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    Haciendo boca

    Lo lindo que tiene este asunto de la mordida de Suárez es que hasta el más idiota puede elaborar una opinión al respecto, está comprobado; y eso es casi la definición misma de democracia. Falta que se expida Adolfo Pérez Esquivel sobre el tema nomás; hasta el mismísimo Bill Clinton dijo que él una vez tuvo un incidente similar, pero que no mordió, que apenas apoyó una de sus piezas dentales superficialmente sobre la tanga de una muchacha en el salón oval (Bill Clinton es el ser humano que hace las cosas por la mitad y después las confiesa: fumó marihuana pero no tragó el humo, bombardeó los Balcanes pero no invadió, tuvo relaciones extramatrimoniales pero sin penetración).

    Por si fuera poco, el episodio destapó en apenas tres días una cantidad de miserias nacionales memorables:

    —El cierre a toda orquesta fue el insulto adolescente de nuestro presidente de 80 años, ante una cámara. Un adulto jamás puede decir “La FIFA son unos viejos hijos de puta”, no por el improperio sino por la ingenuidad vergonzante que delata el enunciado. El interlocutor tiene derecho a preguntarle: ¿Y esto tú lo descubriste en el último mes y medio, en el último año… cuándo te enteraste de todo esto de la FIFA? ¿Cuántos años tenés?, ¿estuviste en coma durante los últimos 50 años, qué te pasó?

    —La defensa de la AUF, con los mejores abogados del país vinculados al deporte, basada en el rudimentario “¿qué mordiscón? No, ¿dónde se ve? No señor, acá no mordió nadie. No hay pruebas”. Dicen que la AUF va a apelar el fallo; espero que no lo haga, a Suárez le van a terminar sacando la custodia de sus hijos, de sus dientes, y de los dientes de sus hijos.

    —La reproducción y legitimación automática de cualquier voz a favor de Suárez, incluyendo la de Maradona en esa Contracumbre del Mundial impresentable que hace con Víctor Hugo, y que no ve nadie que no viva en Venezuela, Cuba, Irán o Corea del Norte; es un programa de fútbol para gente a la que no le importa el fútbol, y que no le importa perder el tiempo tratando de descifrar qué quiso decir Maradona.

    —El arribo al aeropuerto de nuestro presidente a esperar a Suárez… ¡cuando Suárez no había salido de Brasil! (es el presidente, ¿no se supone que alguien debería darle información fidedigna y confiable?)

    —El insulto adolescente de todos nuestros periodistas deportivos, hablando del asco que les da la FIFA con su acreditación de la FIFA colgada en el cuello y siendo el quinto Mundial al que concurren. Individuos que visten traje y corbata hasta para ir a la playa, ahora disfrutan de una primavera de rebeldía populista inesperada.

    —La presunción infantil jactanciosa de que nos perjudican porque nos tienen miedo, porque incomodamos a los poderosos. Si de verdad lo creemos (algo de por sí penoso), al menos deberíamos tener el recato de no expresarlo en voz alta.

    —La escena con mil personas instaladas afuera de la casa de Suárez para ver el partido en una pantalla gigante colocada por una empresa de cable. Tener una horda de psicópatas en la puerta de tu casa cantándote el himno es mucho peor que cualquier sanción de la FIFA. Suárez salió al balcón a saludar con sus dos hijos en brazos, que es lo que uno hace ante un psicópata: fomentar su lado compasivo mostrándole la familia: “¡Tengo hijos! ¡Por favor, váyanse, déjennos en paz, tengo hijos!”.

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