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Periodista cultural, crítico de espectáculos, divulgador vocacional todoterreno de las artes, artista plástico de vanguardia en el terreno de la cerámica, constructor de puentes de sensibilidad, ocupante vitalicio de todas las plateas de cines y teatros montevideanos, intelectual comprometido con el debate de ideas no solo en la cultura —principalmente desde las páginas de El País, el diario donde trabajó durante casi medio siglo—, sino en un extenso campo de la vida social. A los 84 años, Jorge Abbondanza falleció el viernes 28 en Montevideo. Así se puede sintetizar su vida y su obra, que son casi una misma cosa: un renacentista de las artes que pasó gran parte de su existencia entre la máquina de escribir y el horno de alfarería instalado en el sótano de su casa de la calle Juan Paullier.
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Nació, creció y vivió hasta la mitad de su vida en la misma casa familiar, en Pocitos. Recibió educación pública (Escuela Venezuela y Liceo Zorrilla), luego fue al Liceo Francés, cursó unos pocos años de Derecho y trabajó en un estudio jurídico. Pero después de una etapa de crisis y gran incertidumbre sobre su futuro descubrió que su vocación estaba en la palabra y en la creación. Y se inscribió en la Escuela Nacional de Bellas Artes. “Creía en lo que me decían los demás, que debía estudiar y que la abogacía podía ser una profesión adecuada para alguien que parecía saber escribir. Se equivocaron. Supe rebelarme, pelear unas cuantas batallas contra la familia, ganar esa guerra y hacer las dos cosas que definieron mi vida: la cerámica y el periodismo”, recordó en un reportaje que concedió a Búsqueda en diciembre de 2016.
Empezó a escribir en El Bien Público, pasó al semanario El Ciudadano, donde llamó la atención de Homero Alsina Thevenet, quien lo llevó en 1966 a la página de espectáculos de El País, medio al que permaneció vinculado hasta 2015. En ese diario desempeñó una amplia gama de géneros periodísticos, con la crítica cinematográfica y teatral como eje central. Su aguda mirada está concentrada en el libro El gran desfile. Desde Hitler hasta Frida (De la Plaza, 1996), que compila decenas de artículos publicados en sus primeros 40 años de carrera y que trascienden ampliamente lo cultural y artístico. El volumen está dividido en dos capítulos: Verdad y Mentira. En el primero figuran perfiles de Evita, Gardel, Andrei Tarkovski, Klaus Barbie, Enrique Guarnero, Moctezuma, Hitler, Stalin, Mussolini, Bette Davis y Greta Garbo, además de varios pasajes autobiográficos titulados Ultrajes y Bagajes. El segundo tramo, dedicado a las Mentiras, concentra más de 60 críticas de cine y teatro publicadas que funcionan como una antología de lo mejor que vio desde una butaca, desde Woody Allen a Ingmar Bergman, pasando por Fellini, Buñuel y Kurosawa, y desde Shakespeare a Pinter, deteniéndose en Molière, Strindberg, Brecht y Jacobo Langsner.
En la entrevista con Búsqueda así recordó la génesis de su pasión por la cerámica, en la cual fue clave la figura de su maestro, socio artístico y compañero de vida, Enrique Silveira: “En la adolescencia, cuando uno despierta, empezaron a llegar a Montevideo muchas exposiciones de cerámica europea, fruto de los años de posguerra, y me atrajeron mucho. Entonces no había dónde formarse en cerámica, pero Silveira estudió con un maestro austríaco que se había quedado acá. Y yo me formé con Enrique. Luego construimos un horno de cerámica y comenzamos a fabricar los esmaltes en nuestro taller. En un país sin tradición precolombina ni colonial en artesanías jerarquizadas, como Perú o México, estaba todo por hacer. Empezamos de cero y les abrimos camino a otros dando clases en todo el país”.
Silveira y Abbondanza produjeron centenares de piezas de cerámica, ganaron el Premio Figari en 1999 y en 2016 cerraron su carrera artística con una exposición retrospectiva en el Museo Nacional de Artes Visuales, al que donaron su enorme acervo de figuras y volúmenes de arcilla horneada. Una de las más impactantes es El desarrollo del grito, una serie de hombrecitos de arcilla que corporizan la angustia humana de un modo por demás conmovedor. “Fue creada cuando uno tenía que crear en silencio. Y nosotros gritábamos con las manos”, recordó.
Armado con un enorme bagaje de lecturas y, en consecuencia, con una pluma virtuosa, versátil y de gran poder comunicativo, Abbondanza concibió la crítica como “un pequeño acto de creación”, por su condición de “decir cosas razonables, proponer ideas nuevas y resultar útil a los demás”. Ante la pregunta sobre el balance de su trayectoria periodística, no pudo evitar transmitir su visión pesimista sobre la función de la crítica en la sociedad: “Siempre me ha dado alegría compartir la admiración por algo. Al escribir sobre una exposición, una obra o una película que me entusiasma, busco contagiar esa emoción. Eso es lo que está en crisis: la crítica especializada ha perdido espacios en la prensa y medio audiovisuales. Ese es el secreto del periodismo bien entendido: no escribir ni para mí ni para mis colegas, sino para que la gente descubra alguna cosa que otra, una idea nueva, y ampliar su percepción y su sensibilidad”.