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Quizás lo que primero que conviene comentar acerca de esta película escrita por Lee Hall, guionista de Billy Eliot, y dirigida por Dexter Fletcher, el director que tomó la posta de Bryan Singer en Bohemian Rhapsody, es que se trata de un biopic musical y no de una película biográfica convencional. Esto es: acá hay personas que dialogan y luego cantan y bailan y luego vuelven al diálogo como si nada y a continuación siguen cantando y bailando —como si nada.
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Conviene tener esto en cuenta también por otra razón. Como ocurre incluso en las biopics convencionales, el filme acomoda algunas acciones, diálogos y situaciones, y recurre a metáforas y elipsis según las necesidades dramáticas, lo cual puede resultar especialmente perturbador e inquietante para quienes le exigen a una película biográfica que sea “fiel a la realidad”. Es que, hasta donde se sabe, el verdadero Elton John jamás viajó en el tiempo para abrazar a Reginald Kenneth Dwight, el niño que fue antes de convertirse en superestrella de la música, tal como se ve en la película, así como tampoco ha sido debidamente chequeado que, en la vida real, el cantante y compositor británico fuera capaz de levitar (y hacer levitar a la audiencia) mientras tocaba el piano.
Así que esto es lo que la película ofrece. Esto es lo que la película es. Pedirle que sea otra cosa, la reconstrucción de la vida de Elton John, por ejemplo, es un error. Rocketman no va por ese camino. Su opción es el homenaje musical, la reafirmación de la leyenda. El largometraje repasa algunos hitos en la vida del artista británico y, sobre todo, se enfoca en los años del despegue. Y en este recorrido realiza un movimiento arriesgado: los éxitos de Elton John que aparecen en la banda sonora son interpretaciones ajenas, no las piezas originales. Excepto en una sola canción (I’m Gonna) Love me Again, que el músico canta junto a Taron Egerton, no es la voz de Elton John la que se escucha, es la de los actores (además de Egerton, también cantan Jamie Bell, Gemma Jones, Bryce Dallas Howard, etc.) interpretando esas composiciones. Es una decisión bastante jugada, en especial si se compara con lo hecho en Bohemian Rhapsody, donde las canciones originales de Queen daban forma y contenido a las escenas más emocionantes del metraje.
Es destacable el riesgo asumido por Hall y Fletcher en pos de evitar que su película sea parasitaria de la obra de su homenajeado (que, además, es productor ejecutivo de la cinta). El peso del filme recae principalmente en la actuación de Egerton, que encarna a John desde su juventud a su etapa adulta, y también en el despliegue de coreografías, aunque no es en este último punto donde la película se hace fuerte (con la posible excepción de la secuencia en la que se interpreta Rocketman, la canción, luego de un intento de suicidio y con lavaje de estómago incluido).
A pesar de que no es sencillo distinguir hasta qué punto sobreactúa dando vida a un personaje tan pintoresco como Elton John, el trabajo de Egerton es formidable: se percibe como una auténtica interpretación y no una imitación. Esto se debe, en buena medida, a la importancia y el lugar que Rocketman le otorga a las emociones del protagonista.
La narración comienza con Elton John —zapatos de plataforma, traje naranja con plumas, lentejuelas y alas gigantes, cuernos mefistofélicos y gafas con forma de corazón— atravesando un pasillo blanco, de un brillo líquido, rumbo a una sala donde hay varias personas sentadas en círculo: acaba de ingresar a una clínica de rehabilitación. Se presenta. Dice su nombre y que es alcohólico. Y bulímico. Y adicto a la cocaína. Y al sexo. Y a las compras. Y a las terapias de manejo de la ira. Una de las mayores figuras de la industria musical se presenta desde lo más bajo, en un estado de inusual vulnerabilidad, dispuesto a contarlo todo. O casi todo.
Al principio miente o adorna su narración. Dice que fue un niño feliz y la escena que aparece a continuación muestra precisamente lo contrario. Conforme avanza en su relato, que va hacia atrás en el tiempo, para mostrar su infancia y juventud, su ascenso al estrellato, el hombre del traje en llamas va quitándose la parafernalia que lo cubre. Vuelan los cuernos, luego las alas, y así.
Y esto es lo que se ve. Elton John como el niño tímido con buena memoria y excelente oído para tocar el piano que ingresa a la Royal Academy of Music. Como el hijo ni deseado ni querido de un padre frío y distante y de una madre a veces burdamente cruel. Como el adolescente que descubre la música y el peinado de Elvis Presley y quiere ser como él. Como el joven que se va de gira como parte de una banda soporte en espectáculos de soul. Como el músico y cantante de gustos extravagantes que para cambiar de vida primero debe cambiar de nombre. Como el pianista que les pone música a las letras de Bernie Taupin, figura clave en la carrera del compositor y que esta película parece reconocer su lugar. Como el talento multimillonario a los 25 años. Como el marido homosexual que desayuna vodka con naranja junto a su esposa decorativa. Como el showman capaz de hacer flotar al público con su música. Como la mariquita con debilidad por el brillo, las lentejuelas, el vestuario surrealista, anteojos imposibles y zapatos raros que le informa por teléfono a su madre que es gay. Como la estrella pop dada a los excesos y los desbordes que despierta sin saber qué día es ni en dónde está. Y, en especial, Elton John como un hombre en llamas que creció con el convencimiento de que jamás iba a ser querido por alguien y que, por lo tanto, buscó formas de vivir sin amor.
Rocketman (Estados Unidos, Reino Unido, 2019). Director: Dexter Fletcher. Guion: Lee Hall. Con Taron Egerton, Jamie Bell, Richard Madden, Gemma Jones, Bryce Dallas Howard. Duración: 121 minutos.