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    Hecho un demonio

    El ángel, de Luis Ortega
    Colaborador en la sección de Cultura

    A Carlos Robledo Puch, el mayor asesino de la historia argentina, la Justicia le adjudica 17 robos, 11 asesinatos, dos raptos y un ataque sexual. Todo acontecido entre el 3 de mayo de 1971 y el 3 de febrero de 1972. Y el todo antes de cumplir 20 años.

    Parecía incluso más chico. De complexión menuda, de no más de un metro sesenta de estatura, facciones delicadas, cara aniñada, los ojos claros, intensos, y cabello enrulado, apenas domado, Robledo Puch no encajaba, en varios sentidos, con los monstruosos rasgos que sus crímenes proyectaban sobre el imaginario de la época. El nene de rulos provenía de una familia de clase media, no le sobraba pero tampoco le faltaba nada; tocaba el piano y hablaba alemán e inglés. La prensa de entonces lo llamó “el ángel negro” o “el ángel de la muerte”. Y si bien lo angelical remite a su aspecto físico, también sugiere que se trata de un ser que no pertenece a este mundo. Alguien (o algo) no enteramente humano.

    Es el criminal argentino que lleva más tiempo preso. Una vida. Cada tanto, niega haber cometido los crímenes que se le imputan.

    Robledo Puch fue condenado a cadena perpetua. Actualmente tiene 66 años, 46 de los cuales los ha pasado entre rejas. Es el criminal argentino que lleva más tiempo preso. Una vida. Cada tanto, niega haber cometido los crímenes que se le imputan (y existe la posibilidad de que hayan sido 12 y no 11 los asesinatos). Desde la cárcel, hace 10 años, se declaraba nazi y aseguraba que la Biblia era su libro de cabecera. Y además, fantaseaba con que esa vida podía ser llevada al cine, con Leonardo Di Caprio como protagonista y bajo la dirección de Martin Scorsese. Incluso iba un poco más lejos: se ofrecía a escribir el guion y a participar como doble de acción en las escenas de riesgo. “Nadie más que yo es capaz de hacer todo lo que yo hice”, había dicho. Para hacerla completa: se imaginaba a sí mismo de esmoquin en la ceremonia de entrega de los Premios Oscar de la Academia, codeándose con la crema y nata de Hollywood. “El mundo es de los ladrones y los artistas”, le habían dicho. “Los demás tienen que salir a trabajar”.

    Una década después, la fantasía de Robledo Puch se materializa, al menos en parte, con El ángel, del cineasta argentino Luis Ortega. Presentada en mayo en el Festival de Cannes, dentro de la sección Un Certain Regard, esta producción argentino-española (El Deseo, de los hermanos Pedro y Agustín Almodóvar, es la productora de España) se proyecta en casi 400 salas de Argentina y convocó, en el fin de semana de estreno, a más de 330.000 espectadores.

    Ortega se inició como guionista y director a los 18 años con el filme independiente Caja negra. Ahora, con su quinta película ingresa nuevamente a la escena criminal de su país. Tiempo atrás, con Historia de un clan (2015), reconstruyó en una serie de ficción los pasos del secuestrador y asesino Arquímedes Puccio. Y, como en aquella oportunidad, el director se basa principalmente en las investigaciones del cronista policial Rodolfo Palacios, autor del título considerado definitivo sobre este personaje, El ángel negro: La feroz vida de Carlos Robledo Puch. Palacios también participa en la elaboración del guion junto a Ortega y el periodista y novelista Sergio Olguín.

    El largometraje relata un tramo muy específico de la vida de Puch. Y se apoya especialmente en esa condición no enteramente humana, no enteramente de este mundo, de “el ángel de la muerte”. Carlitos (el debutante Lorenzo Ferro, que lleva buena parte de la película sobre sus hombros) camina tranquilo, despreocupado por la calle, y se mete, como si nada, en una casa que no es la suya. Revisa las habitaciones, los cajones, se sirve un trago, pone un poco de música, El extraño de pelo largo, y baila con entusiasmo. La presentación del personaje ya marca el tono y el estilo de la película. No se trata de un oscuro relato policial sino del retrato, colorido y musical, con alguna sutil coreografía incluida, de un personaje enigmático y repulsivo, ambiguo y extravagante, sensual y fascinante. El Robledo Puch de Ortega está hecho un demonio. Es una bestia pop. Y para seguir este plan, el realizador introduce algunas modificaciones a la historia policial oficial. Carlitos, que era conocido como el Colorado, apodo que detestaba, pasa a ser el Rubio, apodo que el personaje también detesta. Su padre, Héctor (interpretado por Luis Gnecco) ya no es un mecánico de la General Motors y en el filme de Ortega trabaja vendiendo aspiradoras. Es su madre (Cecilia Roth haciendo nuevamente de Cecilia Roth) y no su abuela la que lo consiente, aunque, al igual que su padre, insiste en que no quiere que el nene siga trayendo “cosas prestadas” a la casa. Su amigo y cómplice Jorge Ibáñez, a quien le decían Queque, y entraba en las iglesias por la noche para robarse las limosnas, en la película pasa a llamarse Ramón, y es interpretado de manera notable por Chino Darín. Y, como la persona real en la que está inspirado, Ramón sueña con ser estrella de cine o televisión. O, si se puede, hacer alguna publicidad de cigarrillos.

    Robledo Puch fue condenado a cadena perpetua. Actualmente tiene 66 años, 46 de los cuales los ha pasado entre rejas.

    Carlitos y Ramón se conocen en el colegio. La tensión sexual entre ambos se instala desde el comienzo, con las provocaciones del rubio de rulos y labios de churrasco. Se hacen amigos. Un día, José, el padre de Ramón, le enseña a Carlitos a disparar. Y se da cuenta de que tiene ahí, frente a él, un diamante en bruto. Además de la buena puntería, el diamante sabe de una armería a la que se puede entrar y robar de manera salvaje. José, interpretado por Daniel Fanego en modo Secundario Que La Rompe, se relame. Empieza el show.

    Así, mientras crece y gana matices la tensión homoerótica entre ambos, también gana velocidad y vértigo la sangrienta carrera de Carlitos y Ramón. Al menos, una parte de esa carrera sin freno. Ortega decide dejar de lado algunos de los elementos más monstruosos y realzar los rasgos tiernos. Incluso inventa un cierto gusto por la pintura. De boliche en boliche, robando motos, autos y joyas, habitando hoteles baratos, tratando de colocar cuadros robados, matando sin piedad: la vida loca de “gatillo feliz”. Atrevido, audaz, impulsivo, con entusiasmo e inconsciencia juvenil, al filo de la locura, Carlitos vive como si no existiera el mañana. Hace lo que quiere cuando quiere. Parece tener siempre una respuesta para todo. Cree ser libre, pero en realidad está desesperado, frustrado, y no tiene mucha idea de lo que hace.

    El ángel (Argentina, España, 2018). Dirección: Luis Ortega. Guion: Luis Ortega, Rodolfo Palacios, Sergio Olguín. Con Lorenzo Ferro, Chino Darín, Daniel Fanego, Mercedes Morán, Cecilia Roth, Luis Gnecco, Peter Lanzani. Duración: 117 minutos.

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