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    Hace cuánto no soñás con el D.F.

    Hubo cuatro años, entre 2015 y 2019, que los Oscar se tiñeron de verde, blanco y rojo. En ese período —con la excepción de 2017— el premio a Mejor director se lo llevó uno de los Tres Amigos, nombre que se ganó el trío de realizadores mexicanos, y compinches de toda la vida, integrado por Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu. Los tres construyeron carreras exitosas como directores. Los tres comenzaron en México y se consolidaron en Estados Unidos.

    Acercándose a sus 60 años, los cuates se mantienen activos. Del Toro sigue convirtiendo sus fantasías y obsesiones en películas y, más recientemente, en series para Netflix. Cuarón exploró su infancia en México con Roma (2018) y, al igual que su colega, se encuentra trabajando en una ficción para las plataformas.

    En el caso de Iñárritu, hay una pregunta que lo mantuvo alejado de la narración secuencial y que lo llevó de nuevo a su país natal: ¿qué hay más allá del éxito?

    Una respuesta se encuentra en Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades, que se estrena hoy en cines uruguayos previo a su llegada a Netflix a partir del 16 de diciembre.

    Esta es la película más personal y con mayor ambición cinematográfica en la etapa reciente del director de Amores perros (2000). Con su propuesta onírica, en parte una exploración interna de un artista y en parte un recorrido por la historia de México, Iñárritu encontró la manera de transformar su apego al exceso y la provocación en una obra que se anima a imaginar, entretener y emocionar.

    Bardo marca el regreso de Iñárritu a México después de dos décadas sin filmar allí. El dato conviene guardarlo para empezar a entender que, aquí, lo autobiográfico se encuentra en cada uno de los planos de la película, cuya duración de 159 minutos y naturaleza inverosímil conviene conocer dentro del refugio de una sala y no ante la tentación de escape inmediato que el streaming suele ofrecer.

    La historia gira en torno a Silverio Gama, un periodista y documentalista de renombre, salvando las distancias, similar al de Iñárritu. Considerando la precariedad a escala global del periodismo como fuente laboral y bajo el peligro con el que se vive la profesión particularmente en México, el estatus de Silverio es la primera parada del viaje fantástico que el cineasta nos propone tomar con Bardo. Silverio es un periodista cuyos orígenes profesionales se remontan a la radio, como Iñarritu, hasta que decide dar un volantazo en su carrera, como Iñarritú, y termina encontrando el éxito y el reconocimiento internacional. Así inicia una carrera en el mundo audiovisual desde California, donde vive, como…

    Silverio debe afrontar las consecuencias de haber llevado su familia y carrera a Los Ángeles, así como cierta culpa por haber alcanzado el éxito en Estados Unidos. Cuando el protagonista regresa a México para recibir un prestigioso premio por su trayectoria, su pasado y el de su país comienzan a acosarlo de maneras que se alejan de todo sentido de la normalidad. Si Cuarón regresó a México para entender su pasado, Iñarritú lo hace para entender su presente.

    La película se forja mediante una dualidad que se mantiene con constancia. Se propone un tratamiento de los sueños y lo poético mediante la deformación de lo cotidiano y una escala que por momentos es de una intimidad que abruma y por otros es lo opuesto.

    Hay escenas de impacto con cientos de extras presentes, batallones que combaten frente a frente de manera sincronizada y hasta la figura de un antiguo dios azteca. El gigante está muerto a unos metros de una pirámide de cadáveres en la que el propio Hernán Cortés le pide fuego al protagonista mientras dialogan sobre el yugo del colonialismo de España y Estados Unidos, bajo el que México construyó su historia.

    Esa imagen es solo una de las tantas que la película encuentra para perpetuar su afán por la conmoción. Hay varias otras difíciles de olvidar. Tras el inicio, donde la cámara nos propone ubicarnos en el punto de vista de Silverio, que mantendremos en toda la película a medida que se adentra en su pasado y presente mediante una cronología fraccionada, Iñárritu quiere desprenderse con apuro de lo terrenal para que, de ahí en más, nada sea imposible. No hay otra razón para que la siguiente escena muestre a la actriz argentina Griselda Siciliani dando a luz a un bebé que, tras nacer, decide volver al útero de su madre al considerar que el mundo “se ha ido a la chingada”.

    El fantasma de ese hijo muerto es uno de los hilos argumentales más personales en los que la película indaga bajo la figura de Silverio, que como alter ego de Iñárritu indaga sobre cómo el tiempo ha hecho de las suyas simplemente con su mero pasar.

