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    Horror puro y duro

    Helicópteros y patrulleros se comunican por radio los datos de algunos autos conducidos por sospechosos. De pronto aparecen las imágenes de archivo, en blanco y negro, donde militares y policías apalean en las calles a hombres y mujeres negras. Varias casas arden en llamas. La voz en off de un informativo de la época nos dice que estamos en agosto de 1965 en Watts, un distrito de Los Ángeles, y que aquí es donde se encendió la llama. Que todo empezó con la detención de dos hombres negros que iban en su auto. Al conductor se le acusó de estar ebrio; el acompañante era su hermano. Se acercaron a defenderlos su madre y otros vecinos y así comenzó una historia de golpizas, persecuciones, saqueos de tiendas e incendios que duró una semana. Murieron 34 personas, de las cuales 29 eran negras. Varios entrevistados por el noticiero auguran que si no se toman medidas esto puede repetirse en el futuro. Alguien dice que muchos de los que piden respeto a la ley y el orden no comprenden que lo que violenta a la población negra es que esa ley y ese orden fueron impuestos por los blancos. “De qué le sirve a nuestra nación poner a un hombre en la Luna si no podemos curar la enfermedad en nuestra ciudades”, son las palabras finales del informativista Bill Stout, de la cadena informativa CBS en Los Ángeles.

    Se trata de los minutos iniciales de L.A. 92, un documental producido por National Geographic y dirigido por Dan Lindsay y T.J. Martin, estrenado en 2017 y disponible en Netflix. En realidad, ese comienzo no muestra lo que será el meollo del documental, sino su antecedente más inmediato y trascendente, que fueron los incidentes de agosto de 1965 en Watts. El tema central de la película son los incidentes que ocurrirían 27 años después, en 1992, también en Los Ángeles.

    La historia empieza un año antes, el 3 de marzo de 1991. Estados Unidos acaba de triunfar en la Guerra del Golfo y los informativos dan cuenta del satisfecho discurso presidencial que por ese motivo George Bush padre dirigió al país. Con la pantalla en negro se escucha el audio de comunicaciones entre patrulleros en la persecución de un auto sospechoso. Lo detienen, hacen bajar al conductor, que es un negro, y le dan una paliza escalofriante entre cuatro policías blancos. Todo eso se ve porque hay un vecino que accidentalmente está jugueteando con su cámara y lo filma; el video recorre el país y el mundo. La violencia de las imágenes es brutal. El agredido se llama Rodney King y las lesiones que le provocan son tales que alguien declara que no se vio a ningún soldado de los que tenía prisioneros Saddam Hussein que volviera de la guerra con heridas como las de King.

    Un par de semanas después, el 16 de marzo, la ciudadana negra Latasha Harlins entra a un pequeño supermercado a comprar algo. La dueña, una coreana, cree que la mujer está armada y va a asaltarla y la mata de un tiro. Se comprueba que Harlins estaba desarmada. Si bien el jurado declaró culpable a la coreana, la jueza tomó la decisión de no condenarla a prisión. La tensión entre la comunidad inmigrante coreana y la negra fue otro de los condimentos explosivos de los disturbios.

    Los policías agresores de King se entregan, son enjuiciados y encarcelados. Daryl Gates, Jefe de Policía de Los Ángeles, comparece ante las autoridades de la ciudad y en forma amenazante y arrogante les advierte que si no apoyan a la Policía, no tendrán luego el servicio de seguridad que pretenden. Los abogados defensores de los policías consiguen que el proceso judicial sea trasladado de sede hacia Simi Valley, un suburbio de Los Ángeles, donde la población es 98% blanca. El jurado está integrado por diez blancos, un asiático y un hispano; ningún negro. El 29 de abril de 1992, el jurado declara no culpables a los cuatro policías. La indignación gana la calle.

    En una esquina del sur de Los Ángeles, grupos de negros indignados comenzaron a apedrear los autos conducidos por blancos. Varias cámaras nutren la pantalla, incluso desde un helicóptero que sobrevuela la ciudad. Los disturbios duraron varios días; el saldo final fue de 63 muertos, 1.400 heridos y unos 12.000 arrestados. Hubo 3.600 incendios intencionales que destruyeron más de mil edificios. Se evaluaron las pérdidas en mil millones de dólares.

    Hay varias imágenes sobrecogedoras: el primer plano de la cara de un negro que mira en la televisión la noticia de la declaración de inocencia de los cuatro policías mientras le corre una lágrima por la mejilla; una coreana que llora desconsolada en el medio de su comercio incendiado y saqueado; el propio Rodney King, que con la voz entrecortada por la emoción pide en un discurso público que por favor cese la violencia.

    El impacto emotivo del documental no es solo fruto del magnífico montaje de más de 1.700 horas de grabaciones de archivo, sino fundamentalmente de la decisión de los realizadores de recurrir solo a las imágenes del pasado. No hay comentarios ni explicaciones actuales de lo que estamos viendo. Es información visual histórica pura y dura, sin opinión alguna. Una banda sonora a veces algo invasiva encuentra un momento de inspiración cuando, en medio del desastre, en la ciudad se oye lejana el aria de la ópera La Wally, de Alfredo Catalani, “Ebben, ne andró lontana” (Y bien, me iré lejos), que es el canto desgarrador de una hija que abandona su casa por sufrir la violencia doméstica de su padre.

    La película se cierra en clave capicúa con las mismas escenas de los incidentes de Watts que la iniciaron y con las palabras proféticas de los que anunciaban entonces que, si no se hacía algo, esos hechos se podían repetir en cualquier momento.

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