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    Hacinados en el hall

    Por E.A.L.

    N° 1683 - 11 al 17 de Octubre de 2012

    Entre las imágenes urbanas más patéticas y mezquinas, destaca sobremanera la de los copropietarios de un edificio reunidos en el hall de entrada. El transeúnte que pasa caminando por la vereda o el pasajero que mira desinteresadamente a través de la ventana del ómnibus, descubre a una serie de personas de pie en un hall, por lo general pequeño o insuficiente para la cantidad de gente allí congregada. No se ve el ascensor, no se ve la escalera, no se ven los buzones, no se ve nada: solo un puñado de gente de pie, apretada, aburrida, seria.

    Nadie desea poner a disposición el living de su casa para reunir a los otros copropietarios del edificio. Estarían más cómodos por más pequeño que fuera el living de un apartamento modesto, porque siempre será más amplio que el hall de un edificio modesto. Además, al menos algunos, digamos los más ancianos, podrían sentarse.

    Pero no. Es mejor tener a los vecinos lejos de nuestra intimidad. Es mejor estar todos de pie en el hall de entrada y discutir las humedades y el perro que ladra y la reparación del portero eléctrico y la inminente suba de los gastos comunes. Y todo esto mientras el resto de los habitantes del edificio entra o sale.

    Imaginen a un pariente medio despistado que acaba de arribar de un largo viaje con una valija en cada mano, sudando y con mal olor. O a un adolescente que vuelve a casa con su caña de pescar y su bicicleta y que se abre camino golpeando a los presentes sin querer y por un milagro no le arranca un ojo a la señora del 4º F.

    O mejor aún: imaginen a la hija de uno de los copropietarios, que llega algo borrachita con su novio, que a su vez exhibe un estado de excitación notorio en la entrepierna. Aquí tenemos una preciosa escena: quien deseaba evitar a los vecinos en su propia casa para salvaguardar su propia intimidad, ahora debe compartir con todos los copropietarios hacinados en el hall —que miran con ojos bien abiertos y comentan por lo bajo— el estado tóxico de su hija y el grado de excitación del novio. Los chicos saludan torpemente, pasan a centímetros de las sardinas apretadas y se toman el ascensor para escapar lo más pronto posible del horror (también imaginen la tensa espera del ascensor).

    Así son nuestras pequeñas historias de medianeras, balcones, escaleras y ascensores, de reglamentos de la propiedad horizontal, de gastos comunes y de felices copropietarios.

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