    A medida que emprenden una nueva etapa en sus vidas, tanto el director en la vida real como el periodista en la ficción entienden que el camino que queda por delante es más breve que el que hay detrás. Se aproxima la muerte, la última de las migraciones, según lo describió el cineasta en las notas de producción de la película, que despierta en él una búsqueda por darle sentido a las cosas.

    El sentido de Bardo, entonces, es el de apilar varias de las cruces con las que Iñárritu siente que ha cargado. Son muchas e incluyen la pérdida de sus padres, el peso de ser un emigrante y la crisis identitaria para un artista que ha hecho su arte fuera de su hogar. “¿Hace cuánto no caminás por el D.F.?”, pregunta en un momento el personaje de Siciliani, en pos de resaltar lo perdido por Silverio. Ese tipo de reclamo se combina, en contraposición, con un tributo a la cultura mexicana, presente en la música, los vestuarios, las locaciones y todo lo que haya estado al alcance del director. También se encuentran elementos de denuncia, como una escena que busca reflejar, con humor primero y terror después, el historial de más de 100.000 desaparecidos del país.

    La idea de que la historia personal del autor sea narrada con un arraigo en los traumas de una nación entera es de una grandilocuencia, por qué no, admirable. Pedirle al director de Birdman (2014) y El renacido (2014) sutileza es una demanda fútil y en ese sentido es cierto que Bardo es una película donde las ideas no se esconden bajo reflexiones sino bajo mandatos. A excepción de las escenas que tienen a Silverio conversando con su familia, el resto está cargado de una oratoria de tintes artificiales que intenta, palabra por palabra, transmitir el pensamiento de Iñárritu fuerte y claro.

    Es mediante los diálogos que el director se escuda al adelantarse a varias de las críticas que imagina vendrán con la película. Merece un reconocimiento aparte porque desde su estreno en el Festival de Venecia la película ha sido recibida con críticas variadas y los argumentos en su contra son imaginados, con ironía, por el autor en su relato.

    Sin embargo, y pese a lo egomaníaco de todo el asunto, Bardo encuentra, incluso en los altibajos de menor atractivo, empatía y cariño por sus personajes y su protagonista, un hombre que incluso, tras lograr lo soñado, se enfrenta a los mismos miedos que todos nosotros.

    Como Silverio, Daniel Giménez Cacho encapsula la imagen de un hombre en plena crisis existencial. Vestido siempre de traje, a lo Marcello Mastroianni en 8½ (1963), su deambular tiene algo de peregrino en plena huida, pero también de explorador con hambre por la aventura. Ante la sucesión de hechos inexplicables que pasan frente a él, todo lo que se antepone en su camino y en el del espectador es recibido con igual asombro y gratitud, como si el hombre que ha dedicado su vida a documentar otras finalmente es capaz de vivir y mirar por primera vez con sus propios ojos.

    Con Silverio cambiando el registro por la experiencia, en términos audiovisuales Bardo tiene el objetivo de que todo lo que se vea se sienta más grande que la vida misma. El estado de ensueño se construye mediante una cámara de grandes lentes utilizada por el director de fotografía Darius Khondji, que nada tiene que envidiarle al trabajo que Iñárritu ha realizado previamente junto con Emmanuel Lubezki. Con la cámara como reflejo de la vida, hay un movimiento que no cesa jamás y de esa manera se vuelve natural sentir estas escenas como lo que son: memorias, anhelos y arrepentimientos.

    En ese sentido, las transiciones, muchas veces otorgadas por elementos tan pequeños como un avión o un pájaro que atraviesan el cielo, le dan a la historia una cualidad de expansión sin punto final que comienza a frenar solo cuando las piezas del puzle onírico terminan de encajar para el clímax.

    Algo suele suceder con las películas de Iñarritu, con toda su parafernalia, su exaltación y su necesidad de que sus obras se consideren como actos creativos indiscutibles: en su filmografía reciente, pocas veces las películas invitan a una revisión. Se viven, en cambio, como experiencias de una sola vez, luego resaltadas en breves escenas editadas que se encuentran en compilados y homenajes desperdigados por Internet bajo títulos como Las mejores escenas de cine del siglo XXI.

    Con Bardo, el descaro bajo el que el cineasta se ha dispuesto a exponerse, a poner todas sus carnes en el asador, ha logrado una narrativa distintiva y excepcional que invita a otorgarle más de una sola mirada.

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