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    Guardianes de San Fransokyo

    Grandes Héroes: cuando Disney adapta a Marvel

    Cuando Walt Disney Pictures adquirió Marvel Comics en 2009, no solo se quedó con sus grandes éxitos. También metió en la bolsa una buena cantidad de fracasos y proyectos que permanecían en papelera de reciclaje. Uno de ellos fue la miniserie de cómics Big Hero 6, que no alcanzó la popularidad de otros títulos de la gran fábrica de héroes accidentales, mutantes y/o marginales como Los Vengadores, Guardianes de la galaxia o Iron Man, que han tenido un glorioso renacer en el cine.

    Los personajes y situaciones de Big Hero 6 se nutrían del manga y el animé, de la obra de autores como Satoshi Kon (guionista y director de Paprika y de Perfect Blue, animé cuyos derechos compró el realizador Darren Aronofsky para recrear planos que luego usó en El cisne negro), Osamu Tezuka (creador de Astroboy) y Katsuhiro Otomo (autor del manga y del animé Aikira) y, a pesar de los cambios, mejoras y relanzamientos, no fue lo que se dice un éxito.

    De todos modos, varios elementos buenos tenía este proyecto para que en Disney hayan decidido rescatarlo de la papelera. Uno de ellos ni siquiera es humano y responde al nombre de Baymax.

    Don Hall, codirector de Winnie the Pooh, lleva adelante esta realización junto a Chris Williams, codirector de Bolt y de uno de los más recientes éxitos de Disney, Frozen, bajo la producción del capo creativo de Pixar, John Lasseter, responsable de, entre otros, Toy Story y Cars. Hay equipo. Estrictamente, se trata de una inspiración más que de una adaptación. Los personajes del cómic original (algunos, porque otros, como Silver Samurai o Sunfire, quedaron fuera por cuestiones de derechos) son la base de este relato inmensamente rico y variado en subtramas.

    Ambientado en un futuro hipertecnológico, con una estética cyberpunk (a lo Disney) que fusiona rasgos de animé con trazos occidentales, el argumento transcurre en la luminosa y vibrante San Fransokyo, combinación de dos ciudades en las que las innovaciones tecnológicas son parte de sus calidoscópicos paisajes. Allí vive Hiro, de 14 años, un genio autodidacta que fabrica robots minúsculos y letales. Con su reciente y pequeño gran invento participa y arrasa en peleas clandestinas de robots. Su hermano mayor, Tadashi, intenta mostrarle que existe otro camino más allá de los callejones que le aportan dinero absurdamente fácil: el camino del estudio. Un día Hiro acompaña a Tadashi al Instituto Tecnológico de San Fransokyo, donde él estudia, y el niño de pelo revuelto queda alucinado con lo que ve. No puede creer que exista algo así. El sueño de todo loquito de la robótica y temas afines: un amplio y amigable Silicon Valley se despliega ante sus ojos, un inmenso parque de diversiones donde otros como él proyectan, construyen, arman, desarman, programan y operan mecanismos y dispositivos extraordinarios y hablan de electromagnetismo y fórmulas químicas. Tadashi también le presenta el proyecto en el que estuvo trabajando, Baymax, un autómata que se parece al muñeco de Michelin sin los rollos, un simpático robot que se infla como un airbag y que fue creado para cumplir funciones de asistencia médica. Rápido y seguro, con sencillez y precisión, el robot enfermero escanea, diagnostica, cura y alivia: puede tratar casi cualquier dolencia, cuenta con desfibrilador automático en las palmas; de a poco, con esa cara que ni siquiera tiene boca, se come la película.

    Luego de conocer el instituto, de estrechar la mano del célebre profesor Robert Callaghan, mentor de su hermano, Hiro se esforzará por ganarse una beca de estudio y ser parte de un grupo de orgullosamente autodenominados nerds, la banda de amigos de Tadashi, conformada por Wasabi, un experto en láseres, Honey Lemon, especialista en compuestos químicos, Go Go, inteligentísima ingeniera, y Fred, el eterno estudiante, ese que ni siquiera asiste a clases, el que está por ahí para molestar, hacer chistes y poner apodos.

