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Acá el único en anticipar el fracaso de Facebook en la bolsa de valores fui yo, quien les habla para más datos; pueden ir a mirar el nombrecito en el título de la columna y volver si quieren. Queda mal que yo lo diga, pero como sé que nadie lo va a reconocer, ni Gianelli, ni Paolillo, ni Arbilla ni nadie, lo digo y chau. Con todos los expertos que hay, todos los Odones, todos los Talvises, todos los Capurros, el único en este país que públicamente sostuvo que las acciones de Facebook eran un paquete bárbaro fui yo (en este momento estoy señalándome el número y mi nombre en la espalda de la camiseta como los jugadores de fóbal).
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Ahora los expertos internacionales andan argumentando que la falta de solidez de Facebook fue tapada, en un principio, por el gran entusiasmo del público por las redes sociales. Les pregunto: ¿cuándo se van a dar cuenta que el entusiasmo del público en las redes sociales no representa el entusiasmo del público en la realidad? Lo mismo les pasa a los que arman manifestaciones porque tres mil personas les pusieron “me gusta” en la página, y después le van siete. Quieren trasladar una realidad que no es a la otra realidad tangible que sí es, y no hay manera. ¿Por qué? Porque el entusiasmo con las redes sociales es hijo del aburrimiento más feroz que el hombre pueda conocer, el aburrimiento de las oficinas.
La vida en las oficinas es un mundo aparte en el que se sumerge involuntariamente una enorme cantidad de gente a diario, y del que cada integrante de ese calabozo trata de evadirse bajo cualquier excusa. Las reglas son diferentes: el tiempo corre más lento, el flujo sanguíneo disminuye acompasándose al sopor del tedio, el oxígeno escasea más que la tinta en las impresoras, la voluntad del individuo se quiebra como un grafo, el alma del ser humano se arrastra por los pasillos en busca de una oportunidad de respirar y sacudirse algo de la humedad opaca y verdosa de la rutina; a la gente que está así de aburrida, bajar a comprar un paquete de galletitas para la merienda le resulta tan alentador y dignificante como llevar la antorcha de los Juegos Olímpicos. He visto peleas de oficina por decidir quién baja a buscar galletitas. ¿Es real ese entusiasmo por bajar a comprar galletitas, llegarían a ese extremo si no estuvieran aplastados por el insostenible peso de la monotonía? No, señores, se pelearían por no ir si su situación fuera otra, si no fueran soldados penitentes del ejército del hastío. El tedio es como una melaza, como un caramelo que se pegotea en el alma y genera la sensación de que va a estar ahí para siempre, como cualquier pegote, ya sea del alma o de los dedos, se caracteriza por hacer creer a la víctima su condición de eterno (¿o me van a decir que cuando tienen pegoteados los dedos no sienten que su vida pasará a ser una vida de dedos pegoteados por el resto de las horas?).
Entonces, cualquier actividad, por estúpida que sea, que lo saque a uno de esa languidez que lo aprisiona todo y carcome la voluntad de vivir, aparece ante los ojos como un acto de libertad suprema. Y lo mismo que pasa con el paquete de galletitas pasa con Facebook, con una cadena de “sabés cómo le dicen”, o con cualquiera de esas promociones de Internet que ofrecen hacerse las manos por 30 pesos en una peluquería o unos masajes al 60% de su valor. ¿Saben la alegría que representa eso para las oficinas? Una muchacha que se compra un baño de crema por 70 pesos por Internet desde la oficina, en el momento en que lo adquiere siente la misma libertad que Mandela al salir de la cárcel después de 30 años de martirio. No me lo van a creer, pero es así.