante después de finalizada la huelga general contra el golpe.
Esas esperanzas desmesuradas alimentadas por la ambigüedad del general, la desconfianza de Borbaberry y el rechazo que despertó en algunos oficiales que integraron la Logia de los Tenientes de Artigas influyeron en que se mantuviera acotado a la División IV, con sede en Minas, donde fue designado jefe.
En 1974 Cristi y los hermanos Eduardo y Rodolfo Zubía desacataron al entonces comandante del Ejército Hugo Chiappe Pose y lo reemplazaron por Julio César Vadora. Álvarez se plegó a último momento.
En 1978, cuando los que más lo rechazaban habían pasado a retiro, llegó a comandante en jefe del Ejército. La designación se produjo no sin pocas resistencias.
El general Alberto Ballestrino, que ocupó cargos de relevancia durante la dictadura, contó al investigador Diego Achard que hubo un complot para matar a Álvarez, que a último momento fue abortado.
No quiso entrar en detalles. El teniente coronel José Nino “Gavazzo se ofreció a pegarle un tiro al Goyo”, había dicho el fallecido coronel frentista Carlos Zufriategui a los periodista Nelson Caula y Alberto Silva.
La tupamara Yessie Macchi, hija de un coronel del Ejército, relató luego de la prisión que con gran asombro de su parte, muchos años después de haber caído detenida fue “flauteada” y torturada de nuevo para que diera información acerca de Trabal y Álvarez. Para ese entonces, el primero llevaba tres años asesinado en París por un grupo de ultraizquierda francés y el segundo era ya el comandante en jefe.
El entonces jefe del SID, general Amaury Prantl, confesó al propio Álvarez que había ordenado una operación para desprestigiarlo en medios castrenses, mediante la edición de la publicación clandestina “El Talero”.
“¿Conocen las Fuerzas Armadas y Policiales los contactos que usted, a espaldas de los demás generales y por sobre todo a espaldas de las Fuerzas Armadas, mantenía con Ferreira Aldunate y el difunto subversivo y delincuente Héctor Gutiérrez Ruiz?”, decía el editorial de uno de los panfletos producidos en inteligencia militar.
Cuando la operación quedó al desnudo, Prantl fue dado de baja y su principal operador, Gavazzo, sancionado y pasado a retiro por orden de Álvarez.
Otro momento difícil para Álvarez se produjo, según reveló Lessa, cuando el coronel Eduardo Ferro, que también habría actuado para destapar el caso de “El Talero”, tuvo que advertir al paramilitar argentino Aníbal Gordon que no se metiera en asuntos uruguayos.
La contrainteligencia de Álvarez había descubierto seguimientos y vigilancia de la casa de su jefe en avenida Libertador. “Acá no” habría sido el mensaje que salvó al “Goyo” de caer en manos del sanguinario “coronel” de Automotores Orletti.
Por las dudas, Álvarez viajaba en un Mercedes Benz blindado y con una subametralladora israelí Uzi en la falda.
El golpe de mano contra la “pesada” del SID y los Tenientes de Artigas permitió a Álvarez ganar algo más de poder y respaldo en las fuerzas.
Fue en ese contexto que emitió la norma 777 en la que, entre otras cosas, se hizo responsable de haber dado “la primera orden” en la represión.
Cuando le tocó pasar a retiro, porque los generales violaron la Constitución pero cumplieron los reglamentos de ascenso y permanencia en el cargo sin excepciones, aún le quedaba cumplir con su objetivo más ambicioso. Y lo logró: después de repetir al menos tres veces la votación entre los oficiales generales y de varias maniobras, fue electo presidente de facto en 1981, cuando ya el viejo sueño de la reforma constitucional había quedado por el camino porque los generales habían perdido el plebiscito de 1980.
Dos episodios oscuros habrían ayudado al teniente general a llegar al poder máximo: el atentado con vino envenenado que costó la vida a la esposa del dirigente blanco Mario Heber en 1978 y la desaparición del prestamista Juan Américo Soca en febrero de 1981.
En especial el caso de Soca provocó la caída de varios generales y coroneles, entre ellos Ballestrino, Hugo Arregui y Calixto de Armas.
En la peculiar elección fueron manejados otros nombres como alternativa a Álvarez, entre ellos el entonces ministro de Transporte Francisco Tourreiles, el canciller Carlos Maeso y el general Abdón Raymúndez, antes muy allegado al “Goyo”.
