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    Gurvich a la sombra de la Catedral

    Nuevo museo

    Es lunes y en el museo recién inaugurado hay solo dos visitantes: una pareja de mediana edad que se muestra distendida y feliz. Tres con el periodista. La pareja recorre los cinco pisos. Empieza en el quinto, como el periodista. Le hacen preguntas al guardia, prolijamente enfundado en un traje oscuro con corbata. Transpira, como la pareja, vestida de verano. Como el periodista. Hace mucho calor en el quinto piso. Demasiado. Le preguntan por el aire acondicionado. Están ahí, enormes, nuevitos, modernos, pero sin funcionar. Todavía no fueron conectados. El periodista se esfuerza por ser optimista. Lo consigue. A medias. La opinión sobre la nueva sede del Museo Gurvich cambia a cada instante. Algo le impide disfrutar de la maravillosa obra del maestro José Gurvich (1927-1974), tal vez el calor o la luz excesiva, cambiante, de piso en piso, de obra en obra. También hay lugares en penumbras, pequeños espacios íntimos.

    El recorrido es largo y variado. Hay cuadros mal iluminados, hay cuadros oscurecidos, hay otros con el foco directo, como un rayo. Hay un cuadro a pleno sol. La pareja lo nota, transpira y lo nota. Comenta en voz alta que ese cuadro está sufriendo. Como ellos. Como el pobre guardia de traje oscuro y corbata. Una pena que la visita y el entusiasmo por una obra maravillosa se empañen con estos detalles. Que se empañe el esfuerzo de tanta gente, el impulso económico y humano fenomenal para reunir, sostener, mantener la creación de este gran discípulo de Joaquín Torres García, constructor de un mundo tremendamente personal y valioso. Pero se empaña.

    “Estos cuadros no tienen comentarios, les faltan las tarjetitas”, dice la pareja. Son porteños, un poco atrevidos tal vez, pero se nota que les gusta el arte. Se sacan una selfie frente a la cúpula de la Catedral, a poquísimos metros, casi dentro de la sala. La vista es imponente. Entre comentarios elogiosos ante tanta belleza, los porteños reclaman por los detalles inadecuados. Es verdad, hay cuadros sin ninguna referencia. Todavía le falta un poco al Museo Gurvich, un esfuercito más. Tal vez se apuraron a inaugurar o abrir, con todo el mundillo culto y farandulero, esa nueva mezcla que permite emprendimientos de este tipo, museos privados muy bienvenidos. Sería de poca visión no entender este aspecto de la cultura actual. Pero ante el apuro, las obras sufren. Y los tres visitantes del lunes también. Por lo demás, el recorrido planea sobre un mundo fantástico, sobre las diferentes etapas del artista que transitó de la Ciudad Vieja y el Puerto al Cerro, de Uruguay a Israel, de la música a la cerámica, de la pintura de pequeño formato al mural, del Taller Torres García y el constructivismo más ortodoxo al formidable universo de pequeñas figuras que llegó a plasmar en la etapa más profunda de su arte. Una etapa abierta, lúcida, contundente. De Uruguay a Nueva York hasta su muerte repentina, por una oclusión coronaria, cuando ya la ciudad abría las puertas de una obra trascendente.

    Cuatro años antes, su padre murió de un infarto en sus brazos, camino al hospital. Judíos lituanos, humildes, su familia llegó al país en 1932. Su padre, un año antes. Instalado en el Barrio Sur, el niño y su hermana Myriam crecen en un ambiente muy especial, entre la sencillez y calidad familiar y el novedoso y acogedor contexto uruguayo de los años 30. Entre inmigrantes y nativos, entre costumbres y lengua entreverada, entre nombres que cambian y perspectivas y sueños que empiezan a crecer en una ciudad pujante y contradictoria, en el país del centenario, nuevito, casi sin historia.

    El pequeño lituano se llama Zusmanas Gurvicius. Demasiado complicado para la maestra y los compañeritos de la escuela Chile, donde pasó su infancia. De allí al nombre José Gurvich fue un paso pequeño pero fuerte. Un dato que volcaría la idiosincrasia nacional en un chico de una sensibilidad exquisita para el arte. Aprendió música y entró al Taller Torres García y no salió más, hasta que cerró en 1962. Hay una foto especial del artista, ya de hombre hecho, en la puerta de su casa del Cerro, acariciando a un perrito blanco de cabeza negra que lo festeja. De pelos alborotados, frente ancha, cuerpo fuerte pero más bien retacón, de cabeza grande. En la mayoría de las fotos a Gurvich se lo ve sonriente, con un rostro expresivo y mirada penetrante. Un hombre, dicen, de tremenda humanidad, profundo; uno se lo imagina entre la gracia de una vida cotidiana, donde todo se disfruta, hasta el vuelo espiritual que traduce en sus obras.

    Hay un Gurvich que puede entenderse perfectamente en el recorrido del museo. Un artista que construye su propia identidad, pero no solo artística. El arte, en sus construcciones simbólicas, en sus obras de juventud, en sus retratos tan simples, en su propio autorretrato, hasta las últimas experiencias donde enterraba sus manos en la naturaleza, en el barro del Miguelete o entre las piedras, lo muestra detrás de una búsqueda constante, envidiable, donde parece encontrar paso a paso rasgos de su historia, de su vida, de un alma poderosa, riquísima, milenaria. No es la de Gurvich una obra desprendida de la humanidad, al revés. Desde lo simbólico, desde la línea y los colores, desde los procesos constructivos a la ruptura de esos márgenes, hay un artista vital de enorme arraigo en una historia de siglos. Eso lo hizo diferente, un artista único, personalísimo.

    Parece mentira que ese niño pequeñito que llegó apenas con cinco años a un lugar exótico, sin historia, sin identidad casi, creciera en ese contexto extraño a su esencia y desde ahí, o a pesar de, lograra insertar mundos y experiencias tan diversos. Toma mate, sí; se hace uruguayo; es uruguayo si es que entonces (y ahora) eso quiere decir algo. Pero es uruguayo de una obra que lo eleva a universal, una obra con raíces en muchos lados, con olores y gustos de una cocina materna ancestral, con una pintura de amplia identidad gestual.

    Es un placer volver a verlo. Frente a la cúpula de la Iglesia Matriz, nada menos, que parece entrar al museo con sus campanarios y campanadas pueblerinas, con ese pedazo de inmigración a cuestas, de campesinos, de almas musicales y manos gruesas. Algo hay en ese ambiente de colores magníficos, algo que envuelve la historia y la hace una, la del pueblito de sus antepasados, la de este lugar donde legó su obra. A pesar del calor y los porteños charlatanes.

    Museo Gurvich. Sarandí 522-524. De lunes a viernes de 10 a 18 horas. Sábados de 11 a 15. Entrada: $ 100; martes, gratis.

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