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    Héroe de derechas

    En 1993 en los Estados Unidos coincidieron tres películas de las más taquilleras de Clint Eastwood en cartel: Los imperdonables, En la línea de fuego y Un mundo perfecto. La primera, una de las más importantes de toda su filmografía y con una montaña de premios Oscar (incluida mejor película y mejor director) y la tercera dirigidas por el propio señor Eastwood; la segunda a cargo del alemán Wolfgang Petersen. En las tres figuraba Clint como ese actor icónico a escala mundial —gestos mínimos, mirada de pocas pulgas, gruñido latente— en el que indiscutiblemente se ha transformado. Y las tres son un buen resumen de sus caracterizaciones: el asesino envejecido que toma un último encargo para vengar a las prostitutas que lo contrataron y arrasa con un pueblo entero, el guardaespaldas que fracasó en su intento de salvar a JFK pero tendrá una posibilidad de redención y el sheriff malhumorado que debe cazar a un fugitivo que ha tomado a un niño como rehén.

    El 31 de mayo de 2020 cumplirá 90 años. Seguramente, tiene algún proyecto para celebrarlo. Y si bien sus últimas películas no son un ejemplo de lo mejor de su carrera, siguen proliferando a casi una por año, lo que habla a las claras de un espíritu indomable que a pesar de la edad emparenta al héroe que siempre encarnó con el también indomable director que es: dispuesto hasta el día de hoy a encontrar temas y personajes para llevar a la pantalla. No es descabellado compararlo, por su alcance épico, por su amor al western y por su firmeza detrás de cámaras, con otro capo de la dirección: John­ Ford. Aunque Ford se fue a los 78 años con cuatro estatuillas como mejor director, mientras que Clint tiene dos (Million Dollar Baby en 2004 le mereció la segunda).

    Las últimas historias en las que Clint ha puesto el ojo han sido disparadas por sucesos verdaderos, por lo general gracias a artículos periodísticos que también se transformaron en la piedra angular de sus guiones, como el eximio francotirador y héroe de la guerra de Iraq, muerto en extrañas circunstancias (Francotirador, 2014). O el piloto que realizó un valeroso aterrizaje de emergencia salvando a toda la tripulación (Sully, hazaña en el Hudson,  2016). O los muchachos que en un viaje en tren por Europa impiden que un terrorista haga estallar una bomba (15: 17 Tren a París, 2018). A esto hay que sumar al vejete amante de las flores que, viendo su negocio ir a pique, realiza él solito y con su camioneta unas cuantas entregas de sustancias ilegales (La mula, también de 2018). Todos héroes americanos dentro de la ley, al filo o por fuera de ella, valientes, de armas tomar y espíritu republicano, como el propio Clint.

    Y así llegamos a Richard Jewell, que siempre quiso ser policía pero debió conformarse con ser guardia de seguridad. En plenas Olimpíadas en Atlanta, en 1996, este vigilante gordito, de rostro entre inocente y bonachón, descubre durante un concierto en un parque al aire libre una mochila que resulta ser una bomba. Da la alerta, desalojan a buena parte del público pero finalmente la explosión es inevitable: mueren dos personas y otras resultan heridas. En la investigación posterior el FBI sospecha, primero que nada, de quien descubrió el artefacto: Richard Jewell. ¿Y quién es este señor? Pues bien, un gordito de aspecto inocente y bonachón, bastante obsesivo con la ley y los horarios, que siempre quiso ser policía, pero como no pudo lograrlo trabaja de guardia de seguridad, y para colmo vive con su madre (¡que es Cathy Bates!) y tiene armas en su casa. Bingo: con semejantes antecedentes el gordito es el principal sospechoso, el lobo solitario que puso la bomba. Está plagado de estos freaks, lo dicen los archivos federales. Por allí aparece una periodista inescrupulosa (Olivia Wilde), de las que desean historias de primera plana a toda costa, y un  agente del FBI débil a las propuestas carnales (Jon Hamm). Ambos personajes componen el costado más endeble de la película. Entonces el pobre Richard irá a juicio, y es posible que lo condenen a muerte. Pero dentro de todo tiene la suerte de que su abogado defensor sea Sam Rockwell, un tipo que le cae bien a todo el mundo y que te levanta cualquier película.

    Sencillo, limpio, como le gusta a Clint Eastwood. Y eficiente, rápido, nada de perder el tiempo en detalles y que el rodaje se alargue innecesariamente. Ningún aditamento ni toma extra. Los datos suficientes para armar un drama con guion de Billy Ray, basado en un artículo periodístico de Marie Brenner, cuya investigación también originó las intrigas tabacaleras de El informante, de Michael Mann. Y un gran acierto en la elección del actor principal, que recayó en Paul Walter Hauser, que viene de una familia de luteranos y semejante lastre lo capitaliza a las maravillas. Cuando El caso de Richard Jewell tropieza con ciertos lugares comunes (la desmedida candidez del protagonista, el sufrimiento de su madre, la maldad de la periodista, la excesiva tontería del agente del FBI), allí está Hauser con su inocencia controlada y un mundo interior misterioso para salvar la empresa.

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