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    Haciendo boca

    Estuve en París. Precioso París, pero hay algo que me perturba profundamente: esconden a Napoleón, sienten un extraño remordimiento anacrónico por la osadía imperial de hace dos siglos de un hombre único, en lugar de contarlo como algo divertido y propio de aquella época. Negar a Napoleón es entender muy poco de la humanidad y sus personajes. Al mismo tiempo, adoran hasta el fetichismo a los mártires, cualquiera sea su procedencia espacial o temporal, y sin importar su atractivo como persona antes de ser asesinado. Llenito de memoriales, montmartres (monte de los mártires), homenajes a caídos a cada paso. Incluso María Antonieta está más presente que Napoleón, María Antonieta tiene imanes para la heladera, alguna sala de museo que hable de ella, camisetas, posavasos y todo eso en lo que se mide la presencia de personajes históricos en las ciudades turísticas. Que le hayan cortado la cabeza se ve que la transforma en mártir, y a los franceses les gustan más los mártires que los crêpes y el queso podrido.

    Una sociedad que se mueve por ese remordimiento aplicado con retroactividad desde la visión contemporánea y moralista, tiene serios problemas. No miremos más a Francia, por dios, es divino para pasear, pero no es ejemplo de nada. El Mayo francés, esa manifestación teatral juvenil poco verosímil y autocomplaciente, está ahí para recordarnos la inconveniencia de imitar el camino de los franchutes. ¿No sienten remordimiento por el daño que le hicieron a la humanidad con el Mayo francés y sus infantiles consignas? A lo mejor sí lo sienten, tampoco vi imanes del Mayo francés, nobleza obliga. No debe haber momento de la historia del siglo 20 más al pedo y sobrevalorado, además de nocivo; hasta hoy estamos pagando consecuencias: estos, los que armaron el último descalabro financiero en Europa con las fiesta de las hipotecas, son los hijos malcriados de aquellos, los del Mayo del 68. Las cuentas cierran. Tipos de 30 o 40 años, hijos de los bejertos del Mayo francés, que se comportan como el resultado de la crianza libre bajo el principio “dejemos a nuestros niños andar descalzos por los campos sin prohibirles nada ni marcarles límites, prohibido prohibir, la imaginación al poder, etc.”, que en la cabecita de esos niños encontró la siguiente traducción a medida que crecieron: “saquemos créditos que nos hagan libres y nos permitan andar por la pradera en un 0 km, y caminar descalzos en un apartamento moqueteado de 700 lucas, trabajando 6 horas por día y ganando dos mil euros al mes”.

    Si Francia quiere retomar su vieja senda de grandeza tiene que volver a la guillotina. La Francia pos guillotina, año más año menos, ha demostrado ser inútil para el mundo y para sí misma. La cabeza debe ser como el tema del pelo: dicen que si te pelás, lo cortás de raíz, te crece mucho más fuerte y sano, ¿verdad? Cuando los franceses cortaban cabezas, les crecían otras cabezas mucho más fuertes y sanas. ¿Se entiende lo que quiero decir? Había algo en la guillotina que los hacía mejores después, a los que venían atrás o simplemente a los que no les guillotinaban la cabeza, porque uno también empieza a valorar más su cabeza cuando ve rodar tantas otras; esa práctica tan denostada tenía un efecto positivo para la sociedad: la valorización de la cabeza propia a partir de ver la de otro caer adentro de un canasto. Ese respeto se perdió en Francia, y se están haciendo paté de foi como nación hace décadas. Pero para ir a visitar es precioso.