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    Haciendo boca

    Cuando todos miramos a un mismo lugar y nos expresamos al mismo tiempo sobre un mismo hecho, el resultado es tenebroso. El Mundial de fúbol fue un festival de la desmesura, cercano a la locura colectiva. Funcionamos como multitud, y la multitud es más peligrosa que una maestra adentro de un cohete espacial (averigüen cómo terminó esa gracia). El invento de las redes sociales acelera el peligro destructivo: la inmediatez y facilidad con la que cualquier individuo consigue encontrar los pares para confirmar sus ideas y envalentonarse, es una bomba de tiempo. Antes las multitudes tenían que coordinar su encuentro en un espacio físico, y estar presentes, eso ahorraba desastres; pero ahora el encuentro es en el celular o la computadora. Las redes sociales son el reino de la manija, el juicio moral y la agresión instantánea; la voz de la multitud se afianza, se enardece y arrasa todo lo que salga a su paso con un extremismo fanático. Si en la Guerra Fría hubiesen existido las redes sociales estallaba todo a la mierda; se los firmo.

    El caso Suárez fue la muestra más notoria de ese festival de exageraciones. La mentira colectiva uruguaya de negación y gestos adolescentes anti-sistémicos por parte de gente adulta ya la conocemos (y fue vergonzante), pero lo que generó en el resto del mundo fue igual de desmedido y virulento. Expuso el apetito feroz de castigos ejemplares, algo que las multitudes disfrutan más que un feriado que cae lunes, es su manjar predilecto. Todos podemos sentirnos más dignos que el castigado (un goce primitivo, noten cómo el niño disfruta cuando se reprime al perro, al comprobar que está un escalón por encima en dignidad y civilización), y cuanto más duro el escarmiento más dignos nos sentimos; funcionamos así, con esa linealidad directamente proporcional rudimentaria. Seguimos yendo a la plaza a alentar el linchamiento; ahora el escarnio es menos físico, pero el placer es el mismo. Uno respeta más a los musulmanes después de presenciar esto. Ellos no andan escondiendo ese deseo fervoroso y antiguo de la multitud: colgar gente de las pelotas cada vez que se pueda. No se lo reprimen, arman una fiesta preciosa, participativa, integradora, niños, jóvenes y abuelos le tiran piedras al desviado/a o aplauden el ahorcamiento y vuelven más felices y unidos a su casa.

    A Suárez no lo echaron del mundial, lo echaron del mundo. Y la FIFA hizo lo que pedía a gritos la muchedumbre: un escarmiento correctivo y sangriento. Una encuesta que hice con mi consultora después de la sentencia a Suárez, para calibrar el humor de la multitud, arrojó que el 74% piensa que la pena de la FIFA fue demasiado blanda. Dentro de ese grupo se recogen opiniones como las siguientes:

    “Está bien lo de los 4 meses sin poder acercarse a cualquier cosa que se vincule al fúbol incluyendo el libro de Galeano (esa es la parte piadosa de la sanción), pero deberían mandarlo a un psiquiatra y someterlo a una sesión de lobotomía láser definitiva, para borrarle esa manía horrible que no representa los valores del deporte”. Estalin Ortiz, oficinista de Bogotá.

    “Es un caníbal. 2 años de suspensión y de coserle la boca antes de volver a pisar una cancha de fútbol”. (Sulaiman Suli, sanitario de Nueva Dheli).

    “Creo que el narcotraficante mexicano que agarró la Interpol alentando a México en el Estadio tuvo una salida más amigable del Mundial que Suárez. Y me parece bien”. Miguel Herrera, DT de México.

    “Lo más justo era tirarlo a una jauría de perros hambrientos a ver si se defiende mordiendo ahí ya que le gusta tanto”. Kim Chong, taxista de Corea del Norte.

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