Para el biógrafo Lessa, el resultado de la votación y su nombramiento por el Consejo de la Nación fue una victoria pírrica que le marcó sus propios límites.
A pesar de que se preparó a conciencia en el Parque Hotel y que se rodeó de técnicos liberales civiles, el prestigio del ex dictador no logró sobrevivir al quiebre de la tablita, un sistema de control de la devaluación del peso instaurado por el contador Valentin Arismendi.
Álvarez, con arrogancia, había dicho en televisión que los que temían el fracaso de la programación de la devaluación eran “marcianos”.
La ruptura de la tablita, junto a la pérdida de libertades, y la demora interesada de Álvarez en regresar a un sistema democrático alentaron que el descontento se expresara cada vez con más fuerza.
También fue protagonista del fracaso del Operativo Conserva, una sospechada venta de corned beef a Argentina que lo enfrentó con el entonces director del Instituto Nacional de Carnes (Inac), mayor Armando Méndez.
Las caceroleadas fueron respuesta frecuente a los discursos y declaraciones del ex dictador.
En calidad de presidente, Álvarez mantuvo buenas relaciones con el embajador argentino, general Santiago Omar Riverós, luego acusado de graves violaciones a los derechos humanos como jefe del centro de detención clandestino de Campo de Mayo. También hizo contactos con el embajador británico, buscando evitar el conflicto por las islas Malvinas y luego durante la propia guerra, para el tratamiento de los heridos y otras cuestiones logísticas.
La salida democrática encontró a Álvarez en su casa del parque Batlle. No solo había dejado la presidencia 15 días antes para salir de escena, sino que durante todo el proceso de negociaciones que tuvo con centro al Club Naval, el “Goyo” fue perdiendo poder y quedó de lado.
El teniente general Hugo Medina, que había pertenecido al sector “duro” del Ejército, jugó un papel de primer orden para procesar, junto a Julio Sanguinetti, Liber Seregni y otros la transición, aunque Álvarez movió sus piezas en la interna para lograr la impunidad.
Luego llegó un tiempo de “silencio austero” que solo se interrumpió, sin mayores estridencias, a mediados de 2007, cuando el juez Luis Charles y la fiscal Mirtha Guianze se prepararon para enviarlo a prisión.
Álvarez llegó a la máxima jerarquía de la fuerza, con 45 años y luego vivió otros tantos años ya que falleció a los 91 años.
Fue así el único oficial general con responsabilidades durante la dictadura que fue preso y tuvo que compartir patio con reclusos más jóvenes que en su mayoría no lo respetaban. Luis Charles lo procesó por 37 homicidios ocurridos cuando integraba la Junta de Oficiales Generales y tenía la primera responsabilidad en el Esmaco, la División IV, la jefatura del Ejército y la Presidencia de la República sucesivamente.
Un punto clave para que los magistrados responsabilizaran penalmente a Álvarez fue un documento del Ministerio de Relaciones Exteriores que detallaba cómo fue informado durante su presidencia de las situaciones relacionadas con los derechos humanos y por lo tanto “no puede alegar desconocimiento” de las actuaciones del SID, la Armada y otras agencias estatales en Argentina, que terminaron con decenas de ciudadanos desaparecidos.
Aunque la cárcel de Domingo Arena tiene condiciones comparativas muy buenas, Álvarez, como teniente general, logró que se equipara un contenedor y tuvo así más comodidades para “morir en la cárcel” como dijo en una entrevista con Búsqueda en junio de 2007, en una conversación que comenzó con una pistola y un grabador sobre la mesa.
El ex presidente del Centro Militar Guillermo Cedrés dijo a Canal 10 que era un contrasentido que un anciano de 91 años estuviera en prisión y destacó que murió con dignidad, sin pedir prisión domiciliaria. En su opinión se podría hablar de “un Álvarez bueno y uno malo”, según para quién y agregó que “no podía ser tan malo desde el momento en que el actual presidente Tabaré Vázquez integró su gobierno, por decirlo de alguna forma”.
Cedrés se refirió a que Álvarez supuestamente lo envió a estudiar a Israel y lo designó con un cargo en el Instituto de Energía Nuclear.
El teniente general Fernan Amado, que estuvo bajo su mando en varios destinos, lo había definido como ambicioso, frío, distante, que se rodeaba de una coraza de hielo, de apariciones un poco fugaces de mando y que cultivaba siempre una imagen de misterio.
Muchos otros —tanto civiles como militares— le reservan adjetivos mas fuertes.