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    Humor de jubilados

    Columnista de Búsqueda

    La comedia es un género difícil en el mediano y, sobre todo, en el largo plazo. Son pocas las series que resisten temporada tras temporada, siendo capaces de provocar las risas y de encontrar la complicidad del público con su estilo de humor. Algunas que arrancan muy bien y se sostienen en sus primeras temporadas pueden terminar dominadas por la abulia y la repetición. Pienso algunas tan buenas como Cómo conocí a tu madre, que en el cierre fue perdiendo fuelle de manera visible. Otras, que tras un arranque feroz y unas temporadas maravillosamente absurdas que no dejaban títere con cabeza, como Brooklyn 99, se fueron diluyendo en cierta tontera políticamente correcta. Series que si bien siguen siendo muy buenas, en sus últimas temporadas fueron incrementando el gusto a poco.

    Hay comedias de las que aún no conocemos todo su potencial, en caso de que tengan algún futuro. Afterlife de Ricky Gervais es una de esas que, si llegan a tener una cuarta temporada, quizá tengan algo más que decir. Y luego están las que en, términos generales, han logrado mantenerse muchos años sin morir en el intento. En esa categoría incluiría Big Bang Theory y Dos hombres y medio. Y luego están las series que, apostando por un humor suave, más amable o mainstream, no parecen tener demasiado problema en sostenerse, sin llegar nunca a ser la explosión de originalidad y transgresión que muchos esperan de una comedia del siglo XXI. Quizá Grace and Frankie sea un buen ejemplo de este último modelo.

    En su séptima y última temporada en Netflix, la serie protagonizada por las octogenarias Jane Fonda (Grace) y Lily Tomlin (Frankie) logra retener lo bueno, sin aflojar demasiado, aunque sin dispararse tampoco. Esto es, mantiene su humor amable con ligeros chispazos de radicalidad sin perder nunca su aire claramente hollywoodense. Y no solo por sus dos protagonistas, todo el diseño de producción remite a las más clásicas sitcom gringas. Dicho lo cual, no hay nada de malo en esto, no todo tiene que ser heladamente nórdico o enredadamente francés.

    De manera obvia, la serie se apoya en los talentos de sus dos protagonistas y, más aún, en la excelente química actoral que desprende su vínculo. Fonda es maravillosa como la rígida y quisquillosa Grace. Tan rígida y burguesamente convencional que no logra aflojarse ni siquiera dedicando buena parte de su vida de casi jubilada (se resiste a dejar de ser la profesional sin alma que fue) a beber una serie infinita de dry martinis. Tomlin es Frankie, su socia de vida y mejor amiga, quien es exactamente lo opuesto: progresista casi hasta la parodia, fumadora constante de porro, vive la vida como una hippie trasnochada que no entiende cómo puede no gustarle a todo el mundo. Mejores amigas, socias en la vida y en sus (fallidos) negocios, en la primera temporada de la serie casi no se tocaban, agua y aceite. Luego el guion, viendo la riqueza de la química entre ambas, hizo cambiar y crecer ese vínculo hasta el punto de ser inseparables en esta séptima temporada que nos ocupa.

    La pareja de veteranas tiene un magnífico complemento en sus exesposos, quienes tras anunciarles que eran gais y que se querían casar las abandonaron en aquella primera temporada. Esos dos maridos son Martin Sheen, excelente en su rol de Robert, quien fue un infalible abogado de divorcios. Y el otro es el espléndido Sam Waterston como Sol, también exabogado de divorcios. Fue precisamente en su práctica conjunta en donde surgió el amor que los une en la serie. Lejos quedaron las dudas que la pareja tenía al comienzo sobre cómo debía comportarse una pareja gay de abogados ricos que salen del armario al cumplir 80 años. Al contrario, los roles de pareja se han asentado de manera fina y ambos los ocupan con toda comodidad. El Sol que compone Waterston muestra un maravilloso balance entre la efusividad de su personaje, que crece a medida que va descubriendo su forma de ser abiertamente gay, y el delicado control que se necesita para moverse en el límite de la caricatura sin caer jamás en ella.

    El elenco central se completa con los hijos de las exparejas (bueno, la parte masculina ahora es pareja), dos mujeres y dos hombres. Por un lado, Brianna (June Diane Raphael) y Mallory (Brooklyn Decker), hijas de Grace y Robert, quienes como clásicas hermanas compiten entre sí profesionalmente y en el terreno afectivo. Brianna, empresaria construida a imagen y semejanza de su madre, se impone sobre su hermana menor, aunque no siempre. En el lado de los hombres están Coyote (Ethan Embry) y Bud (Baron Vaughn), hijos adoptivos de Frankie y Sol. El primero es un bala perdida más bueno que el pan; el segundo es quien se supone hereda el bufete de abogados de su padre y Robert, aunque él no lo tiene claro. Sin tener un rol tan central como los veteranos de la serie, el sector joven ofrece un buen complemento.

    En esta última temporada la serie se mete de manera más decidida con temas relativos a la vejez, algo perfectamente natural en un programa cuyo cuarteto protagónico suma 328 años. Así aparecen la pérdida de memoria, el ritual de la toma masiva de medicinas y, de manera aún más clara, el miedo a la muerte y a la ausencia del otro. “Mira, es claro que en algún momento una de nosotras dos se va a quedar sin la otra”, le dice Frankie a una angustiada Grace, a quien, como buena empresaria pragmática que fue, le cuesta horrores lidiar con los afectos y su pérdida. Es cierto que siempre lo hace de una manera suavemente mainstream, como todo lo que ocurre en la serie. En esto tiene ciertos puntos de contacto con la excelente El método Kominsky.

    Estos buenos modales humorísticos, esa suavidad de maneras seguramente se deba a que la serie es creación de Marta Kauffman, responsable de la popular serie Friends, así como de su especial de reunión del año pasado. Si algo caracterizó a aquella serie y también a esta, es el aire inconfundiblemente Hollywood de su diseño de producción y también de sus personajes. Es verdad, han pasado casi 30 años y hoy incluso una producción pensada para un público mayoritario se mete sin problemas ni estereotipos con temas que antes resultaban “complejos” como la sexualidad, la vejez y la muerte. Lo hace además sin recurrir a los tics de la corrección política que, como se mencionaba al comienzo de la nota, han logrado que series excelentes terminen resbalando y pierdan parte de su gracia original.

    Por eso, aunque no se pueda hablar de una serie que haga un humor que tense la cuerda en ningún sentido, la séptima y última temporada de Grace and Frankie cumple con lo que promete: buen humor, excelente química entre actores y una mirada sobre la vida, la muerte y las relaciones humanas que, sin arriesgar demasiado, tampoco cae en facilismos ni ñoñerías. De yapa permite ver a un cuarteto protagónico en estado de gracia, todos ellos en una edad en la que el 99% de sus coetáneos llevan casi dos décadas jubilados.

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