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    Haciendo boca

    La pregunta que surge casi siempre, al notar los tics odiosos de la gente más avanzada en edad que uno, es: ¿yo también voy a ser así? Lamentablemente la respuesta es afirmativa en la mayoría de los casos, hay vicios conductuales inherentes a la edad del hombre, de los cuales es casi imposible escapar. Lo extraño es que siempre parecen ajenos a nuestra personalidad, y después llega el momento y ¡zaz!, ahí está uno haciendo eso mismo que detestaba cuando aún no le había llegado la hora de ser ese hombre.

    Uno de los futuros posibles que más me angustia es el personaje nacional del viejo que se da para adelante a sí mismo cada vez que le conceden la oportunidad. Cercano a los 80 años (sí, ya me miro en esos espejos), representa un personaje típico y omnipresente en Uruguay (desconozco cómo será en otros países, pero acá es un clásico). Para universalizar el ejemplo pienso en personajes más o menos públicos: un D’Angelo, un Arana, un Frade, que salen en los medios dando entrevistas o algo similar, y siempre, por h o por b, se terminan autohomenajeando, (¡siempre!); al tiempo que aprovechan para denostar a quienes no pertenecen al grupo selecto de sus congéneres, siendo este último acto bastante más divertido que el anterior: al menos cambia maldad y descalificación áspera por la autocelebración complaciente y edulcorada que es definitivamente somnífera.

    Me pregunto con insistencia si me convertiré en el personaje del viejo que vive hablando loas de sí mismo, ejercicio que sólo interrumpe para hablar loas de las personas que lo rodeaban en los años productivos de su vida, con el único afán de dar a entender, mediante el ensalce de terceros y por transitiva, lo formidable que era él mismo en aquel entonces, que por algo formaba parte de ese conjunto privilegiado de gente estupenda.

    Hoy les pido a mis seres queridos —y a ustedes lectores también, por qué no—, solemnemente, que si el día de mañana me ven hablando durante horas de mí y mis logros (los cuales tendré que inventar, calculo, porque ateniéndome a los hechos reales no lleno ni 15 minutos de soliloquio), y de la gente brillante con la que me codeaba y las cosas fantásticas que hicimos juntos tan impresionantes para la época, etcétera, si alguno de ustedes llega a andar cerca, le ruego que tome un revólver y me pegue un tiro en el pecho. Se los pido como amigo.

    Ya sé que no somos amigos, pero quien accione el gatillo en esa oportunidad pasará a serlo automáticamente, y sin tener que soportar mi presencia, que es lo feo de la amistad. Será como un amigo póstumo, en todo caso. Con ese gran gesto ustedes podrán tener la experiencia inolvidable de pegarle un tiro en el pecho a alguien sin remordimiento, una oportunidad única.

    Lo más lindo es que a ese comportamiento enfermizo le llaman “experiencia”, Dios mío. Otra mentira de la sociedad: la experiencia. Que un viejo te atornille las guindas durante horas jactándose abiertamente de todos —lo que él considera— sus aportes a la humanidad y lo crá que fue en otra época y cómo en el presente por la miopía hija del vértigo del useloytírelo su entorno no logra percibirlo e increíblemente no se juntan de a cien mil personas en una plaza a escucharlo mientras él recuerda pasajes de su vida, es conocido como un valor social al que se le denomina experiencia.

    Mátenme si tienen la chance, por favor; yo ya no seré este que se los pide, seré otro que negará mil veces esta solicitud, pero en el fondo habrá un hombre agradecido.