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Su voz es inconfundible. Habla desde la sabiduría y el reposo. Al principio pregunta, se interesa por saber los motivos y las razones que guían a un hombre a cometer tales salvajadas. Es Bruno Ganz haciendo de Virgilio, el interlocutor del asesino serial interpretado por Matt Dillon en The House that Jack Built (2018), la última película de Lars von Trier. Ganz da vida a esa presencia, ese barquero que te lleva a los infiernos, que ya no juzga porque no es necesario. Un papel que parece hecho a su medida, como todos los papeles que interpretó. Es que cuando un actor es tan bueno, todas sus caracterizaciones parecen hechas a medida.
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Tenía un rostro que no era de galán, ni de héroe, ni de villano. Tampoco de ser gris o perdedor o eterno melancólico. Los rasgos distintivos son fundamentales para el primer impacto de una actuación: la cara ordenada en falsa escuadra, los ojos saltones y la cicatriz te llevan hacia un lado; la mandíbula cuadrada y la nariz chata o aguileña, hacia otro. El rostro de Bruno Ganz era sencillamente el de un hombre de ninguna parte. Era suizo y hablaba en alemán, pero bien podría haber sido italiano. O inglés. O francés. Incluso uruguayo, con ese aire a paisaje levemente ondulado y perfil bajo.
Un hombre de ninguna parte que también es un tremendo actor puede hacer, por ejemplo, de maquinista de barco mercante que deja su trabajo, sus responsabilidades maritales, todo, al pisar Lisboa como En la ciudad blanca (1982), de Alain Tanner. Vaga por las calles de esa hermosa ciudad, se toma un tranvía, pernocta en una pensión, entra en unos billares, mira un partido de fútbol en la tele y conversa con lo parroquianos, que apenas le entienden, tiene un fugaz romance con la dueña de la pensión. No habla portugués, no sabe hasta cuándo se quedará en la ciudad pero como se ha comprado una pequeña cámara de Super 8 mm, filma todo lo que puede. Y eso es lo que únicamente le envía a su mujer, que está en otra parte del mundo y no recibe una sola línea, una sola explicación: solo imágenes de calles y plazas y bares de Lisboa.
Un hombre de ninguna parte que también es un tremendo actor es capaz de volverse un aristócrata ruso enamorado y disolver a su personaje hasta transformarlo —al mejor estilo de Robert Bresson— en un soldadito teatral que va y viene, como en La marquesa de O (1976), de Eric Rohmer.
También para Bruno Ganz fue el papel del empleado que viaja a Transilvania a venderle unos terrenitos al conde Drácula en Nosferatu, el vampiro (1978), de Werner Herzog. Quienes encarnaron al príncipe de las tinieblas siempre son recordados (Bela Lugosi, Christopher Lee, Frank Langella, Gary Oldman), pero nadie se acuerda del vendedor inmobiliario, un personaje lateral, un accesorio en la historia, hasta que llegó Bruno Ganz.
En 1981 hizo de periodista arrojado en Beirut, que debe hacer su trabajo entre las bombas, al mismo tiempo que se arrastra por el piso para no ser alcanzado por esquirlas y llegar sano y salvo al intercambio de fluídos con Hanna Schygulla, en El ocaso de un pueblo, de Volker Schlöndorff.
Un punto de inflexión de lo que sería su presencia en la pantalla es El amigo americano (1977), de Wim Wenders, la mejor versión cinematográfica hasta el momento de una novela de Patricia Highsmith. Interpretaba a un modesto marquero con una enfermedad terminal que se introduce en el mundo del hampa para conseguir un dinero extra. Hay una escena en el andén del metro, él con bigote y gabardina cremita, que lo define para siempre: un hombre en la multitud. Pero ese hombre en la multitud o de ninguna parte, que podría ser cualquier empleado u oficinista a la salida de su trabajo, estaba cincelando a uno de los mejores actores contemporáneos.
Bruno Ganz y solo Bruno Ganz podía ser el ángel Damiel de Alas del deseo (1987, otra vez con Wim Wenderes), el que vela por los suicidas, por los más ancianos y desamparados, una figura poética, mítica, metafísica, ideal para él, con un sobretodo oscuro que le va de maravillas a una película casi toda en blanco y negro pero completamente luminosa. “Cuando el niño era niño andaba con los brazos colgando, quería que el arroyo fuera río, que el río fuera torrente y este charco, el mar. Cuando el niño era niño, no sabía que era niño, todo le parecía animado y todas las almas eran una. Cuando el niño era niño, no tenía opinión sobre nada. No tenía ninguna costumbre. Se sentaba en cuclillas, se levantaba corriendo, tenía un remolino en el cabello y no ponía caras cuando lo fotografiaban”. Lo escribe Peter Handke y lo dice Bruno Ganz.
Un hombre de ninguna parte que también es un tremendo actor de pronto se convierte en la figura maldita de la historia: Adolf Hitler. No resultó nada sencillo para Bruno Ganz hacer La caída (2004), de Oliver Hirschbiegel. Fue la mejor actuación que se haya hecho nunca del Führer, y ese traje se lo pusieron algunos nenes como Sir Alec Guinness. “No puedo interpretar una idea abstracta del mal, necesito apoyarme en algo tangible, humano”, dijo Ganz en una entrevista. Así vemos los últimos días de un Hitler desesperado, que grita e imparte órdenes absurdas a sus subordinados, y que en su resignación es amable con su secretaria y acaricia a su perra.
Había nacido en Zürich. Su padre era un mecánico suizo y su madre era italiana. En su adolescencia trabajó como vendedor de libros y estudió para ser paramédico. Debutó en teatro en 1961 y en 1970 ya dirigía una compañía en Berlín. Fue parte esencial en películas de Theo Angelopoulos, Claude Goretta, Atom Egoyan y Sally Potter. Murió de cáncer el 16 de febrero, a los 77 años. Ahora habrá que buscarlo en las cúpulas, campanarios o en el último piso de un edificio, velando por nuestras miserables vidas.