    Hiro entrena y estudia y trabaja duro. Sigue el sendero menos sencillo. Pero algo inesperadamente grave y doloroso sucede y todo el plan se deshace. Y algo más se agrega a todo desastre. Un hombre misterioso, con el rostro cubierto por una máscara kabuki, le roba su más reciente invención, los revolucionarios microbots, pequeños dispositivos que se pueden controlar por medio de neutrotransmisores. Hiro tiene dos opciones. O se cierra sobre sí mismo y su propia angustia o busca un nuevo ángulo para salir adelante. Uno puede imaginarse cuál es el camino que tomará. Lo interesante es todo lo que sucede en ese camino, en medio del cual está la relación entre él y Baymax, el robot creado para aliviar el dolor físico, un globo inteligente que, como Wall-E o Johnny 5, de Cortocircuito, ya entró en la categoría de máquinas maravillosas y, por qué no, adorables.

    Baymax, cuya creación se inspiró en un brazo robótico real, de vinilo blanco, blandito, tiene un fino esqueleto de titanio, habla poco y con un tono de voz suave, se mueve como un pingüino y cuando se le agota la batería es un espectáculo aparte. Por su tamaño y forma de moverse también recuerda a Totoro, el personaje de Hayao Miyazaki (autor japonés idolatrado por Lasseter). Verlo interactuar en contextos poco apropiados para su lógica diseñada para sanar genera los casi constantes y efectivos momentos de humor que contiene este filme, que mezcla con intensidad acción y ciencia ficción, comedia y toques dramáticos. Porque hibridez y fusión son, obviamente las claves detrás de Grandes héroes. Empezando por la ciudad fusionada, con el Golden Gate en versión nipona, y siguiendo por Hiro, el protagonista, un niño asiático-estadounidense que entra en el mundo adulto (se ha dicho que es como Tony Stark adolescente), al tiempo que pasa de ser un genio solitario y egoísta a aceptar el llamado a convertirse en héroe y líder de un equipo del estilo Power Rangers, o por Baymax, robot enfermero que adquiere las habilidades de ninja, o los microbots, trabajando de forma simbiótica, o el grupo de universitarios, nerds de diseño transformándose en héroes de acción por medio de la ciencia y la tecnología.

    Y una vez más una animación presenta por medio de la sencillez asuntos complejos. Como el mismo Baymax, que se ve tan simple desde afuera. No hay un tratado sobre la robótica ni la inteligencia artificial en Grandes héroes, aunque sí una lúcida mirada sobre las formas de afrontar la pérdida y el dolor que provoca, una historia sobre los lazos que se construyen cuando el mundo se desarma. Es verdad que sucede mucho, que hay un intento de abarcar demasiado (el talento, la genialidad, la relación entre los humanos y la tecnología), que algunas situaciones se resuelven de un modo acelerado, que la dinámica de cuento de hadas puede más, pero no hay que olvidar que es precisamente lo que uno fue a ver: una de robots, de ciencia ficción, una con personajes de Marvel, pero una de Disney al fin. Como en toda adaptación marveliana, no falta el cameo de Stan Lee, que aparece en su versión animada, y no falta la sorpresita para fanáticos después de los créditos.

    Grandes héroes (Big Hero 6). Estados Unidos, 2014. Voces originales: Scott Adsit, Ryan Potter, Daniel Henney, T.J. Miller, Jamie Chung, Damon Wayans Jr., Genesis Rodriguez, James Cromwell. Guión de Jordan Roberts, Daniel Gerson y Robert L. Bair sobre el cómic Big Hero 6, creado por Steven T. Seagle y Duncan Rouleau. Dirección: Don Hall y Chris Williams. Duración: 108 minutos.

    Juan Andrés Ferreira

    Vida Cultural
    2014-12-18T00:00:00

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